lunes, 28 de diciembre de 2015

Galatea en Brighton, Ignacio Padilla


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Me tomó algunos meses comprender que Siobhan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto durante cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que éste comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras perturban cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que el anonimato, tanto o más que la fama, es uno de los deseos velados de cualquier existencia.

Escribo esto y descubro con vergüenza que a la segunda Siobhan Kearney le fue negado precisamente su derecho a no ser nadie. Puedo apostar que ella, hacia el final de sus días, hubiera dado lo que fuese por que su nombre no importase a nadie, al menos no para quienes la honramos hasta matarla. La imagino antes de todo, cuando era niña o adolescente, quién sabe si feliz, pero sin duda poco preocupada por llamarse como se llamaba. Su nombre, hasta el momento atroz en que lo descubrió mi padre en los registros de su oficina bancaria, debió de ser como cualquier otro, resonante sólo para quienes la amaron o aborrecieron antes que nosotros: su madre viuda, un hermano que sólo alcanzó a escribirle dos cartas desde las trincheras del Somme, un novio acaso despechado que habría repetido aquellas sílabas de amor desde el fondo de la calle que conducía a su modesto apartamento en Cockfosters. Un nombre para ella dulce o neutro, un nombre que, sin embargo y sin que ella lo supiese, se iría cargando de fatalidad en las sesiones espiritistas que por años ofició madame Doucelin en nuestra casa solariega de Brighton.


Los devotos de la madame llegaban siempre a las cinco: anchos, atildados, diestros como nadie en la elegancia de quienes llevan mucho tiempo compartiendo mezquinas transgresiones. Ahogaban su espera con la repostería de mi madre y se embarcaban en charlas banales que sólo hacían más enervante la impuntualidad de madame Doucelin. Siempre parecía intolerablemente tarde cuando la figura inmensa de la médium ensombrecía el umbral de la casa. Su sola presencia, sin embargo, bastaba para que los miembros de su conventillo le perdonasen todo: su informalidad, la perfumada grosería de sus modales, sus cien kilos de ser escandalosamente francesa. Daba pena verles tan sumisos a la fuerza espiritual de aquella mujer enorme, tan dispuestos a celebrar sus desaires y cumplir sus más leves caprichos como si se tratara de una deidad telúrica, providente y terrible al mismo tiempo. Ella, por su parte, se dejaba querer y temer, jugueteaba un rato con la ansiedad del conventillo y sólo se avenía a iniciar la sesión cuando era noche cerrada y la vehemencia de sus devotos comenzaba ya a volverse insostenible. Aquella postergación era tan frecuente y estudiada como las propias sesiones, y no me extrañaría que la madame la juzgase parte de su ritual ultramundano, un necesario desgaste para quebrantar las defensas de los comensales y disponerles para creer ciegamente en las cosas que ella, transfigurada y solemne a la luz de las velas, les decía luego desde la frágil frontera que nos separa de los muertos.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La oración fúnebre, Herta Müller


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En la estación, los parientes avanzaban junto al tren humeante. A cada paso agitaban el brazo levantado y hacían señas.

Un joven estaba de pie tras la ventanilla del tren. El cristal le llegaba hasta debajo de los brazos. Sostenía un ramillete ajado de flores blancas a la altura del pecho. Tenía la cara rígida.

Una mujer joven salía de la estación con un niño de aspecto inexpresivo. La mujer tenía una joroba.

El tren iba a la guerra. Apagué el televisor.

Papá yacía en su ataúd en medio de la habitación. De las paredes colgaban tantas fotos que ya ni se veía la pared.

En una de ellas papá era la mitad de grande que la silla a la cual se aferraba.

Llevaba un vestido y sus piernas torcidas estaban llenas de pliegues adiposos. Su cabeza, sin pelo, tenía forma de pera.

En otra foto aparecía en traje de novio. Sólo se le veía la mitad del pecho. La otra mitad era un ramillete ajado de flores blancas que mamá tenía en la mano. Sus cabezas estaban tan cerca una de la otra que los lóbulos de sus orejas se tocaban.

En otra foto se veía a papá ante una valla, recto como un huso. Bajo sus zapatos altos había nieve. La nieve era tan blanca que papá quedaba en el vacío. Estaba saludando con la mano levantada sobre la cabeza. En el cuello de su chaqueta había unas runas.

En la foto de al lado papá llevaba una azada al hombro. Detrás de él, una planta de maíz se erguía hacia el cielo. Papá tenía un sombrero puesto. El sombrero daba una sombra ancha y ocultaba la cara de papá.

En la siguiente foto, papá iba sentado al volante de un camión. El camión estaba cargado de reses. Cada semana papá transportaba reses al matadero de la ciudad. Papá tenía una cara afilada, de rasgos duros.

En todas las fotos quedaba congelado en medio de un gesto. En todas las fotos parecía no saber nada más. Pero papá siempre sabía más. Por eso todas las fotos eran falsas. Y todas esas fotos falsas, con todas esas caras falsas, habían enfriado la habitación. Quise levantarme de la silla, pero el vestido se me había congelado en la madera. Mi vestido era transparente y negro. Crujía cuando me movía. Me levanté y le toqué la cara a papá. Estaba más fría que los demás objetos de la habitación. Fuera era verano. Las moscas, al volar, dejaban caer sus larvas. El pueblo se extendía bordeando el ancho camino de arena, un camino caliente, ocre, que le calcinaba a uno los ojos con su brillo.

El cementerio era de rocalla. Sobre las tumbas había enormes piedras.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Ante la ley, Franz Kafka


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Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Retransmisión eterna, Eric Frank Russell



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Por la gran cinta de cemento de la pista venía rugiendo el Stutz Special de doble cilindrada de Sampson. Detrás, acortando gradualmente la distancia que los separaba, tronaba el «Bala de Plata», piloteado por Stanley Ferguson. Las exclamaciones de aliento de una multitud de aficionados eran ahogadas por los crecientes bramidos de los escapes que echaban llamas, mientras los dos punteros se lanzaban hacia el final de la recta. Los banderines se agitaban retrasados en las tribunas como juncos en los remolinos de una corriente tormentosa.

Ambos corredores eran locos por la velocidad, y como locos tomaron la curva final. En lo alto del codo se separaron sonoramente, Ferguson tratando de pasar con la trompa de su coche la cola del otro, Sampson empleando toda su fibra para impedir que lo pasara. Las ruedas, con veloces sombras por rayos, giraban vertiginosamente a un pie del borde del terraplén.

Entonces sucedió.

Una rueda salió fuera del borde, arañó desesperadamente en el vacío. La consiguiente frenada chirrió cuando se desprendieron de la pista las torturadas gomas. Una mano invisible aferró la cola del «Baja de Plata», y la levantó por el aire hasta que la larga y bruñida máquina cayó clavada de trompa. Durante un espantoso instante se mantuvo en esa posición, como si las dos toneladas desafiaran la fuerza de gravedad, y dio una voltereta. Se oyó un horrible estrépito.

Sobre el ataúd de metal los demonios del fuego no tardaron en erigir un obelisco de humo.

El siniestro director de orquesta ejecutó el Lamento para un corredor. Utilizó como tambores el ruido de pies que corrían, el jadeo de los cuerpos mientras se amontonaban y convergían por millares como hormigas que asediaran un panal roto. Pulsó las cuerdas de los corazones, arrancó a las mujeres hondos sollozos, que resonaron como horrible antífona a los murmullos de los hombres de rostros pálidos. Entonces golpeó el gong de la ambulancia de la pista, hizo sonar los estridentes silbatos de los policías, y dio rienda suelta a la emoción de la multitud.

Las llamas crepitaron, chisporrotearon y se extinguieron andante bajo el creciente silbido de los extinguidores químicos. La armonía del dolor halló su metrónomo en el chirrido de una filmadora de noticiero.

Sampson se abrió paso murmurando: «Ferguson, Ferguson», con su rostro pálido y desencajado. Nadie reparó en él; todos trataban de ver el coche accidentado.

Hombres uniformados tiraban con fuerza de la pira cubierta de espuma. El cuerpo aplastado fue extraído, colocado en una camilla, e introducido en la parte trasera de la ambulancia de la pista, como entra un cuarto de carne en un horno. Había sido Ferguson, pero era carne. Los cocineros estaban vestidos de blanco.

Casi tan amante de la sangre como del dinero, la multitud se estiraba en los estribos de los coches, se amontonaba torpemente en la puerta del horno, clamaba, abría la boca y se le caía baba.

jueves, 24 de diciembre de 2015

La pistola automática, Fritz Leiber



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Negro Kozacs jamás dejaba que nadie, salvo él mismo, cogiera o siquiera tocara su pistola automática. Era de un negro azulado, bastante pesada, y con sólo apretar una vez el gatillo, ocho balas del calibre 45 salían disparadas una tras otra.

En lo que atañía a su automática, Negro era algo así como un mecánico. La desarmaba y la volvía a armar, y de vez en cuando limaba cuidadosamente el interior de la llave del gatillo.

En cierta ocasión, Cuatro Ojos le dijo:

—La volverás tan sensible que se te disparará en el bolsillo y te arrancará los dedos de los pies. No tendrás más que pensarlo y comenzará a disparar ella sola.

Recuerdo que Negro sonrió al oír el comentario. Era un hombre pequeño, delgado pero fuerte, de tez pálida; por más al ras que se afeitase, jamás lograba quitarse de la cara el negro azulado de su barba. También tenía el pelo negro. Hablaba con acento extranjero, pero jamás logré descifrar de qué país. Se había unido a Antón Larsen justo después de impuesta la prohibición, en la época en que en la bahía de Nueva York y en la costa de Jersey, los esquifes con motores adaptados de automóvil servían de señuelo a los guardacostas; nadie usaba luces, para que el juego fuera más difícil. Larsen y Negro Kozacs descargaban el licor de un vapor y lo introducían por un lugar cerca de Twin Lights, en Nueva Jersey.

Fue entonces cuando Cuatro Ojos y yo comenzamos a trabajar para ellos. Cuatro Ojos, que parecía un cruce de profesor universitario y vendedor de coches, venía de no sé qué parte de la ciudad de Nueva York, y yo había sido policía en una pequeña ciudad local hasta que decidí llevar una vida menos hipócrita. Solíamos llevar la mercancía de vuelta a Newark en un camión.

Negro siempre nos acompañaba; Larsen, de vez en cuando. Ninguno de los dos hablaba demasiado; Larsen, porque no le encontraba sentido a la charla a menos que fuera para darle una orden a un tipo o hacerle una proposición a una chica; y Negro, bueno, supongo que era porque no se sentía demasiado a sus anchas hablando en inglés. Cuando Negro nos acompañaba, no pasaba un solo viaje sin que sacara su automática y la acariciara y le murmurara cosas a media voz. En cierta ocasión, cuando íbamos tranquilamente por la autopista, Cuatro Ojos le preguntó, amable pero inquisitivo:

—¿Qué es lo que te hace sentir tanto apego a ese revólver? Al fin y al cabo, debe de haber miles idénticos a ése.

—¿Te parece? —contestó Negro, echándonos a ambos una rápida mirada con sus pequeños y fulgurantes ojos negros, y soltándonos por primera vez un discurso—. Te diré una cosa, Cuatro Ojos, en el mundo no hay dos cosas iguales. Ni la gente, ni los revólveres, ni las botellas de whisky escocés, nada. Todo es diferente en este mundo. Cada hombre tiene una huellas digitales distintas; y de todos los revólveres que se hicieron en la misma fábrica que éste, no hay ninguno como el mío. Sería capaz de distinguir al mío de entre cientos. Sí, aunque no le hubiera limado la llave del gatillo podría distinguirlo.

La luz es como el agua, Gabriel García Márquez



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En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

martes, 22 de diciembre de 2015

Cuando todo cambió, Joanna Russ

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Katy conduce como un maníaco; debemos de haber ido a más de 120 kilómetros por hora en esas curvas. Aunque ella es buena, muy buena, y yo la he visto desmontar todo el coche y volverlo a montar en un día. En mi lugar natal de Whileaway eran muy dados a utilizar la maquinaria agrícola y yo me niego a luchar contra un mecanismo de cinco marchas a velocidades endiabladas, ya que no fui criado de ese modo; pero incluso en esas curvas a medianoche en una carretera rural tan mala como pueden ser las de nuestro distrito, el que Katy conduzca no me asusta. Lo divertido respecto a mi esposa es que ella no quiere llevar armas de fuego. Incluso ha ido a hacer auto-stop por la zona de bosques más arriba del paralelo cuarenta y ocho sin llevar armas de fuego durante muchos días seguidos. Y eso me asusta.

Katy y yo tenemos tres hijas entre las dos, una de ella y dos mías. Yuriko, mi hija mayor, iba dormida en el asiento trasero, soñando los sueños de amor y de guerra que se tienen a los doce años: corriendo hacia el mar, cazando en el Norte, sueños de gente extrañamente hermosa en lugares extrañamente bellos, todas esas cosas maravillosas en que una piensa cuando ha cumplido los doce años y las glándulas empiezan a funcionar. Algún día, muy pronto, como todas ellas, desaparecerá durante semanas y volverá sucia y orgullosa, tras haber matado con su cuchillo su primer puma o de un tiro su primer oso, arrastrando por el suelo tras ella algún abominable bicho peligroso muerto, al cual yo nunca perdonaría lo que podía haber hecho a mi hija. Yuriko dice que el modo de conducir de Katy le produce sueño.

Para alguien que ha aceptado tres duelos, yo tengo miedo de la lejanía. Me estoy volviendo vieja, y así se lo dije a mi esposa.

—Tienes treinta y cuatro años —me contestó ella. Es lacónica hasta el punto del silencio. Encendió las luces del tablero de instrumentos (aún nos faltaban tres kilómetros por recorrer y la carretera era cada vez peor, pues era una carretera muy metida en el interior). Árboles verdes eléctricos pasan rápidos ante nuestros faros y alrededor del coche. Alargué la mano hacia el tablero junto a la portezuela trasera y saqué el rifle que solté en mi regazo. Yuriko se agitó en el asiento trasero. Era de mi estatura, pero tenía los ojos y la cara de Kate. El motor del coche es tan suave, dice Katy, que se puede oír la respiración de los que van dormidos en el asiento de atrás. Yuki estaba sola en el coche cuando llegó el mensaje, descifrando entusiásticamente sus rápidos puntitos (es una tontería montar un transceptor cerca de un motor IC; pero la mayoría de los de Whileaway funcionan con vapor). Salió rápidamente del coche, mi larguirucho y chillón retoño, gritando con toda la fuerza de sus pulmones hasta que llegó a donde estábamos nosotros. Nosotros habíamos sido intelectualmente preparados para esto desde que la colonia fue fundada, desde que fue abandonada; pero esto es diferente. Esto es horrible.

—¡Hombres! —había gritado Yuki, saltando sobre la puerta del coche—. ¡Han vuelto! ¡Hombres verdaderos de la Tierra!

viernes, 18 de diciembre de 2015

La música en la colina, Saki (Hector Hugh Munro)


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Sylvia Seltoun tomaba el desayuno en el comedor auxiliar de Yessney invadida por un agradable sentimiento de victoria final, similar al que se habría permitido un celoso soldado de Cromwell al otro día de la batalla de Worcester. Era muy poco belicosa por temperamento, pero pertenecía a esa más afortunada clase de combatientes que son belicosos por las circunstancias. El destino había querido que ocupara su vida en una serie de batallas menores, por lo general estando ella en leve desventaja; y por lo general se las había arreglado para salir triunfante por un pelo. Y ahora sentía que había conducido la más dura y de seguro la más importante de sus luchas a un feliz desenlace. Haberse casado con Mortimer Seltoun -el Muerto Mortimer, como lo apodaban sus enemigos íntimos-, enfrentando la fría hostilidad de su familia y a pesar de la sincera indiferencia que sentía él por las mujeres, era en verdad un triunfo cuyo logro había requerido bastante destreza y decisión. El día anterior había rematado esta victoria arrancando por fin a su marido de la ciudad y balnearios satélites, e "instalándolo", según el léxico de las de su clase, en la presente casa solariega, una apartada y boscosa heredad de los Seltoun.

-Jamás conseguirás que Mortimer vaya -le había dicho la suegra en tono capcioso-; pero si va una vez, allá se queda. Yessney ejerce sobre él un hechizo casi tan fuerte como el de la ciudad. Una puede entender qué lo ata a la ciudad; pero Yessney...

Y la viuda se había encogido de hombros.

En la naturaleza que rodeaba a Yessney había algo sombrío, algo casi salvaje que de seguro no sería atractivo para un gusto citadino; y Sylvia, a pesar de su nombre, no estaba acostumbrada a nada más silvestre que el "frondoso Kensington". Consideraba que el campo era óptimo y saludable a su manera, pero propenso a volverse fastidioso si se le daba demasiada cuerda. La desconfianza de la vida urbana era algo nuevo en ella, nacida de su matrimonio con Mortimer; y había contemplado satisfecha el paulatino apagamiento de lo que ella llamaba "la mirada de la calle Jermyn" en los ojos de él, a medida que los bosques y brezales de Yessney los fueron envolviendo aquella víspera. Su fuerza de voluntad y su estrategia habían prevalecido: Mortimer iba a quedarse allí.

Tras las ventanas del comedor arrancaba un declive triangular y cubierto de pasto que la gente indulgente llamaría "prado"; y al otro extremo, tras un seto de fucsias, una falda más empinada y llena de brezos y helechos descendía hasta unas cavernosas cañadas donde cundían los robles y los tejos. En aquel territorio agreste y despejado parecía latir una secreta alianza entre la alegría de vivir y el terror de cosas nunca vistas. Sylvia esbozó una sonrisa complaciente al contemplar el paisaje con una apreciación de escuela de artes; pero de pronto tuvo que reprimir un escalofrío.

-Es muy agreste -le dijo a Mortimer, que se le había unido-. Casi podría pensarse que en un lugar así el culto a Pan no se habría extinguido por completo.

-El culto a Pan nunca se ha extinguido -dijo Mortimer-. Otros dioses más nuevos han apartado de tiempo en tiempo a sus devotos, pero él es el dios de la naturaleza, a quien por fin todos habrán de regresar. Ha sido llamado "Padre de todos los dioses", pero la mayoría de sus hijos han nacido muertos.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Amberjack, James Tiptree Jr. (Alice Bradley Sheldon)



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Amberjack se llamaba Daniel cuando vio por primera vez a su antigua novia, esa chica Rue. Y se entendieron. Y siguieron entendiéndose, los veranos en el parque, los inviernos esquiando, y después de un tiempo, tanto inviernos como veranos en el pequeño piso de Amberjack. Pero tuvieron mucho cuidado de no llamar a eso amor.

Amberjack no quería llamarlo amor porque venía de una familia nuclear de White Plains donde el amor consistía en que Mamá Janie chupaba tiernamente la sangre de Danny Padre; en la amarga, falsa jovialidad de su padre en el patio, y en las picanas eléctricas para ganado de ambos que chisporroteaban descargas en el hígado inerme de Amberjack. Promedio 4, ¡chispa! Finalista Nacional Meritorio, ¡chispa! Escuela médica de Johns Hopkins, ¡chispa! ¡Chispa! Beca del NIH, ¡chispa!

Y de pronto sólo quedó Amberjack, dirección desconocida, médico en una clínica
VISTA de Cleveland, sin más chispas.

De modo que con todo cuidado se guardaba de llamar amor a lo que hubiera entre Rué y él; pero cuando le apretaba la muñeca al salir parpadeando del cine de la calle Emerald, sentía que sostenía una pata de conejo viva que le daría vida y suerte para siempre.

Y Rué no podía realmente llamar a eso amor, porque venía de una gran familia, a veces expresiva, de Scarsdale, donde amor era el nombre de una pared de cristal insonoro y sin costuras, sucia de huellas digitales sangrientas y mechones de pelo suave de color castaño contra la que un chico, el del medio, no querido y sin talento, se golpeaba hasta convertirse en unos ojos entumecidos clavados en los brillantes jugadores del exterior.

Y a veces su hermana menor Pompy, que parecía una Rué mejorada, extendía el brazo a través de la pared y abrazaba a Rué con su suave y afilada garra y decía “quiero a Rué, cambiemos nuestros trajes-pantalón para la cosa de esta noche, oh, no digas que no vendrás, te buscaré compañía”, y Rué atravesaba la pared sin poder hablar, con el viejo traje-pantalón de gamberro de Pompy, y salían en el coche y nadie sabía su nombre y la pared retornaba. O su madre decía “me gustaría no sentirme resentida contigo, pero más vale decir la verdad, el maldito diafragma se movió y tu padre rompió los pasajes del crucero”. Y a veces la mano del padre de Rué atravesaba la pared y le acariciaba la cabeza y la llamaba Pompy.

De modo que Rué no pensaba llamar amor a eso que tenían ella y Amberjack; pero cuando él murmuraba su nombre por la noche (como hacía muchas veces), un gran diapasón resonaba dentro de ella como el fondo del mar tocando el arpa de para siempre.

Pero llegó entonces esa noche, la más cálida de todas, en que Amberjack y Rué sacaron el colchón al balcón recalentado y herrumbrado en que habían muerto los geranios y se tendieron sudorosos a hablar en tono soñoliento de un acondicionador de aire mientras la inversión térmica sobre la calle Emerald ardía en el oscuro cristal de la ventana, a su lado. Y Rué tocó su vientre allí donde empezaba a ponerse un poco tenso, y sus aréolas, y dijo casualmente a Amberjack que se iba. Siempre había pensado marcharse cuando eso ocurriera, porque sabía qué ocurría cuando el diafragma se desplazaba. (Sólo que ella tomaba píldoras y que realmente no había sido un error.) Y después de un momento convulsivo, Amberjack se enteró de todo, lo que no era difícil si la miraba con los ojos que usaba en la clínica.

El reparador de reputaciones, Robert W. Chambers



Ne raillons pas les fous; leur folie dure plus longtemps que la nôtre... voilà toute la différence.

I.

A fines del año 1920 el gobierno de los Estados Unidos había prácticamente completado el programa adoptado durante los últimos meses de la administración del presidente Winthrop. El país gozaba aparentemente de tranquilidad. Todo el mundo sabe cómo se solucionaron las cuestiones de Aranceles y Trabajo. La guerra con Alemania, consecuencia de que ese país invadiera las islas de Samoa, no dejó cicatrices visibles en la república, y la ocupación temporaria de Norfolk por el ejército invasor había sido olvidada en la alegría de las repetidas victorias navales y el ridículo apremio de las fuerzas del general von Gartenlaube en el estado de Nueva Jersey. Las inversiones cubanas y hawaianas habían dado un beneficio de un ciento por ciento y bien valía el territorio de Samoa su costo como estación de aprovisionamiento de carbón. El estado de defensa del país era estupendo. A todas las ciudades costeras se les había suministrado una fortificación en tierra; el ejército, bajo la paternal mirada del Personal General, organizado de acuerdo con el sistema prusiano, había aumentado a 300.000 hombres con una reserva territorial de un millón; y seis magníficos escuadrones de cruceros y acorazados patrullaban las seis estaciones de los mares navegables, dejando una reserva de energía holgadamente adecuada para el control de las aguas territoriales. Los caballeros del Oeste por fin tuvieron que reconocer que era necesario contar con un colegio para la formación de diplomáticos como es necesaria una escuela de derecho para la formación de abogados. En consecuencia, ya no nos representaron en el extranjero patriotas incompetentes. La nación era próspera. Chicago, por un momento paralizada después del segundo gran incendio, se había levantado de sus ruinas, blanca y imperial, y más hermosa que la ciudad blanca que se había construido como juguete en 1893. En todas partes la buena arquitectura reemplazaba la mala y aun en Nueva York un súbito anhelo de decencia había barrido una gran parte de los existentes horrores. Las calles se habían ensanchado y se pavimentaron e iluminaron de manera adecuada, se plantaron árboles, se abrieron plazas, se demolieron las estructuras elevadas y se hicieron rutas subterráneas para sustituirlas. Los nuevos edificios gubernamentales y cuarteles eran espléndidas piezas arquitectónicas y el prolongado sistema de muelles de piedra que rodeaba por completo la isla se convirtieron en parques que resultaron un don de Dios para la población. El subsidio del teatro y la ópera estatales produjo su propia recompensa. La Academia Nacional de Diseño de los Estados Unidos no difería de las instituciones europeas de la misma especie. Nadie envidiaba al secretario de Bellas Artes, ni su posición en el gabinete ni su ministerio. El secretario de Forestación y Preservación de la Fauna lo pasaba mucho mejor gracias a un nuevo sistema de Policía Montada Nacional. Habíamos obtenido provecho con los últimos tratados celebrados con Francia e Inglaterra; la exclusión de los judíos nacidos en el extranjero como medida de autopreservación nacional, el establecimiento del nuevo estado negro independiente de Suanee, el control de la inmigración, las nuevas leyes sobre la naturalización y la gradual centralización del poder en el ejecutivo fueron todas medidas que contribuyeron a la calma y la prosperidad nacionales. Cuando el Gobierno solucionó el problema indio y escuadrones de una caballería de exploradores indios con sus trajes nativos reemplazaron a las lamentables organizaciones sumadas a regimientos reducidos al mínimo por un ex secretario de Guerra, la nación suspiró con profundo alivio. Cuando, después del colosal Congreso de Religiones, el fanatismo y la intolerancia quedaron sepultadas y la bondad y la tolerancia empezaron a unir las sectas contendientes, muchos creyeron que había llegado el milenio de felicidad y abundancia, cuando menos en un nuevo mundo, que después de todo es un mundo de por sí.

martes, 15 de diciembre de 2015

Trabajar es un placer, Cesare Pavese



Yo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un chaval, y los campesinos me llevaban consigo a las recolecciones - las más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar el trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas; y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año siguiente. Los días que no había recolección, me los pasaba deambulando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta jugaba con otros chavales a pescar en el Belbo - había un provecho en ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al prójimo, a la casa, y a mí mismo.

Porque creía saber qué era el trabajo. Veía trabajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba - ciertos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y sudados, descamisados, contentos-, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y los soltaba solamente de noche.

En aquel tiempo estaba convencido de que había diferencia entre salir de mañana antes de que fuera de día a un campo delante de colinas pisando la hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gastadas, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad donde recolecciones y cestas llenas no se hacen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, habría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.

Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecerse, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pedir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los empleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o que ganar los empleados- ¡los empleados! al juntarse con los trabajadores. «¿Es posible? ¿Contra quienes les dan de comer?» «¡Rebajarse así!» «Están locos o vendidos.» «Ignorantes.»

El chaval escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Comprendía que en la ciudad se quejaran y no quisieran saber nada había visto aquellas fábricas tremendas y aquellas oficinas sofocantes - de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. «Trabajar es un placer», decía para sí.

- Trabajar es un placer - dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárselas a mamá.

- Ojalá fuese cierto - contestó-, pero hay quien no tiene ganas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El abrasamiento del cerebro, Cordwainer Smith



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I. Dolores Oh

Les digo: es triste, es más que triste, es horrendo, porque es terrible salir Arriba-Afuera, volar sin volar, moverse entre las estrellas como una polilla entre las flojas en una noche de estío.

De todos los hombres que llevaron las grandes naves a la plataforma ninguno fue más valiente, ninguno más fuerte que el capitán Magno Taliano.

Los observadores habían desaparecido hacía siglos y el efecto jonasoidal se había vuelto tan simple que la travesía de los años-luz no era más difícil para la mayoría de los pasajeros de las grandes naves que ir de un cuarto a otro.

Era fácil para los pasajeros. No para la tripulación.

Y menos aún para el capitán.

El capitán de una nave jonasoidal que se hubiese embarcado en un viaje interestelar era, un hombre sujeto a extrañas y abrumadoras tensiones. El arte de vencer todas las complicaciones del espacio se parecía mucho más a la navegación en mares turbulentos de los antiguos tiempos que a las legendarias travesías a vela en aguas tranquilas.

El capitán de viaje de la Wu-Feinstein, la mejor nave en su tipo, era Magno Taliano. Se dijo una vez de Taliano: "Era capaz de navegar en el infierno moviendo sólo los músculos del ojo. Era capaz de sondear el espacio directamente con el cerebro si los instrumentos fallaban..." La mujer del capitán se llamaba Dolores Oh. El nombre era japonés, de una nación antigua, En otro tiempo Dolores Oh había sido hermosa, tan hermosa que quitaba el aliento a los hombres, cambiaba los sabios en tontos y los jóvenes en pesadillas de codicia y deseo. Adondequiera que iba los hombres se peleaban y luchaban por ella.

Pero Dolores Oh era orgullosa, orgullosa hasta más allá de los límites corrientes del orgullo. Se negó a pasar por los procesos del rejuvenecimiento común. Debía de haber sentido un deseo inconmensurable unos cien años atrás. Quizá se dijo, ante la esperanza y el terror de un espejo en un cuarto silencioso:

—Seguramente yo soy yo. Tiene que haber un yo más importante que la belleza de mi cara, tiene que haber algo más que esta piel suave y las arrugas accidentales de la mandíbula y el pómulo.

"¿Qué amaron los hombres si no me amaron a mí? ¿Podré descubrir quién soy o qué soy si no dejo que la belleza muera y no me resigno a vivir en una carne que tiene mis años?

Dolores Oh conoció al capitán y se casaron en seguida; el romance dejó hablando a cuarenta mundos, y pasmó a la mitad de las líneas de navegación.

Magno Taliano empezaba entonces a revelarse como genio. El espacio, podemos asegurarlo, es impetuoso, impetuoso como las aguas turbulentas de un vendaval, repleto de peligros que sólo los hombres más sensibles, rápidos y osados son capaces de vencer.

sábado, 12 de diciembre de 2015

El niño que amaba una tumba, Fitz-James O'Brien.


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Muy lejos, en el corazón de un país solitario, había una vieja y solitaria iglesia. En su patio ya no se enterraba a los muertos, pues había dejado de funcionar hacía mucho tiempo; su pasto crecido alimentaba ahora a algunas cabras salvajes que trepaban el muro ruinoso y vagaban por el triste desierto de tumbas. El camposanto estaba bordeado de sauces y cipreses sombríos; y su oxidado portón de hierro, rara si alguna vez abierto, crujía cuando el viento agitaba sus bisagras, como si alguna alma perdida, condenada a vagar por siempre en ese lugar desolado, sacudiera los barrotes y se lamentara de su terrible prisión.

En este cementerio había una tumba distinta a las demás. La lápida no llevaba nombre, pero en su lugar aparecía la rara escultura de un sol saliendo del mar. El sepulcro era muy pequeño y estaba cubierto de una espesa capa de retama y ortigas; uno podría suponer por su tamaño que correspondía a un niño de pocos años.

No lejos del lugar vivía con sus padres un chico en una casita triste; era un chico soñador, de ojos negros, que nunca jugaba con los otros niños del barrio, él amaba correr por los campos, recostarse a la orilla del río, mirando caer las hojas y enrularse las aguas, y los lirios que mecían sus blancas cabezas al compás de la corriente. No era de asombrarse que su vida fuera triste y solitaria, ya que sus padres eran personas crueles y salvajes que bebían y discutían todo el día y toda la noche; los ruidos de sus peleas llegaban en las cálidas noches de verano hasta los vecinos que vivían en la aldea bajo la colina.

El muchachito se aterrorizaba con estas horribles disputas y su alma joven se encogía cada vez que escuchaba las maldiciones y los golpes resonando en la mísera casa, así que solía escaparse a los campos donde todo lucía tan calmo, tan puro, y hablar con los lirios en voz baja como si fueran sus amigos. De este modo dio un día con el viejo cementerio y empezó a caminar entre las lápidas cubiertas de maleza, deletreando los nombres de las personas que había partido de la tierra años y años atrás.

viernes, 11 de diciembre de 2015

El banquete macabro, leyenda mexicana



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Hacia el 1863 el hambre era lo cotidiano en el barrio de “El Carmen”, suburbio de la colonial Puebla de los Ángeles, debido al sitio que le impuso la guerra contra los invasores franceses. De un lado, las tropas enemigas; del otro, el sitiado ejército mexicano. En medio, un pueblo que moría de inanición.

Los invasores se posesionaron de los huertos, los jardines y los establos, lo que impedía a los habitantes carmelitas obtener siquiera algunos productos de granja. Incluso el cementerio quedo en terreno de nadie, lo cual nos explica que hoy existan dos panteones en el barrio de “El Carmen”.

Pronto las reservas comenzaron a escasear y los embutidos, como los chorizos, los jamones ahumados, las chistorras y morcillas aderezadas con nueces, entre otros fiambres, adquirieron precios de locura. Ni hablar de las conservas de jamón del diablo, tasajo, cecina u otras viandas. Hasta el pan duro y el queso añejo o agusanado comenzaron a tener un valor de no creerse.

Curiosamente, en la plazuela de la Capuchinas existía una fonda regenteada por dos guapas hermana donde no faltaba nada, ni menudencia ni carne. Con los reales que ganaban, bien podían abastecerse con guarniciones frescas, las que, según se contaba, mercaban a precio de oro a los soldados franceses que gustosos cambiaban sus raciones por doblones españoles, centenarios de veinticuatro quilates u onzas de plata pura. Así que ni verduras les faltaban. Y lo más llamativo del asunto es que cobraban precios módicos a su regular clientela; si lo comparamos con los dineros que alcanzaban a costar las viandas en esos días, hablando en plata no era mucho lo que cobraban.

Llego el momento en que ya no hubo carne en ninguna casa del barrio de “El Carmen”, excepto en la fonda de la plazuela de las Capuchinas, donde a diario se ofrecía suculentos platos preparados con jugosas chuletas, sabrosos picadillos e inolvidables embutidos. Se cuenta que el jamón asado no tenía comparación. Y que el picadillo preparado por las hermanas estaba de rechupete.

La fonda propagaba unos humores aromáticos, vapores de ensueño. Perfumes paradisíacos para todos aquellos carmelitas muertos de hambre, pues no había en Puebla ni un hueso que roer. Lo notable es que no habiendo carne en ningún otro lugar, en este establecimiento no faltaba. Se corrió el rumor y fueron muchos los jefes y generales de la tropa mexicana que dejaban los garbanzos rancios, que era el último alimento para la tropa en el cuartel, y se iban a la fonda de las dos hermanas para regresar orondos a sus parapetos, con el buche a reventar y chupándose los dedos.

Está claro que las iras y las envidias no se hicieron esperar. La gente que manejaba otros restaurantillos comenzó a sospechar que allí había gato encerrado, aunque ya los pobres mininos hacía meses que habían ido a parar a las ollas del guisado. Entre varios se propusieron vigilar a las hermanas fonderas para averiguar los medios por los que se proporcionaban dicho alimento, pues cabía la sospecha de que ambas debían tener pacto con el demonio, solitaria explicación que permitiría comprender la forma en que estas dos damas se hacían de carnes apetitosas.

Se les mando seguir y espiar, lo que ocurrió durante varios días. Pero no se descubría nada anormal. Mientras tanto, en la fonda de las Capuchinas la tropa seguía devorando platillos compuestos por sesos salpimentados, higaditos encebollados, picadillo de lengua a la vinagreta y otras delicias por el estilo, entre las que destacan los moles y guisos tan típicamente poblanos. Así como los tamales de carne adobada y pipián con costillitas.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Las verdes colinas de la Tierra, Robert A. Heinlein


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Esta es la historia de Rhysling, el Cantor Ciego de los Espacios, pero no en su versión oficial. En el colegio se cantan sus palabras:

“Oremos por un último aterrizaje
en el globo que me vio nacer;
déjame posar mis ojos en los cielos aborregados
y las frescas y verdes colinas de la Tierra.”

O quizá cantéis en francés, o en alemán. O acaso en esperanto, mientras el arco iris de la Tierra se extiende sobre nuestras cabezas.

El lenguaje no tiene importancia, era con toda certeza una lengua terrestre. Nadie ha traducido jamás “Verdes colinas” al suave idioma venusiano, jamás un marciano lo ha croado ni susurrado en los áridos corredores. Es nuestro. Nosotros, los habitantes de la Tierra, lo hemos exportado todo, desde las películas de Hollywood a las substancias radiactivas sintéticas, pero esto pertenece exclusivamente a la Tierra, y a sus hijos e hijas doquiera que se encuentren.

Todos hemos oído referir muchas historias de Rhysling. Cualquiera de vosotros puede incluso ser uno de los muchos que han tratado de graduarse o sed aclamados a través de versiones escolares de sus obras publicadas... “Canciones del Espacio”, “El Gran Canal y otros Poemas”, “Alto y Lejos” y “¡Arriba, Nave!”

Sin embargo, pese a que habéis cantado sus canciones y leído sus versos en el colegio y otros sitios toda vuestra vida, podría hacerse una ventajosa apuesta, a menos que seáis también un hombre del espacio, de que no habéis oído siquiera hablar de la mayoría de las canciones inéditas de Rhysling, como, por ejemplo, “Desde que el avión se encontró con mi primo”, “La muchacha pelirroja del Venusberg”, “¡Conserva los pantalones Capitán!” o “Un traje del espacio para dos”.

Ni es posible tampoco insertarías en una revista familiar.

La reputación de Rhysling quedó protegida por un cuidadoso ejecutor testamentario y por la feliz casualidad de que no fue nunca intentado. “Canciones de los Espacios” apareció la semana de su muerte cuando llegó a ser un best seller, las historias publicitarias que le hacían referencia fueron reunidas en lo que el público recordaba acerca de él, más las anécdotas subidas de color que fueron añadidas por sus editores. La imagen pictórica resultante de Rhysling es tan auténtica como el hacha de Jorge Washington o las galletas de King Georges.

En la realidad, no os hubiera gustado verlo en vuestros salones; no era socialmente aceptable, tenía quemaduras de sol, unas quemaduras permanentes que se rascaba continuamente, y no añadían nada a su despreciable belleza. Su retrato, pintado por Van der Voort para la centésima edición Harriman de sus obras maestras, muestra una figura de tragedia griega, una boca solemne, unos ojos sin vista, ocultos por una venda de seda negra. ¡No era nunca solemne! Tenía la boca siempre abierta, cantando, riendo, bebiendo o comiendo. La venda solía ser un harapo, generalmente sucio. Cuando perdió la vista, se fue volviendo más y más descuidado de su persona.,

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Los culpables, Juan Villoro


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Las tijeras sobre la mesa. Tenían un tamaño desmedido. Mi padre las había usado para rebanar pollos. Desde que él murió, Jorge las lleva a todas partes. Tal vez sea normal que un psicópata duerma con su pistola bajo la almohada. Mi hermano no es un psicópata. Tampoco es normal.

Lo encontré en la habitación, encorvado, luchando para sacarse la camiseta. Estábamos a cuarenta y dos grados. Jorge llevaba una camiseta de tejido burdo, ideal para adherirse como una segunda piel.

—¡Ábrela! —gritó con la cabeza envuelta por la tela. Su mano señaló un punto inexacto que no me costó trabajo adivinar.

Fui por las tijeras y corté la camiseta. Vi el tatuaje en su espalda. Me molestó que las tijeras sirvieran de algo; Jorge volvía útiles las cosas sin sentido; para él, eso significaba tener talento.

Me abrazó como si untarme su sudor fuera un bautizo. Luego me vio con sus ojos hundidos por la droga, el sufrimiento, demasiados videos. Le sobraba energía, algo inconveniente para una tarde de verano en las afueras de Sacramento. En su visita anterior, Jorge pateó el ventilador y le rompió un aspa; ahora, el aparato apenas arrojaba aire y hacía un ruido de sonaja. Ninguno de los seis hermanos pensó en cambiarlo. La granja estaba en venta. Aún olía a aves; las alambradas conservaban plumas blancas.

Yo había propuesto otro lugar para reunimos pero él necesitaba algo que llamó «correspondencias». Ahí vivimos apiñados, leímos la Biblia a la hora de comer, subimos al techo a ver lluvias de estrellas, fuimos azotados con el rastrillo que servía para barrer el excremento de los pollos, soñamos en huir y regresar para incendiar la casa.

—Acompáñame —Jorge salió al porche. Había llegado en una camioneta Windstar, muy lujosa para él. Sacó dos maletines de la camioneta. Estaba tan flaco que parecía sostener tanques de buceo en la absurda inmensidad del desierto. Eran máquinas de escribir.

Las colocó en las cabeceras del comedor y me asignó la que se atascaba en la eñe. Durante semanas íbamos a estar frente a frente. Jorge se creía guionista. Tenía un contacto en Tucson, que no es precisamente la meca del cine, interesado en una «historia en bruto» que en apariencia nosotros podíamos contar. La prueba de su interés eran la camioneta Windstar y dos mil dólares de anticipo. Confiaba en el cine mexicano como en un intangible guacamole; había demasiado odio y demasiada pasión en la región para no aprovecharlos en la pantalla. En Arizona, los granjeros disparaban a los migrantes extraviados en sus territorios («un safari caliente», había dicho el hombre al que Jorge citaba como a un evangelista); luego, el improbable productor había preparado un coctel margarita color rojo. Lo «mexicano» se imponía entre un reguero de cadáveres.

La mayor extravagancia de aquel gringo era confiar en mi hermano. Jorge se preparó como cineasta paseando drogadictos norteamericanos por las costas de Oaxaca. Ellos le hablaron de películas que nunca vimos en Sacramento. Cuando se mudó a Torreón, visitó a diario un negocio de videos donde había aire acondicionado. Lo contrataron para normalizar su presencia y porque podía recomendar películas que no conocía.

martes, 8 de diciembre de 2015

Harrison Bergeron, Kurt Vonnegut


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En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.

Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no era el mes de la primavera, y esto confundía a la gente. Y en este mismo mes, húmedo y frío, los hombres de la oficina de impedidos se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo de George y Hazel Bergeron.

Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel tenía una inteligencia perfectamente común, y por lo tanto era incapaz de pensar excepto en breves explosiones. Y George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros.

George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero ella ya no recordaba por qué. En ese momento unas bailarinas terminaban su número.

Una chicharra sonó en la cabeza de George y los pensamientos que tenía en ese instante huyeron como ladrones que oyen una campana de alarma.

- Era bonita esa danza, la que acaba de terminar - dijo Hazel.

- ¿Eh? - dijo George.

- Esa danza, era bonita - dijo Hazel.

- Ajá.

Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas, y cualquiera hubiese podido hacer lo mismo. Todas llevaban contrapesos y sacos de perdigones, y máscaras además, para que nadie se sintiese triste viendo un gesto gracioso o una cara bonita. George había empezado a pensar vagamente que quizá las bailarinas no debieran tener ningún impedimento, pero no fue muy lejos en esta dirección, pues la radio transmitió otro ruido anonadador.

George torció la cara, junto con dos de las ocho bailarinas.

Hazel vio la mueca de George, y como ella no tenía radio tuvo que preguntar qué ruido había sido ése.

- Como si golpearan con un martillo en una botella de leche - dijo George.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Llamadas telefónicas, Roberto Bolaño


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B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.

Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.

Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.

viernes, 4 de diciembre de 2015

El anillo, Elena Garro


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Siempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la forma de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. “Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos”, me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando uno es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.

“¡Ándale, Camila, un anillo dorado!” y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: “Se lo daré a Severina, mi hijita mayor”. Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras, para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe de acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del corral.

—¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?

—Aguardando su vuelta —me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.

—Enciendan la lumbre, vamos a cenar.
Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.

—¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! —dije yo preparando la sorpresa—. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!

—Sí, qué suerte… —dijeron mis muchachitos.

—¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! —dije.

Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabajaba más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de “El Capricho” mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hijita Aurelia.

La lotería, Shirley Jackson


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La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.

Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada. Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano mayor. La lotería -igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el programa de la fiesta de Halloween- era dirigida por el señor Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades cívicas.

El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos». El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete, y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía los papeles del interior.

¡Arrepiéntete, Arlequín!, dijo el señor TicTac, Harlan Ellison


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Nunca falta quien pregunta: «¿De qué se trata?» Para los que siempre necesitan preguntar, para aquellos a quienes siempre hay que decir las cosas con todas las letras, y que necesitan saber «dónde posan los pies», va esto:

La mayoría de los hombres sirve al estado, no como hombres principalmente, sino como máquinas: con sus cuerpos. Son el ejército en pie, las milicias, los celadores, los policías, las fuerzas de la ley. En muchos casos, no hay ningún ejercicio libre del juicio, o del sentido moral; estos hombres se ponen al mismo nivel que la madera, la tierra y las piedras; acaso tal vez puedan fabricarse hombres de madera que sirvan a los mismos fines. No inspiran más respeto que un títere o que un trozo de tierra. Su valor es igual al de los perros o los caballos. Sin embarco, se les suele considerar buenos ciudadanos. Otros —en su mayoría legisladores, políticos, juristas, ministros y funcionarios— sirven al estado principalmente con su mente; y, dado que muy rara vez hacen distinciones morales, son tan proclives a servir al diablo, sin quererlo, como a Dios. Muy pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformistas en el sentido más elevado, y los «hombres», sirven al estado también con sus conciencias, y así, necesariamente, se le oponen casi constantemente; por lo general, el estado suele tratarlos como a enemigos.

Henry David Thoreau. Desobediencia civil.

Allí está la raíz de todo. Ahora comencemos por el medio, y luego sepamos el principio; el final se encargará de sí mismo.

Pero debido a que el mundo era precisamente así, precisamente como dejaron que llegase a ser, durante meses sus actividades no atrajeron la atención de Los que Mantienen la Maquinaria Funcionando Normalmente, de los que engrasaban con el mejor lubricante los resortes y muelles de la cultura. Sólo cuando fue evidente que, de algún modo, vaya a saberse cómo, se había convertido en una celebridad, en una notoriedad, acaso en un héroe («sujeto a quien la Oficialidad inevitablemente persigue») para «un segmento emocionalmente perturbado de la población», sólo entonces fueron a ver al señor Tic-Tac y a su maquinaria legal. Pero, por ser el mundo como era y porque no tenían forma de predecir que él llegaría a existir —posiblemente un rebrote de alguna enfermedad erradicada largo tiempo atrás que ahora volvía a surgir en un sistema donde la inmunidad había quedado en el olvido—, posiblemente por eso se le había dejado adquirir demasiada realidad. Ya tenía forma y sustancia.

Había adquirido una personalidad, algo que habían erradicado del sistema muchas décadas atrás. Pero allí estaba, con su personalidad insoslayable y definida. En ciertos círculos —de la clase media— se lo consideraba una vulgar ostentación. Un anarquista de mal gusto. Una vergüenza. En otros, sólo había risillas: los estratos donde el pensamiento se reducía a la forma y el ritual, a lo apropiado y conveniente. Pero más abajo, ah, más abajo, donde la gente pedía santos y pecadores, pan y circo, héroes y villanos, se lo consideraba un Bolívar, un Napoleón, un Robín Hood, un Dick Bong (As de Ases), un Jesús, un Jomo Kenyatta. Y arriba —donde cada temblor y vibración amenaza con arrancar a los ricos, poderosos y nobles de sus mástiles, se lo veía como a un peligro, como a un hereje, un rebelde o una desgracia. Se lo conocía en el fondo, en el centro, pero las reacciones importantes se producían mucho más arriba, y por debajo. En la cúspide y en el extremo inferior.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El retrato mal hecho, Silvina Ocampo


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A los chicos les debía de gustar sentarse sobre las amplias faldas de Eponina porque tenía vestidos como sillones de brazos redondos. Pero Eponina, encerrada en las aguas negras de su vestido de moiré, era lejana y misteriosa; una mitad del rostro se le había borrado pero conservaba movimientos sobrios de estatua en miniatura. Raras veces los chicos se le habían sentado sobre las faldas, por culpa de la desaparición de las rodillas y de los brazos que con frecuencia involuntaria dejaba caer.

Detestaba los chicos, había detestado a sus hijos uno por uno a medida que iban naciendo, como ladrones de su adolescencia que nadie lleva presos, a no ser los brazos que los hacen dormir. Los brazos de Ana, la sirvienta, eran como cunas para sus hijos traviesos.

La vida era un larguísimo cansancio de descansar demasiado; la vida era muchas señoras que conversan sin oírse en las salas de las casas donde de tarde en tarde se espera una fiesta como un alivio. Y así, a fuerza de vivir en postura de retrato mal hecho, la impaciencia de Eponina se volvió paciente y comprimida, e idéntica a las rosas de papel que crecen debajo de los fanales.

La mucama la distraía con sus cantos por la mañana, cuando arreglaba los dormitorios. Ana tenía los ojos estirados y dormidos sobre un cuerpo muy despierto, y mantenía una inmovilidad extática de rueditas dentro de su actividad. Era incansablemente la primera que se levantaba y la última que se acostaba. Era ella quien repartía por toda la casa los desayunos y la ropa limpia, la que distribuía las compotas, la que hacía y deshacía las camas, la que servía la mesa.

Fue el 5 de abril de 1890, a la hora del almuerzo; los chicos jugaban en el fondo del jardín; Eponina leía en La Moda Elegante: "Se borda esta tira sobre pana de color bronce obscuro" o bien: "Traje de visita para señora joven, vestido verde mirto", o bien: "punto de cadeneta, punto de espiga, punto anudado, punto lanzado y pasado". Los chicos gritaban en el fondo del jardín. Eponina seguía leyendo: "Las hojas se hacen con seda color de aceituna" o bien: "los enrejados son de color de rosa y azules", o bien: "la flor grande es de color encarnado", o bien: "las venas y los tallos color albaricoque".

Ana no llegaba para servir la mesa; toda la familia, compuesta de tías, maridos, primas en abundancia, la buscaba por todos los rincones de la casa. No quedaba más que el altillo por explorar. Eponina dejó el periódico sobre la mesa, no sabía lo que quería decir albaricoque: "Las venas y los tallos color albaricoque". Subió al altillo y empujó la puerta hasta que cayó el mueble que la atrancaba. Un vuelo de murciélagos ciegos envolvía el techo roto. Entre un amontonamiento de sillas desvencijadas y palanganas viejas, Ana estaba con la cintura suelta de náufraga, sentada sobre el baúl; su delantal, siempre limpio, ahora estaba manchado de sangre. Eponina le tomó la mano, la levantó. Ana, indicando el baúl, contestó al silencio: "Lo he matado".

Eponina abrió el baúl y vio a su hijo muerto, al que más había ambicionado subir sobre sus faldas: ahora estaba dormido sobre el pecho de uno de sus vestidos más viejos, en busca de su corazón.

La familia enmudecida de horror en el umbral de la puerta, se desgarraba con gritos intermitentes clamando por la policía. Habían oído todo, habían visto todo; los que no se desmayaban, estaban arrebatados de odio y de horror.

Eponina se abrazó largamente a Ana con un gesto inusitado de ternura. Los labios de Eponina se movían en una lenta ebullición: "Niño de cuatro años vestido de raso de algodón color encarnado. Esclavina cubierta de un plegado que figura como olas ribeteadas con un encaje blanco. Las venas y los tallos son de color marrón dorados, verde mirto o carmín".

La sombra sobre Innsmouth, H. P. Lovecraft


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I

Durante el invierno de 1927-28, los agentes del Gobierno Federal realizaron una extraña y secreta investigación sobre ciertas instalaciones del antiguo puerto marítimo de Innsmouth, en Massachusetts. El público se enteró de ello en febrero, porque fue entonces cuando se llevaron a cabo redadas y numerosos arrestos, seguidos del incendio y la voladura sistemáticos -efectuados con las precauciones convenientes- de una gran cantidad de casas ruinosas, carcomidas, supuestamente deshabitadas, que se alzaban a lo largo del abandonado barrio del muelle. Las personas poco curiosas no prestarían atención a este suceso, y lo consideraron sin duda como un episodio más de la larga lucha contra el licor.

En cambio, a los más perspicaces les sorprendió el extraordinario número de detenciones, el desacostumbrado despliegue de fuerza pública que se empleó para llevarlas a cabo, y el silencio que impusieron las autoridades en torno a los detenidos. No hubo juicio, ni se llegó a saber tampoco de qué se les acusaba; ni siquiera fue visto posteriormente ninguno de los detenidos en las cárceles ordinarias del país. Se hicieron declaraciones imprecisas acerca de enfermedades y campos de concentración, y más tarde se habló de evasiones en varias prisiones navales y militares, pero nada positivo se reveló. La misma ciudad de Innsmouth se había quedado casi despoblada. Sólo ahora empiezan a manifestarse en ella algunas señales de lento renacer.

Las quejas formuladas por numerosas organizaciones liberales fueron acalladas tras largas deliberaciones secretas; los representantes de dichas sociedades efectuaron algunos viajes a ciertos campos y prisiones, y como consecuencia, tales organizaciones perdieron repentinamente todo interés por la cuestión. Más difíciles de disuadir fueron los periodistas; pero finalmente, acabaron por colaborar con el Gobierno. Sélo un periódico -un diario sensacionalista y de escaso prestigio por esta razón- hizo referencia a cierto submarino capaz de grandes inmersiones que torpedeó los abismos de la mar, justo detrás del Arrecife del Diablo. Esta información, recogida casualmente en una taberna marinera, parecía un tanto fantástica ya que el arrecife, negro y plano, queda por lo menos a milla y media del puerto de Innsmouth.

Los campesinos de los alrededores y las gentes de los pueblos vecinos lo comentaron mucho, pero se mostraron extremadamente reservados con la gente de fuera. Llevaban casi un siglo hablando entre ellos de la moribunda y medio desierta ciudad de Innsmouth y lo que acababa de suceder no había sido más tremendo ni espantoso que lo que se comentaba en voz baja desde mucho años antes. Habían sucedido cosas que les enseñaron a ser reservados, de modo que era inútil intentar sonsacarles. Además, sabían poca cosa en realidad, porqué la presencia de unos saladares extensos y despoblados dificultaba mucho la llegada a Innsmouth por tierra firme, y los habitantes de los pueblos vecinos se mantenían alejados.

Pero yo voy a transgredir la ley de silencio impuesta en torno a esta cuestión. Estoy convencido de que los resultados obtenidos son tan concluyentes que, aparte un sobresalto de repugnancia, mis revelaciones sobre lo que hallaron los horrorizados agentes que irrumpieron en Innsmouth no pueden causar ningún daño. Por otra parte, el asunto podría tener más de una explicación. Tampoco sé exactamente hasta qué punto me han contado toda la verdad, pero tengo muchas razones para no desear indagar más a fondo, ya que el caso, y el recuerdo de lo que pasó, me obliga a tomar severas medidas.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Finales felices, Margaret Atwood



John y Mary se conocen.
¿Qué pasa después?
Si quieres un final feliz, elige el A.

A.

John y Mary se enamoran y se casan. Ambos tienen trabajos dignos y muy lucrativos, que les parecen interesantes y estimulantes. Compran una casa encantadora. El valor de las propiedades sube. Cuando finalmente pueden pagar por un servicio de limpieza, tienen dos hijos, a quienes adoran. Los niños crecen bien. John y Mary tienen una estimulante y a la vez desafiante vida sexual, y también amigos que valen la pena. Juntos disfrutan de divertidas vacaciones. Se jubilan. Ambos tienen pasatiempos que encuentran estimulantes y desafiantes. Por último, mueren. Este es el final de la historia.

B.

Mary se enamora de John pero John no corresponde a sus sentimientos. Tan sólo usa su cuerpo para saciar su propio placer y, de una manera indiferente, para satisfacer su ego. Va a su departamento dos veces a la semana y ella le cocina (notarás que él ni siquiera cree que ella merece una cena fuera), después de que come se la coge y finalmente se duerme mientras ella lava los platos, para que no piense que es desaseada con todos esos platos sucios tirados por doquier, y se pone lápiz de labios para verse bien cuando él despierte, pero cuando se despierta él ni se da cuenta, se pone sus calcetines y sus pantalones y su camisa, y su corbata y sus zapatos, justamente al revés de como se los quitó. No desnuda a Mary, ella lo tiene que hacer, actúa como si se muriera de ganas cada vez, no porque le guste mucho el sexo, no le gusta, pero quiere que John piense que sí le gusta porque si lo hacen con regularidad seguro que él se acostumbrará a ella, aprenderá a depender de ella y se casarán, pero John difícilmente se despide cuando cruza la puerta para irse y tres días después regresa a las seis en punto y repiten todo lo anterior.

Mary se quiebra. Llorar hace que una cara parezca deslucida, todos los saben, incluso Mary, pero no puede parar. En su trabajo lo empiezan a notar. Sus amigos le dicen que John es una rata, un cerdo, un perro, que no la merece, pero ella no lo puede creer. Dentro de John, ella piensa, hay otro John que es mucho mejor. Ese otro John surgiría como una mariposa de su capullo, como un muñeco de una caja de resorte, como un hueso de una ciruela, si tan sólo exprimiera lo suficiente al primer John.

Una tarde John se queja de la comida. Nunca se había quejado de la comida. Mary se siente herida.

Sus amigos le dicen que lo han visto en un restaurante con otra mujer que se llama Madge. En realidad, ni siquiera es Madge quien molesta a Mary, es el restaurante. John nunca llevó a Mary a ningún restaurante. Mary junta todas las pastillas para dormir y aspirinas que puede encontrar, las toma junto con media botella de jerez. Puedes saber qué clase de mujer es por el hecho de que ni siquiera tiene whisky. Deja una nota para John. Espera que la descubra y la lleve al hospital a tiempo y se arrepienta y se casen, pero nada de esto ocurre y ella muere.
John se casa con Madge y todo sigue como en A.

martes, 1 de diciembre de 2015

Diles que no me maten, Juan Rulfo



-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

lunes, 30 de noviembre de 2015

La ciudad hermana, Brian Lumley



(Este manuscrito se incluye como "Anexo A" en el informe número M-Y-127/52, fechado el 7 de agosto de 1952.)

Hacia el final de la guerra, cuando bombardearon nuestra casa de Londres y murieron mis padres, fui hospitalizado debido a mis heridas y tuve que pasar casi dos años enteros postrado. Yo era joven —tenía sólo diecisiete años cuando salí del hospital—, y fue entonces cuando se despertó en mí el entusiasmo, que años después se convirtió en un anhelo insaciable, por los viajes, las aventuras y por conocer las antigüedades más grandes de la Tierra. Siempre he tenido una naturaleza vagabunda, pero estuve tan sujeto durante esos dos pesados años que, cuando finalmente me llegó la ocasión de emprender la aventura, me resarcí del tiempo perdido dejando que esa inclinación mía campase por sus respetos.

No es que esos largos y dolorosos meses estuviesen totalmente exentos de placeres. Entre una y otra operación, cuando mi salud lo permitía, leía ávidamente en la biblioteca del hospital, principalmente para olvidar mi desgracia, y después para dejarme llevar a esos mundos antiguos y maravillosos creados por Walter Scott en sus encantadoras Noches arábigas.

Aparte de deleitarme tremendamente, el libro contribuyó a desviar mi atención de las cosas que había oído decir sobre mí en las salas. Se comentaba en voz baja que yo era diferente; al parecer los médicos habían encontrado algo extraño en mi constitución física. Había rumores sobre las peculiares cualidades de mi piel y el cartílago córneo ligeramente prolongado de mi espina dorsal. Se hablaba del hecho de que los dedos de mis manos y de mis pies fuesen ligeramente palmeados, y de mi total carencia de pelo, de modo que me había convertido en objeto de muchas miradas extrañas.

Estas circunstancias, y mi nombre, Robert Krug, no contribuyeron precisamente a aumentar mi popularidad en el hospital. De hecho, en la época en que Hitler devastaba de cuando en cuando Londres con sus bombas, un apellido como el de Krug, con todas sus implicaciones de ascendencia germana, era probablemente un obstáculo mayor para granjearme amistades que todas mis otras peculiaridades juntas.

Al final de la guerra me encontré con que era rico: fui nombrado heredero único de la riqueza de mi padre, y aún no había cumplido los veinte años. Había dejado muy atrás a los Jinns, Gules y Efreets de Scott, pero había regresado al mismo tipo de emoción de las Noches arábigas con la publicación de las Excavaciones de los lugares sumerios, de Lloyd. En líneas generales, este libro fue el responsable del miedo que siempre me han inspirado esas mágicas palabras de «Ciudades Perdidas».

En los meses subsiguientes, y ya durante todos los demás años de mi formación, la obra de Lloyd quedó como un hito, pese a que fue seguida de otros muchos volúmenes de talante similar. Leí ávidamente Nínive y Babilonia y Primeras aventuras en Persia, Susa y Babilonia, de Layard. Leí morosamente obras tales como Origen y progreso de la Asiriología, de Budge, y Viajes a Siria y Tierra Santa, de Burckhardt.

Pero no fueron las fabulosas tierras de Mesopotamia los únicos lugares de interés para mí. Las ficticias Shangri-La y Ephiroth se situaban asimismo junto a la realidad de Micenas, Knosos, Palmira y Tebas. Leí entusiasmado las historias de la Atlántida y de Chichén-Itzá, sin molestarme nunca en separar lo real de lo fantástico, y pensaba con igual anhelo en el Palacio de Minos en Creta que en la Ignorada Kadath de la Inmensidad Fría.

La cena, Alfonso Reyes



Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.

Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?

Al fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron de manera que volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de relojes iluminados… No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el mareo de mi respiración agitada.

De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquél era el término.

Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente:

«Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!...»

Ni una letra más.

Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además, ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: «¡Ah, si no faltara!...», tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges de la calzada de algún templo egipcio.

La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida.

Volvíme: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones.