Archivo de cuentos y obras compartidas en las páginas de facebook "Lea, no sea pendejo" y "Círculo Lovecraftiano y Horror"
lunes, 29 de febrero de 2016
La culebra, cuento tradicional mexicano
Descargar PDF aquí.
Todo el día en San Miguel Tejocote se oye el cocoroco de las gallinas, el coin coinc de los puercos y el jijay jijay de los asnos. Pero no siempre fue así. Antes, en San Miguel Tejocote las personas y los animales hablaban el mismo idioma. Creo que antes todos los días eran como una fiesta en donde todos hablaban a la vez.
¿No sería bueno dijo un niño a don Paciano que yo pudiera hablar con un chichiton (perro) o con mi mizton (gato), o hasta con los animales del bosque, el tochtli (conejo), o mazatl (venado) que todas las tardes baja a beber agua? ¿No sería bueno feo?
Sí, porque aprenderías mucho de ellos le dijo don Paciano. Cuando hablaban con los animales, los niños eran más listos que ahora. Entonces, por ejemplo, los niños no pedían dinero a cambio de alguna ayuda; no se ponían exigentes ni caprichudos. Coatl, la culebra, les enseño eso a las gentes.
¿La culebra?
Esa mera dijo don Paciano, y les voy a contar como estuvo la cosa. Sucedió que un campesino araba la tierra, cuando oyó que alguien gritaba desde la otra orilla de su milpa. ¡Auxilio! ¡Auxilioooooooooooo!, decía la voz con desesperación. Y allí va el campesino, muy compadecido, para ver qué pasaba. Y va viendo una culebra aplastada por un tronco caído.
Ayúdame, por favor dijo la culebra. Si nadie me saca de aquí moriré de hambre y de sed.
El hombre levanto el tronco y salió la culebra. Removió su largo cuerpo, se sacudió las astillas del tronco y dijo:
¡Ay, qué bueno, y ahora te voy a comer!
¡Como! Dijo el campesino. ¡Si acabo de salvarte la vida!
Mesmamente (ciertamente) por eso te voy a comer dijo la culebra, porque como dice el dicho: “El bien con el mal se paga”.
domingo, 28 de febrero de 2016
Carta a una señorita en París, Julio Cortázar
Descargar PDF aquí.
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
sábado, 27 de febrero de 2016
El médico, Thomas Ligotti
Descargar PDF aquí.
Otra fiesta, en esta ocasión muy apartada: una destartalada casa vieja al borde del bosque, y pinos de fondo que aguijoneaban la luna. Todo el mundo tenía un aspecto horrible, el peor que jamás hubiera visto, pero, de alguna manera, vestían con elegancia. Las mujeres, con rostros color de cera, llevaban largos vestidos con lar-gas mangas rematadas en guantes de satén; medias negras cubrían lo poco que podía ver de sus piernas; y el poco pelo que les quedaba lo usaban para ocultar, con patética precariedad, la amarillenta y sebosa piel de sus frentes, mandíbulas y mejillas. Un minucioso maquillaje de ojos les ayudaba enormemente. Por su parte, los hombres recurrían a gafas oscuras y grandes sombreros con amplias alas un tanto lacias. Al menos, la mayoría de los hombres iban así ataviados (¡en esta ocasión!); y cuánto deseé que los que no iban así cubiertos lo estuvieran. Todos sostenían copas de champán de delicados tallos de cristal y galaxias de burbujas, pero incluso un cristal tan exquisito parecía sobrecargar en exceso sus delgadas manos difíciles de controlar. Era de suponer que se derramaba bebida con frecuencia, aun-que, como siempre, se esforzaban por que las pérdidas de líquido fueran mínimas. Fui testigo de dos de estos contratiempos, que dejaron empapados los frontales de los caros vestidos de noche de las pobres víctimas, y estoy seguro de que hubo muchos más. Afortunadamente, el champán era un líquido incoloro (el doctor había mostrado gran consideración en este detalle), y sólo dejaba un manchón de humedad que se secaba pronto.
Decidí llevar gafas oscuras para variar, pero mi espesa cabellera peinada seguía distinguiéndome entre la multitud. El doctor me reconoció casi inmediatamente y me guió hacia un rincón tranquilo.
-Podrías haberte puesto también un sombrero, ¿sabes? -r te recriminó.
-Tú nunca llevas ni sombrero ni gafas -contesté-. Y siempre he querido preguntarte por qué te gusta llevar esa espesa barba. Debe de ser desesperante para todos los hombres en este salón, a excepción de mí mismo.
-Soy su médico. Aunque en ocasiones me detesten por ello, en corazones se alegran de que yo no sea como ellos. ¿Qué te parece fiesta?
Por alguna razón, no me apeteció entretenerme con las mentiras habituales.
Etiquetas:
10 o menos páginas
,
1990s
,
EEUU
,
macabro
,
Thomas Ligotti
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)


