martes, 3 de noviembre de 2015

Los dos claveles, Amado Nervo



I

Antonia y yo nos conocimos desde la infancia. Ella era hija de don Basilio, administrador hacía muchos años de las numerosas fincas urbanas de mi madre, viejo probo, si los hay: “pobre, pero honrado”, como dice la frase de cajón más socorrida en achaque de biografías.

Diariamente veía yo a la muchacha, ya en mi casa, ya en la suya, adonde mamá, no obstante sus intransigencias pseudo-aristocráticas y el escrúpulo con que escogía mis amistades, me permitía ir con frecuencia, en razón del cariño que don Basilio había profesado a mi padre, del cual fue el servidor más abnegado y fiel.

Nunca olvidaré la modesta, pero limpia y luminosa vivienda de don Basilio. Pertenecía a un viejo convento, convertido, por obra y gracia de algunos barretazos de más y de algunos tabiques de menos, en casa de vecindad; pues su vetustez y mal trato no le permitieron, a pesar de que estaba situado en buena calle, realizar el anhelo de todo caserón céntrico: la ostentación de un letrero en el zaguán que diga: “Se alquilan despachos”.

Tenía el edificio claustros amplísimos, adonde se colaba, en oleadas de luz, el júbilo de la mañana; un enorme huerto que invadía todo el patio, con árboles frondosos, a la sombra de los cuales las flores desabrochaban la fresca y olorosa seda de sus corpiños, y abrían su ojo zarco y hondo algunos pozos en cuyos brocales enlamados se esperezaban los gatos.

A la vivienda de don Basilio le tocaba un buen pedazo de corredor, limitado por dos barandales de madera pintados de verde; tenía, además, cuatro enormes balcones que miraban a la calle, una calle semicolonial, semimoderna, en que, al lado de los poderosos muros rojos de tezontle, se erguía presuntuosa, con humos de skyscraper, tal o cual construcción de piedra con alma de hierro, semejando una pajarera gigantesca. Y, por último, ¡oh, delicia!, la azotehuela amplia, asoleada, llena de macetas y de gorjeos de canarios, estaba comunicada con la azotea, una inmensa azotea, donde crepitaba, semejante a velamen de barco, la ropa blanca, “tendida a secar”, como en el verso de Bécquer.

Desde la azotea el espectáculo era solazoso y pintoresco. La heteróclita arquitectura de la ciudad, en que se codeaban todos los vejestorios y todas las fantasías de esa nueva escuela yanquilandesa que asaz nos invade; desde la torre cuadrada con su caperuza de azulejos, hasta la mansarda anodina, pintada de azul o rojo; desde el minarete morisco hasta la aguja gótica; desde la luminosa iglesia románica hasta el templecillo protestante, con reminiscencias ojivales y no sé qué de estación de ferrocarril en su conjunto; desde el férreo andamiaje desgarbado y zancón de las duchas, hasta el tubo ventilador que bosteza microbios..., todo en un laberinto loco se destacaba en la atmósfera cristalina o nebulosa, ora sobre la limpieza europea de ciertas calles pavimentadas con esmero, ora sobre la adiposidad de los figones, de las tocinerías y de las “tablas” hormigueantes de gatas y de pelados.

En la noche, la magnificencia de las estrellas, esos imanes de oro que se atraen, cintilaba sobre aquella azotea privilegiada, especialmente en el cielo austral, no dentellado por altas construcciones; y muchas veces el Centauro, el Escorpión y el Lobo siguieron con sus pupilas diamantinas mis precoces meditaciones bajo el lujoso cielo mexicano.

Me basta una súbita evocación para mirar aún, hasta en sus menores detalles, el humilde escenario que describo, sobre todo, los balcones llenos de macetas, y la azotehuela, poblada de gorjeos y del monólogo embrollado de un perico lunático, cuya alma verde sufría frecuentemente accesos de cólera morbosa, durante los cuales mordía a la propia fámula que le llevaba las sopas de chocolate.

II

Antonia era una muchachita sencilla y afectuosa. Me quería de tal suerte, que se hubiera dejado matar por mí. Yo, con crueldades nacientes, que después me ha costado arduos esfuerzos dominar, gustaba de atormentarla. Cuando iba a mi casa (sombría y quieta desde la muerte de mi padre, tan quieta y tan sombría que toda la luz de mi niñez jamás bastó a alumbrarla), sometía yo a mi amiga a duras pruebas. Gustábame, por ejemplo, encerrarla en un cuarto obscuro y mantenerme a la puerta, espiando, con una tensión indecible de mis nervios, el menor signo de pena. La pobre criatura permanecía por algún tiempo en un rincón, silenciosa, resignada; mas a poco poníase a sollozar dulcemente en la sombra, muy dulcemente... Entonces todas las fuentes de mi compasión se derramaban, y una voluptuosa piedad infantil, que después he pretendido en vano analizar, se apoderaba de mí. Abría yo la puerta, entraba a la pieza y llenaba de caricias a mi víctima, que poco a poco se consolaba entre mis brazos. Más tarde he pensado que esto no era, quizá, más que un sencillo refinamiento inconsciente para excitarme a quererla. Y es que mis grandes cariños jamás han podido tener otra forma que la de la piedad. Para que yo ame a alguien mucho, fuerza es que le compadezca mucho. Las vidas llenas de sol y de alegría me inspiran el furtivo y curioso interés que experimento por un pajarillo locuelo. Las miro, oigo su cascabeleo y paso... Preciso es que detrás de una vida adivine yo el calvario de una tristeza, de un abandono, de una angustia, para que vaya hacia ella lleno de un lirismo insensato. La felicidad del ser a quien amo traza un límite a mi amor. Yo me voy cuando el sol viene... Quién sabe si esto no es más que un supremo orgullo: el orgullo de dar siempre y de no recibir jamás, el orgullo de ser luz... O quién sabe si, por el contrario, es una suprema bondad en mi espíritu el amar de tal suerte.

En cierta ocasión, ésta que yo llamo crueldad infantil, por no hallar en mi reducido léxico otro nombre que le cuadre, me condujo hasta la barbarie. La madre de Antonia, una buena mujer, gorda y plácida, aplanchaba una camisa de don Basilio en el comedor, a la hora de la siesta. Acababa la criada de traerle una plancha retiradita de las brasas, la que fue calada con un dedazo rápido del índice, previamente untado en saliva, y que produjo un chasquido peculiar, cuando vinieron a decir a la señora que alguien la llamaba con urgencia. Dejó la plancha verticalmente sobre la mesa, y fue a ver qué le querían. Yo, que jugaba en un rincón, inspirado por una idea diabólica, dije, exabrupto, a Antonia, que vestía una muñeca allí cerca:

—Si me quieres, quémate un dedo en esa plancha.

La pobre criatura me miró con sus grandes, con sus enormes ojos negros desolados, y me respondió:

—Sí, te quiero, pero duele mucho.

—Pues si me quieres, pon el dedo en la plancha —insistí.

—¿Cuánto va a que lo pongo, de veras? —me respondió por fin entre resuelta y medrosilla.

—A ver...

... Y lo acercó, en efecto, con resolución, a la ardiente superficie de aquel hierro, y lo mantuvo ahí por dos segundos.

Luego retiró, lanzando un leve grito, su dedo ampollado, justamente a tiempo que volvía la señora.

—Pero, hija, ¿qué has hecho? —exclamó ésta al ver que la criatura sacudía, llorando, la mano atormentada.

Yo temblé, presintiendo una reprensión de la pobre madre. Estaba avergonzado de mi conducta. Pero Antonia se limitó a decir con su vocecita dolorida:

—Me quemé por un descuido, mamá.

—Ven —dijo ésta—, ven a que te ponga luego un trapo con aceite.

Y cuando la niña volvió con su dedo vendado y se me acercó entre satisfecha y llorosa, yo, con la voluptuosidad compasiva de que ya he hecho mérito, la cubrí de besos.

En aquel momento la adoraba...

III

Mi madre me envió a estudiar a un colegio de los Estados Unidos, a donde iba a verme cada año, y no volví a México sino siete años después, a los diecinueve de edad, a disfrutar de algún reposo, mientras emprendía, en una ciudad de Europa, mis estudios profesionales.

Volví martajando el español, peinado de castaña, con una levita a grandes cuadros, que ostentaba sendos bolsillos exteriores en los faldones, unos zapatos claveteados como para footing, y metamorfoseados la agudeza e ingenio latinos (en mí problemáticos, por lo demás) en unos “conejos” de padre y muy señor mío, y una cachaza burlesca y pesada, fértil en bromas toscas y apoyada por la fuerza bruta, cual di muestras contundentes, en varias ocasiones, dejando tumefactos algunos carrillos.

Antonia había desaparecido por completo de mi campo visual. La pelota ocupaba por entonces mis ocios, y más de un mes se pasó desde mi llegada sin que nos viésemos; hasta que una tarde don Basilio vino a decir a mi madre que en su casa me habían preparado una comida a la mexicana, compuesta toda de aquellos platillos que eran en otros tiempos mi delicia.

Entonces no existían todavía en México las Cordonbleu yanquis que hoy preparan the mole como cualquier poblana de los viejos tiempos: ninguna miss vendía mexican tamales, ni americano alguno expendía en The Queen Xochitl o algo por el estilo, the richest pulque of the Country, y el privilegio de nuestros buenos platillos clásicos estaba vinculado en pocas cocineras. La que tenía don Basilio era doctora en eso de guisos, y acepté con placer el convite.

Me encontré —y esta fue la impresión capital de mi visita— con una Antonia muy bella. Dicen que no hay dieciocho años feos; los diecisiete suyos eran, por todo extremo, bien logrados y embelesadores.

La color trigueña, armonizando con los inmensos ojos negros, el espigado talle, la gallardía y el garabato del movimiento, la música de la voz, la tentación divina de la boca, un poco gruesa y fresca y apetitosa como una ciruela roja en el estío, hiciéronme olvidar por completo el futuro menú nacional con todas sus promesas.

Diez vidas sucesivas serían impotentes para borrar de mi memoria la tarde de aquel día. Tras de una breve conversación en familia, Antonia y yo nos retiramos a uno de los balcones, a aquél que más amaba yo, porque estaba guarnecido de tiestos, entre los que descollaba mi favorito, uno de claveles disciplinados, que me placía en extremo, y empezamos a desgranar el prestigioso rosario azul del “¿te acuerdas?”...

La luna, en su primer cuarto, se desplomaba en el abismo, láctea y fina, enredando nubecillas leves en sus radiosos cuernos de plata. La respiración suave de las macetas nos envolvía. La calle se agitaba con esa alegría del anochecer en las grandes ciudades; los focos incandescentes empezaban a mostrar en las tiendas su nudo de fuego; y entre la balumba hecha de todos los ruidos, del tintinear de los tranvías, del rodar acompasado de los coches, de los gritos de los vendedores, nuestros espíritus experimentaban un bienestar inefable, impregnándose misteriosamente de aquella resurrección del pasado, arrullados por una música interior, mecidos por no sé qué blanda mano invisible, como si se balancearan en la propia hamaca luminosa de la luna que idealmente bella y bogando bajo un ligero pabellón de celajes, parecía la cuna de plata de un dios recién nacido allá en los cielos.

Antonia había cortado un clavel y puéstolo entre sus labios, y mordía con sus finos dientes azulados el tallo de la flor, sonriendo a mis palabras acariciadoras, que evocaban en sencillo lenguaje nuestra infancia.

Mi prolongada comunión con las almas sajonas habíame vuelto, quizá por contraste, un poco más idealista de lo que fui, y la infinita poesía de aquella noche y de aquellos diecisiete años, míos, sólo míos, porque yo los había alumbrado todos con mi presencia o con mi recuerdo, me sumergía en la beatitud suprema.

—¿Te acuerdas —me dijo Antonia entre dientes— cuánto te gustaban mis claveles? ¡Muchas veces despojaste esta pobre macetita, que no ha dejado por eso de darlos cada día más bellos!

—¡Qué bien huele ese que tienes entre los labios! —le respondí.

Y lentamente, tímidamente, acerquéme para olerlo, y aspiré su esencia al par que el perfume de los diecisiete años, que se exhalaba virgen, poderoso, por la entreabierta boca en flor... Y como mis labios estaban tan cerca de los pétalos, y como los pétalos estaban tan cerca de sus labios, no supe cómo, no advertí con qué maquinal impulso besé el clavel y la boca..., la boca y el clavel, a medias cada uno, suave y furtivamente a ambos, sin que ni antes ni después de aquella caricia sonase palabra alguna de amor, fuera del lejano y misterioso “¿te acuerdas?”.

IV

Adiós tennis, cricket, base ball, foot ball y todo ese herbazal de championaje, que me traía vueltos los sesos. La “conquista pacífica” había acabado allí, en el balcón, detenida ante la incontrarrestable conquista hecha de mi alma por los ojos de Antonia.

Después de una semana de vagar por la Reforma y Chapultepec, con las manos en los bolsillos (¡aquellos bolsillos!) de la levita yanki, pensando en el “beso”; después de una semana de comer poco, de dormir menos, de esquivar la presencia de todo el mundo, hasta de Antonia, por un sentimiento de timidez extemporáneo y excesivo; después de una semana, en suma, durante la cual se realizó en mí toda la ridícula sintomatología del amor, me resolví a dar un gran paso. Fuime a ver a mi madre y le dije de primas a primeras con una resolución poco común en mi carácter:

—Mamá, yo no quiero ir ya a Europa, no quiero ser ni médico, ni ingeniero, ni nada... Lo que quiero es casarme con Antonia.

—¡Con Antonia!

Mi madre se echó a reír con una risa nerviosa que me desconcertó totaqlmente, y pasado este momento de hilaridad, altamente ofensivo para mí, la escena cambió por completo con un “¡Pero tú estás loco, pobre hijo mío!”. Al cual siguió el viejo razonamiento de rigor, el asendereado estribillo de “la desigualdad de educación”, rociado con lágrimas, con reproches, tan de clisé, como el “Ingrato, ya no quieres a tu madre”, y sazonado con un ataque de nervios a la mexicana, tres días de cama, cierta resignada actitud sentimental, suspiros mezclados de un “Al fin y al cabo yo he de durar poco”, y, por último, pasada la crisis, insinuantes confidencias acerca de una muchachita muy buena, muy distinguida, muy linda, hija de una vieja amiga de infancia (naturalmente), que me quería, y con la cual me casaría a mi regreso... Pues, ¿y mi viaje a París? ¿Qué, era moco de pavo eso de conocer París de Francia, la capital del mundo, y poder volver al cabo de algún tiempo a mi tierra con un “Yo estuve en París” en el bolsillo del chaleco? ¡Ah!, y no volver “así no más”, sino con un título profesional, y; como si todo esto no bastara, encontrarme en México, para alumbrar las leves tinieblas que se atreviesen a opacar el excepcional esplendor de mi vida, con cierta “güerita” de ojos de pervinca y de labios finos que deletrearían temblando, junto a los míos, la santa palabra ritual y misteriosa, el verbo eterno del amor humano...

—Pobre Paquito mío, que quiere trocar todo esto por un amorcillo romántico de casa de vecindad; por una Pepita de “adentro 4”; por la hija del cobrador de mis casas... Shocking... (este shocking, así como ciertas palabras demasiado literarias, conste que no las dijo mi mamá).

—Buena muchacha, cierto, y un hombre ejemplar ese don Basilio. En veinte años que llevaba de administrar nuestras fincas, jamás se había inventado una gotera..., jamás se había cogido un real. Ella los estimaba mucho, los protegería siempre, y acabaría por casar a la chica con un hombre honrado, trabajador, que la hiciera feliz... Pero conmigo, ¡qué disparate!

Inútil me parece decir que mi madre me convenció bien pronto, y que un mes después, sin haberle dejado a Antonia de mí más que la mitad de aquel beso compartido entre el clavel y sus labios, partí para Francia.

V

Torné al cabo de seis años, y supe que don Basilio y su esposa habían muerto, que Antonia se había casado y tenía tres hijos. Mi madre la había apadrinado. “Sólo que —según sus palabras— no había tenido buena mano.”

—Figúrate —añadió— que su marido bebe, bebe mucho desde hace dos años, y ella está muy enferma, tiene un tumor, dicen que canceroso... Si no fuera por mí, la hubiera matado el hambre antes que la enfermedad, que no la ha de perdonar por cierto. Parecía tan honrado y tan laborioso su marido... Es un mecánico inteligente y trabajador, especialista en bicicletas, y trabajaba en una casa de la avenida Juárez, hasta que le dio por la bebida y lo pusieron de patitas en la calle. ¡Pobre Antonia!

Confieso que, al oír a mi madre, sentí un vago malestar y hasta un poquillo de remordimiento; mas este último me lo sacudí del cerebro con una reflexión perogrullesca: yo no tenía la culpa de que el marido de Antonia bebiera.

Pocos días después de tal conversación, una mañana, a eso de las diez, leía yo los diarios, arrellanado en una mecedora de mimbre, en el corredor de mi casa, cuando un chiquillo de cuatro a cinco años de edad, muy pobremente vestido, subió como relámpago la escalera, y casi casi fue a caer sobre mi asiento.

Yo hice un movimiento de sorpresa, al que él respondió, pálido y cortado el aliento, diciéndome:

—Vengo a buscar a la señora...

Mi madre había salido a misa y dicho que después iría a hacer algunas compras.

—Volverá tarde —respondí al chiquillo, cuyos enormes ojos azorados se clavaban en mí con angustia—. ¿Qué le querías?

—Mamá sigue mala y deseaba verla.

—Y ¿quién es mamá?

El niño se quedó perplejo por un instante; mas luego respondió lleno de convicción:

—Mamá Toña, mamá Toña.

—¡Mamá Toña!

Comprendí, y si no lo hubiera comprendido, habríanmelo dicho aquellos ojos aterciopelados, llenos ahora de una honda pena: ¡los mismos ojos de Antonia!

—La señora vendrá tarde —indiqué al niño, y, movido por repentina piedad, añadí: —Pero dile a tu mamá que yo, Francisco, iré a verla en cuanto me vista, de aquí a una hora. ¿Dónde viven?

—Donde siempre —replicó el niño con sencillez, y después de una furtiva despedida, echó a correr con la velocidad con que había venido.

VI

La misma vivienda, clara y amplia, la misma calle semicolonial, semimoderna, en que, al lado de los poderosos muros rojos de tezontle, se erguía, presuntuosa y con humos de skyscraper, tal o cual construcción de piedra con alma de hierro... Sólo que ahora, lo nuevo era más, y lo viejo era menos. Al entrar me chocó, empero, cierto desorden en la casa, cierto abandono, cierta desolación, el sunt lacrimae rerurn… suspirado por los muebles rotos y por las paredes desmanteladas... En el comedor, primera pieza que atravesé, el marido de Antonia, alcoholizado, roncaba estrepitosamente. En la salita, casi vacía, una muchacha indígena mecía en sus entecos brazos a una criatura hética, que berreaba a grito herido. Cerca de una de las vidrieras, donde algunos rectángulos de papel de periódico amarillento, que hinchaba a cada paso el aire de la calle, suplían a los vidrios ausentes, una chiquilla como de tres años jugaba con carretes vacíos e hilachos descoloridos, murmurando no sé qué soliloquio incoherente y apacible. Iba yo a pasar a la pieza inmediata, la de Antonia sin duda, cuando el niño de marras, que había salido a recibirme, me dijo:

—Que dice mi mamá que si no le hace el favor de esperar un momentito. Se está arreglando.

“Se está arreglando”...esta sencilla frase era todo un poema de delicadeza; era una sonrisa, una leve sonrisa al viejo amor, que flotaba sobre toda aquella miseria y toda aquella pena. El pasado tornó a llamar con su mano de fantasma a mi corazón, pero tan quedo... ¡había transcurrido tanto tiempo!... Por fin, el chiquillo volvió; con sencilla familiaridad me dio la mano y me condujo a la pieza de Antonia. Yacía ésta en un pequeño catre de hierro desconchado, y, con un esfuerzo que se adivinaba a primera vista, había arreglado las ropas, zurcidas, pero albeantes, hecho sacudir y ordenar los pobres muebles de la estancia, y (dulce y melancólica coquetería de enferma) habíase puesto un caracol muy limpio ornado con un viejo “listón” malva, único lujo de su indigencia, prenda única que encontró, sin duda, a mano, para recibirme...

Me sonrió con una pálida y dijera yo “otoñal” sonrisa, y me indicó una silla de tule a su lado.

—¿Cómo estás? —me dijo con una inflexión de tranquilo afecto—; ¡qué “grande” has vuelto! Tenía muchos deseos de verte, pero me daba pena escribírtelo... Yo estoy muy enferma, muy enferma... si supieras —y meneaba la cabeza con un movimiento acompasado, de una melancolía indecible.

Me senté a su lado, y ella, con una sencillez infinita, ajena a toda ilusión, a todo reproche, con una inflexión de paz, de abandono, de resignación casi animal ante la vida, como si su único día de amor, la esplendidez de su único día de amor, se hubiera ya perdido entre las perspectivas más lejanas de su existencia, ahogado en un mar de alcohol, de miseria, de enfermedad y de hastío, siguió diciendo:

—Desde que tú te fuiste me ha ido muy mal. Sabrás que me casé. Mi marido era al principio muy trabajador y muy bueno; pero los amigos lo han perdido, los amigos y su debilidad de carácter. Ahora es incorregible, bebe sin cesar, y aunque en el fondo le apena verme tan enferma, el vicio puede más que él. Tú mamá, que ha sido mi providencia en la tierra, me ha prometido que lo pondrá en un asilo, a ver si lo curan con esas inyecciones de bicloruro de oro, que dizque son tan buenas y eficaces... Ya tiene un principio de delirium tremens, y las noches que pasamos con él son espantosas.

Mientras hablaba con aquella monótona tristeza mezclada de estoicismo, yo la contemplaba con pena. Sus encantos de los diecisiete años habían desaparecido por completo. Su cutis estaba manchado de paño; su busto era tan descarnado, que daba angustia; solamente sobre el desastre de su hermosura, sobre el derrumbamiento entero de su gracia, sus dos ojos, sus dos enormes ojos aterciopelados, negros y pensativos, seguían radiando misteriosamente, como dos estrellas sobre una ruina abandonada...

Y siguió su monólogo:

—Desde mi último niño no he quedado bien, y no puedo levantarme sino con dolor y fatiga, con mucha fatiga, sobre todo. No creas, tengo miedo de ya no aliviarme. Es una enfermedad de la cintura la que he contraído, puede ser que un tumor. No tengo fuerza para nada... Carlitos —y señalaba al mayorcito de sus hijos, el que me había guiado, y que en aquel momento, arrodillado al pie del lecho, clavaba en su mamá sus bellos ojos acariciadores— es el único que me ayuda... ¡Pero es tan pequeño! La muchacha mandadera se ocupa el día entero con la criatura, que está enferma también y llora mucho...

Y todo esto lo monologaba más que lo refería, con la misma voz lejana, igual, velada apenas por una sombra de dolor. Ya no pretendía resucitar ni evocar siquiera el pasado; había abdicado de todo, de su hermosura, de su juventud... hasta de sus recuerdos quizá. Ya no pensaba tal vez nunca en su infantil idilio roto... ¿Para qué?... Cuando se bracea en plena borrasca no es el momento de recordar la vieja barca lírica que al son de flautas y violines nos llevaba por el canal apacible, sombreado de álamos, hacia la escalinata de mármol... Quizá, a lo sumo, alguna vez, en la desolación de su espíritu resignado, murmuraba, vaga, muy vagamente, aquel “pudo haber sido”... consuelo único de lo irremediable, que inspiró a Dante Gabriel Rosseti sus versos dolorosos:

Look in my face, my name is might have been...

No flotaba en su naufragio ni un átomo siquiera de su vanidad de mujer; la enfermedad, y las penas la habían afeado y destruido, ella lo sabía bien; y sus ojos decían que ya no esperaba nada, que ya no quería nada, que no tenía reproche alguno que hacerme ni que hacerle a la vida, y que sólo pedía un poco de pan y un poco de piedad para sus hijos.
Mi vieja misericordia se derramó sobre mi espíritu como una agua clara, y humedeció mis ojos con dos lágrimas... que procuré ocultar. Tomé dulcemente la mano de la enferma, aquella pobre y pálida mano, en uno de cuyos dedos se notaba aún la cicatriz de la quemada de antaño, y acariciándola con abandono fraternal entre las mías, le dije:

—Tranquilízate, Antonia: ya nada te faltará..., ya nada les faltará a tus hijos.

Después, sintiéndome incapaz de permanecer sereno, me levanté para marcharme.

—Hoy mismo —añadí— te enviaré un buen médico; mi madre también vendrá a verte y te traerá todo lo necesario.

—Dios te lo pague, Francisco, Dios te lo pague... —añadió la enferma—. Hasta lueguito entonces, ¿eh? Dios te lo pague.

Y de pronto, como movida por una súbita y delicada inspiración:

—Mira, Carlitos —dijo al niño—, abre el balcón y córtate un clavel de la maceta, para el señor. Todavía ayer los regué —agregó, dirigiéndose a mí— en un momento en que pude levantarme... Son de los mismos...

Volvió el niño con la flor, y ella la tomó; hizo que me acercara, e incorporándose con pena, la prendió trabajosamente en el ojal de mi levita.

Después, como para defenderse de una emoción que acaso sentía ya brotar a sus ojos en sal y amargura de llanto, atrajo a su pecho la cabecita de su hijo, murmurándome aún “Hasta lueguito; que Dios te lo pague”, y escondió su rostro entre los rizos pálidos del niño, mientras yo me alejaba lentamente…

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