jueves, 21 de enero de 2016

La viuda Afrodisia, Marguerite Yourcenar


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Le llamaban Kostis el Rojo porque tenía el pelo de color rojizo, porque su conciencia se hallaba manchada con una gran cantidad de sangre vertida y, sobre todo, porque solía llevar una chaqueta roja cuando bajaba insolentemente a la feria de ganado para obligar a cualquiera de los aterrorizados campesinos que allí había a que le vendiese su mejor montura a bajo precio, so pena de exponerse a diversas variedades de muerte súbita. Había vivido oculto en la montaña, a unas horas de camino de su pueblo natal, sus fechorías se limitaron, durante mucho tiempo, a diversos asesinatos políticos y al rapto de una docena de corderos flacos. Hubiera podido volver a la fragua sin que nadie le molestara, pero pertenecía a esa clase de hombres que prefieren el sabor del aire libre y de la comida robada a cualquier otra cosa. Más tarde, dos o tres crímenes de derecho común pusieron en pie de guerra a los habitantes del pueblo. Lo acorralaron, como si de un lobo se tratase, y lo acosaron como a un jabalí. Finalmente, lograron atraparlo en la noche de San Jorge, y lo habían llevado al pueblo atravesado en la silla de un caballo, con la garganta abierta, como uno de esos animales que cuelgan en las carnicerías; los tres o cuatro jóvenes a quienes había arrastrado consigo en su vida aventurera terminaron igual que él, agujereados por las balas y por las cuchilladas. Pusieron sus cabezas en unas horcas y con ellas adornaron la plaza del pueblo; los cuerpos yacían uno encima de otro a la entrada del cementerio; los aldeanos vencedores festejaban su victoria protegidos del sol y de las moscas por las persianas echadas, y la viuda del viejo pope al que Kostaki había asesinado seis años antes, en un camino desierto, lloraba en la cocina mientras enjuagaba los vasos que acababa de ofrecer, llenos de aguardiente, a los campesinos que la habían vengado.

La viuda Afrodisia se limpió las lágrimas y se sentó en el único taburete que había en la cocina, apoyando las dos manos en el borde de la mesa, y en sus manos la barbilla, que temblaba como la de una anciana. Unos sollozos reprimidos le sacudían el pecho por debajo de los profundos pliegues de su vestido de estameña. Se adormecía sin querer, mecida por su propia queja; se enderezó, sobresaltada: aún no le había llegado la hora de la siesta y del olvido. Durante tres días y tres noches, las mujeres del pueblo habían estado esperando en la plaza, chillando cada vez que resonaba un disparo, allá en la montaña era devuelto por el eco, y los gritos de Afrodisia eran más fuertes aún que los de sus compañeras, tal como corresponde a la mujer de un personaje tan respetado como el anciano pope, tendido en su tumba desde hacía seis años. Se había sentido enferma cuando volvieron los campesinos, al alba del tercer día, con su sangrienta carga sobre una mula derrengada, y sus vecinos habían tenido que acompañarla hasta la casita en donde vivía apartada desde que se había quedado viuda; no obstante, en cuanto había vuelto en sí, había insistido para ofrecer alguna bebida a sus vengadores. Con las piernas y manos todavía temblorosas, se acercó alternativamente a cada uno de aquellos hombres, que dejaban en la estancia un olor casi insoportable a cuero y a cansancio y, como no le fue posible aliñar con veneno las rebanadas de pan y de queso que les había ofrecido se contentó con escupir encima a escondidas, deseando que la luna de otoño se levantara sobre sus tumbas.

Era en aquel momento cuando ella hubiese debido confesarles toda su vida, confundir su estupidez o justificar sus peores sospechas, gritarles al oído aquella verdad que había sido, a la vez, tan fácil y tan duro disimular durante diez años: su amor por Kostis, su primera cita en un camino encajonado, al pie de una morera que les resguardó de una granizada, y su pasión, nacida con la velocidad del rayo en aquella noche de tormenta; su regreso al pueblo, con el alma agitada por un remordimiento en el que entraba más miedo que arrepentimiento; la semana intolerable en que trató de olvidar a aquel hombre, que se había convertido en algo más necesario para ella que el pan y el agua, y su segunda visita a Kostis, con el pretexto de llevarle harina a la madre del pope, que cuidaba ella sola de una granja en la montaña; y la falda amarilla que llevaba puesta entonces y con la que se habían tapado a modo de manta: parecía como si se hubieran acostado bajo un jirón de sol; y la noche en que tuvieron que esconderse en el establo de una caravanera turca; las ramas nuevas del castaño que le asestaban, al pasar, sus bofetadas de frescor; y la espalda encorvada de Kostis, que la precedía por los senderos en donde un movimiento excesivamente brusco hubiera podido irritar a una víbora; y la cicatriz que ella no había advertido el primer día, y que serpenteaba sobre su nuca; y las miradas locas y codiciosas que él le echaba, como si fuera un objeto robado de mucho valor; y su cuerpo fuerte, de hombre acostumbrado a vivir una vida dura; y su risa, que la tranquilizaba; y la manera muy suya que tenía de balbucear su nombre cuando hacían el amor.

Se levantó y sacudió con amplio ademán la blanca pared por donde zumbaban dos o tres moscas. Las pesadas moscas, que se alimentan de inmundicias, no sólo eran unos insectos algo inoportunos, cuyo ir y venir impreciso y ligero soportamos sobre nuestra piel: tal vez se habían posado en aquel cuerpo desnudo, en aquella cabeza sanguinolenta; acaso habían añadido sus insultos a las patadas de los niños y a las miradas curiosas de las mujeres. ¡Ay, si ella hubiera podido, de un simple escobazo barrer todo aquel pueblo lleno de viejas de lengua envenenada, como los dardos de las avispas! Y asimismo al joven sacerdote, ebrio del vino de la Misa, que echaba pestes contra el asesino de su predecesor, y a los campesinos, que se encarnizaban con el cuerpo de Kostis como los zánganos con la fruta chorreando miel. No imaginaban que el duelo de Afrodisia pudiera tener otro motivo que no fuera el viejo pope, enterrado desde hacía seis años en el rincón mejor situado del cementerio: no había podido ella gritarles que la vida de aquel pomposo borracho le importaba tan poco como el banco de madera que había en el fondo del jardín.

Y, no obstante, pese a sus ronquidos que le impedían dormir y a su manera insoportable de carraspear, casi había echado de menos al crédulo anciano que se había dejado engañar, y luego atemorizar, con la cómica exageración de uno de esos celosos que hacen reír en la pantalla de un teatro de sombras: añadía un elemento de farsa al drama de su amor. Y se habían divertido retorciéndole el cuello a los pollos del pope; Kostis se los llevaba, escondidos debajo de la chaqueta, en las noches en que se introducía disimuladamente en el presbiterio; luego, ella acusaba a los zorros de aquel robo. Incluso fue agradable —aquella noche en que el viejo se levantó, por haberle despertado sus susurros de amor bajo el plátano— adivinar al anciano asomado a la ventana, espiando cada uno de los movimientos de sus sombras en la tapia del jardín, grotescamente indeciso entre el miedo al escándalo, el temor a un balazo y las ganas de vengarse. Lo único que Afrodisia tenía que reprocharle a Kostis era precisamente el asesinato de aquel anciano, que servía, a pesar suyo, de tapadera a sus amores.

Desde que se quedó viuda, nadie había sospechado las peligrosas citas que le daba a Kostis en las noches sin luna, de suerte que al plato de su alegría le había faltado la pimienta de un espectador. Cuando los desconfiados ojos de las matronas se posaron en la ancha cintura de la joven, se imaginaron todo lo más que la viuda del pope se había dejado seducir por algún vendedor ambulante o por el obrero de alguna fábrica, como si esa clase de gentes fueran de aquellos con quienes Afrodisia hubiera consentido acostarse. Y no tuvo más remedio que aceptar con gozo aquellas humillantes sospechas y tragarse su orgullo con más cuidado aún del que ponía en tragarse sus náuseas. Y cuando la habían vuelto a ver, unas semanas más tarde, con el vientre plano por debajo de sus anchas faldas, todas se habían preguntado qué era lo que Afrodisia había podido hacer para librarse tan fácilmente de su carga. Nadie se imaginaba que la visita al santuario de San Lucas no había sido sino un pretexto, y que Afrodisia se había quedado encerrada a unas cuantas leguas del pueblo, en la cabaña de la madre del pope, quien ahora consentía en hacerle el pan a Kostis y remendar su chaqueta. La vieja hacía esto no porque fuese tierna de corazón sino porque Kostis le traía aguardiente y, además, porque allá en su juventud a ella también le había gustado hacer el amor. Y allí fue donde el niño vino al mundo; tuvieron que ahogarlo entre dos jergones, débil y desnudo como un gatito recién nacido, sin tomarse siquiera la molestia de lavarlo después de nacer.

Y finalmente, uno de los compañeros de Kostis asesinó al alcalde, y las delgadas manos del hombre amado habían apretado y más rabiosamente su viejo fusil de caza; mas y llegaron aquellos tres días y aquellas tres noches en que el sol parecía salir y ponerse envuelto en sangre. Y esta noche todo acabaría en una fogata, para la que ya habían juntado un montón de latas de petróleo a la puerta del cementerio; Kostis y sus compañeros serían tratados igual que la carroña de las mulas, a las que se riega con petróleo para no tomarse el trabajo de enterrarlas, y ya no le quedaban a Afrodisia más que unas cuantas horas de sol y de soledad para llevarle luto. Levantó el picaporte y salió al estrecho terraplén que la separaba del cementerio. Los cuerpos, amontonados, yacían junto a la tapia de adobe, pero no le fue difícil reconocer a Kostis; era el más alto y ella lo había amado. Un campesino codicioso le había quitado el chaleco para lucirlo los domingos; ya había unas cuantas moscas pegadas en las lágrimas de sangre de los párpados; estaba casi desnudo. Dos o tres perros lamían en el suelo unos regueros negros y luego, jadeantes, volvían a echarse en una estrecha franja de sombra. Al atardecer, a la hora en que el sol se hace inofensivo, los grupitos de mujeres empezarían a reunirse en aquella estrecha terraza; contemplarían la verruga que Kostis tenía entre los dos hombros. Los hombres, a patadas, le darían la vuelta al cadáver para empapar bien de gasolina los pocos harapos que le habían dejado; abrirían las latas con la basta alegría de los vendimiadores que destapan un tonel. Afrodisia tocó la manga desgarrada de la camisa que ella había cosido con sus propias manos para ofrecérsela a Kostis como regalo de Pascua, y reconoció de repente su nombre tatuado en el brazo izquierdo de Kostis. Si otros ojos que no fueran los suyos veían aquellas letras toscamente dibujadas en la piel, la verdad iluminaría bruscamente su espíritu, como las llamas de la gasolina empezando a bailar sobre la tapia del cementerio. Se imaginó lapidada, enterrada debajo de las piedras. Sin embargo, era incapaz de arrancar aquel brazo que la acusaba con tanta ternura, o de calentar unos hierros para borrar aquellas marcas que la perdían. No podía infligirle una nueva herida al cuerpo que tanto había sangrado ya...

Las coronas de latón que llenaban la tumba del pope brillaban al otro lado del recinto sagrado, y aquel montículo le recordó bruscamente el vientre adiposo del anciano. Después de su muerte habían relegado a la viuda del difunto pope a una chabola que había a dos pasos del cementerio: no se quejó por vivir en aquel lugar tan apanado, donde sólo crecían las tumbas, pues, en algunas ocasiones, Kostis había podido aventurarse al caer la noche por aquel camino, por donde nunca pasaba alma viviente, y el sepulturero, que vivía en la casa de al lado, estaba sordo como una tapia. La fosa del pope Esteban se hallaba separada de la chabola sólo por la tapia del cementerio, y les había parecido que continuaban acariciándose ante las narices del difunto. Hoy, aquella misma soledad le permitía a Afrodisia llevar a cabo un proyecto digno de su vida de estratagemas e imprudencias, y empujando la barrera de madera desconchada por el sol se apoderó de la pala y el pico del sepulturero.

La tierra estaba seca y dura, y el sudor de Afrodisia corría más abundante que sus lágrimas. De cuando en cuando la pala sonaba al dar contra una piedra, pero aquel ruido en un lugar desierto no iba a alertar a nadie, y el pueblo entero dormía después de haber comido. Por fin, oyó el sonido seco de la madera vieja: el pico chocaba con el ataúd del pope Esteban, más frágil que la madera de una guitarra y que se rajó con el choque, enseñando los pocos huesos y la casulla arrugada, que era cuanto quedaba del anciano. Afrodisia amontonó aquellos restos los empujó cuidadosamente a un rincón del ataúd, luego cogió por los sobacos el cuerpo de Kostis y lo arrastró hasta la fosa. El amante de antaño le llevaba toda la cabeza a su marido, pero el ataúd sería lo bastante grande para Kostis decapitado. Afrodisia volvió a poner la tapa, amontonó de nuevo la tierra sobre la tumba, recubrió el montículo recién removido con las coronas compradas antaño en Atenas con el dinero de los feligreses, igualó el polvo del sendero por donde había arrastrado a su muerto. Ahora faltaba un cuerpo en el montón que yacía a la puerta del cementerio, pero los campesinos no registrarían todas las tumbas para encontrarlo.

Se sentó sin aliento y se levantó casi de inmediato, pues se había aficionado a su tarea de enterradora. La cabeza de Kostis aún estaba allá arriba, expuesta a los insultos, ensartada en una horca, allí donde el pueblo cede el sitio a las rocas y al cielo. Nada estaría terminado hasta que no hubiera consumado su rito funerario; y había que darse prisa y aprovechar las horas de calor en que las gentes se encierran en sus casas y duermen, cuentan sus dracmas, hacen el amor y le dejan todo el campo libre al sol. Dándole la vuelta al pueblo tomó, para subir hasta lo alto, la cuesta por donde pasaba menos gente. Unos perros flacos dormitaban a la escasa sombra de las puertas; Afrodisia les lanzaba una patada al pasar, pagando con ellos el rencor que no podía saciar en sus amos. Luego, cuando uno de aquellos animales se levantó completamente erizado y gimiendo, tuvo que detenerse un instante para tranquilizarlo a fuerza de halagos y de caricias. El aire abrasaba como un hierro al rojo vivo, y Afrodisia se puso el mantón en la cabeza para no caer fulminada antes de haber acabado su tarea.

El sendero desembocaba, por fin, en una explanada blanca y redonda. Más arriba sólo quedaban unas rocas grandes que formaban varias cavernas, donde sólo los desesperados como Kostis se atrevían a internarse; y cuando los extranjeros se aventuraban por allí, siempre se oía la voz áspera de algún aldeano llamándolos. Más arriba ya no quedaban más que las águilas y el cielo, cuyas pistas sólo las águilas conocen. Las cinco cabezas, de Kostis y sus compañeros, clavadas en las horcas, hacían esas muecas que sólo pueden hacer los muertos. Kostis apretaba los labios, como si meditara un problema que aún no hubiera tenido tiempo de resolver en vida, algo así como la compra de un caballo o el rescate de una nueva captura, y era el único entre sus amigos a quien la muerte no había cambiado mucho, pues siempre fue muy pálido. Afrodisia cogió la cabeza y tiró de ella, con un ruido como de seda desgarrada. Se proponía esconderla en su casa, debajo del suelo de la cocina, o tal vez en alguna caverna que ella sola conocía, y acariciaba aquellos restos prometiéndoles que los pondría a salvo.

Fue a sentarse al pie del plátano que crecía más abajo de la explanada, en el terreno del granjero Basilio. Bajo sus pies, las rocas se precipitaban hacia el llano, y los bosques que tapizaban la tierra hacían el efecto, desde lejos, de matas de minúsculos musgos. Muy al fondo se vislumbraba el mar, entre dos labios de montaña, y Afrodisia se decía que hubiera podido incitar a Kostis para que huyese sobre aquellas olas, y así no se vería ahora obligada a mecer en sus rodillas su cabeza sanguinolenta. Sus lamentos, contenidos desde el principio de la desgracia, estallaron en vehementes sollozos como los de las plañideras en los funerales y, con los codos en las rodillas y las húmedas mejillas apoyadas en las manos, dejaba caer sus lágrimas sobre el rostro del muerto.

—¡Eh, tú, ladrona! Viuda de cura, ¿qué estás haciendo en mi huerto?

El anciano Basilio, armado con una hoz y un palo, se asomaba en lo alto del camino, y su aspecto de desconfianza y de furor no hacía sino acentuar su semejanza con un espantapájaros. Afrodisia se levantó de un salto, tapando la cabeza con su delantal.

—Sólo te he robado un poco de sombra, tío Basilio, un poco de sombra para refrescarme la frente...

—¿Y qué es lo que escondes en el delantal, ladrona, viuda maldita? ¿Una calabaza? ¿Una sandía?

—Soy pobre, tío Basilio, y sólo te he cogido una sandía muy roja. Sólo una sandía roja, con sus pepitas negras...

—Enséñamela, mentirosa, especie de topo negro y devuélveme lo que me has robado...

El viejo Basilio bajó por la cuesta enarbolando su palo. Afrodisia echó a correr del lado del precipicio, sujetando con las manos las puntas del delantal. La cuesta se hacía cada vez más empinada, el sendero más resbaladizo, como si la sangre del sol, que ya se preparaba a ponerse, hubiera vuelto pegajosas las piedras. Hacía mucho rato que Basilio se había parado y daba grandes voces para avisar del peligro a la que huía, diciéndole que volviera sobre sus pasos. El sendero ya no era más que una trocha resbaladiza, de donde se desprendían las piedras. Afrodisia le oía, mas aquellas palabras desmenuzadas por el viento no las entendía, sólo comprendía una cosa: la necesidad de huir del pueblo, de escapar a la mentira, a la pesada hipocresía, al largo castigo de convertirse un día en una mujer vieja a la que ya nadie querría. Una piedra, por fin, se desprendió bajo sus pies, cayó al fondo del precipicio como para enseñarle el camino, y la viuda Afrodisia se hundió en el abismo y en la noche, llevándose con ella la cabeza manchada de sangre.

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