martes, 17 de mayo de 2016

Segmento brillante, Theodore Sturgeon


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Nunca había tenido a una chica en sus brazos. No estaba aterrorizado; ya había gastado todo ese sentimiento cuando la entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda de una patada, mientras oía el continuo gotear de la sangre de su falda empapada, y antes de eso, al creer que estaba muerta allí, junto al bordillo, y también cuando ella emitió aquel sonido, suspiro o gemido que parecía un susurro. La había llevado a su habitación y al ver toda aquella sangre, se volvió hacia la izquierda, y luego hacia la derecha y la dejó en el suelo, con una confusión absoluta en su mente, y sus sienes latiendo a causa de aquel ejercicio desacostumbrado. La única guía que tenía para sus acciones era No dejes que caiga sangre encima del cubrecama. Encendió la luz del techo, y, por un instante, se quedó inmóvil, parpadeando y respirando con fuerza; de repente, saltó hacia la ventana para bajar la persiana y protegerse de la luz de la calle, que parecía mirarle, y de todos los demás ojos posibles. Vio como sus manos se alargaban hacia la persiana y detuvo su gesto: estaban rojas, preparadas para teñir cuanto rozara con ellas. Emitió un sonido que una parte alejada de su mente reconoció como el duplicado exacto de aquel murmullo agónico que ella había emitido en la oscura y húmeda calle; entonces, saltó hacia el interruptor de la luz, y observó el manchón rojizo que había ya en él, a sabiendas de que, al pasar su mano sobre él, estaba dejando otro. Tambaleándose, se dirigió hacia la pileta del rincón y se lavó las manos, una y otra vez; cada cinco o seis segundos, miraba el cuerpo de la chica por encima de su hombro y aquel grueso y aplastado dedo de sangre que se arrastraba hacia él, por encima del linóleo.

Ya había recuperado el aliento y se dirigió hacia la ventana. Bajó la persiana, y cerró las cortinas; después, examinó tanto los lados como el suelo para asegurarse de que no quedaban rendijas. Sumido en la negrura más completa, avanzó a tientas hasta la otra pared, siguiendo los contornos del linóleo, y volvió a encender la luz. El dedo de sangre se había convertido en un tentáculo que se dirigía hacia los poco sólidos tablones del suelo, hambrientos de pintura. Se hizo con una esponja de plástico que había en la mesa esmaltada junto al hornillo y la dejó caer sobre la punta del tentáculo, la que buscaba los tablones. En ese momento, se sintió complacido porque aquello había dejado de ser una criatura que se movía hacia él, sólo era algo que había caído al suelo y que se podía limpiar.

Quitó el cubrecama y lo colgó en la metálica cabecera del lecho. Cogió sus dos manteles de plástico, el que había en el armario de la vajilla y el que tenía en el cajoncito de la mesa plegable. Cubrió la cama con ellos, dejando que rozaran el suelo, y luego se quedó un momento parado, meciéndose hacia atrás y hacia adelante, lleno de preocupación, al tiempo que se daba tironcitos del labio inferior con el pulgar y el índice. «Hazlo bien —se dijo a sí mismo con firmeza—. ¿Que se muere antes de que lo hayas hecho? No importa, hazlo bien.»

Exhaló el aire por la nariz y cogió los libros que había en un estante del armario de la vajilla: un Almanaque Mundial. con seis años de antigüedad, media docena de novelas de bolsillo y un grueso catálogo sobre joyas. Separó la cama de la pared y fue poniendo libros, uno a uno, bajo dos de las patas de la cama para que ésta quedara un poco inclinada por los pies y hacia un lado. Agarró una manta, la enrolló y la puso bajo el plástico, para que formara una especie de barrera en el lado más alto. Sacó una cacerola de aluminio que tenía bajo la pila y la puso en el suelo, en la esquina de la cama que había. quedado más baja, y metió en su interior el extremo que sobresalía del plástico. «Ya puedes sangrar», le dijo a la chica en silencio, con satisfacción.

Se inclinó sobre ella y, con un gruñido. la levantó por las axilas. La cabeza de la joven cayó hacia atrás, como si no tuviera huesos en el cuello, y estuvo a punto de caérsele. La arrastró hacia la cama, lo que dejó una gran huella rojiza al deslizarse la falda sobre el charco escarlata en el que había estado tendida. La alzó del suelo, plantó sus pies con firmeza para no perder el equilibrio y se inclinó sobre la cama con ella en los brazos. Para conseguirlo, necesitó realizar un esfuerzo inesperado. Sólo entonces se dio cuenta de lo cansado y sin fuerzas que se encontraba, de lo viejo que era. Con torpeza, la depositó en el lecho: casi la dejó caer en su esfuerzo por no descolocar los manteles, colocados con tanto cuidado, y a punto estuvo de caer él también en la cama, sobre la chica. Se apartó del lecho con brazos que parecían de goma y se quedó inmóvil entre jadeos. La sangre empezó a fluir por el empapado dobladillo de la falda y mientras la miraba, con movimientos perezosos, buscó su camino hacia la esquina de la cama situada a un nivel más bajo. «Tanta sangre en una persona, tanta sangre —se maravilló—. Párala, haz que se detenga. ¿Y si no para?»

Sus ojos fueron hacia la puerta cerrada, la ventana cubierta por la persiana, el reloj. Escuchó. Llovía con más fuerza, tamborileando y siseando en las horas más oscuras de la noche. Tosió, corrió hacia la pila y escupió: luego se lavó la boca y las manos.

«Está bien, anda y llama...»

¿Llamar? ¿A quién? En el hospital, ¿llamarían a la policía? También él mismo podía avisar a la policía. «Estúpido.» ¿Qué les diría? ¿Que es mi hermana y un coche la ha atropellado'? ¿Me creerían? Diles la verdad: Cuando yo estaba a una manzana de distancia vi como alguien la tiraba de un coche; luego, éste se dio a la fuga. No llevaba las luces encendidas, la traje a mi habitación para que no estuviera bajo la lluvia. Sólo cuando ya estaba dentro, he descubierto que sangraba de esta forma, ¿me creen? «¡Estúpido!» ¿Qué te ocurre? ¿Por qué no te ocupas de tus propios asuntos? Sí, ¿por qué no?

Pensó en cogerla en brazos y dejarla de nuevo bajo la lluvia. Sí, y entonces te ve alguien. «¡Estúpido!»

Observó que la gran mancha de sangre del linóleo perdía el brillo allí donde era más delgada, se secaba, y era absorbida. Cogió la esponja, enrojecido su color azul original en sus dos terceras partes salvo en un extremo, donde parecía un pedazo de pan atravesado por un afilado lápiz rojo. La volvió para que no goteara mientras la llevaba hasta la pila y la enjuagó, estrujándola una y otra vez, bajo el chorro de agua. «Estúpido, llama a quien sea y consigue ayuda.»

¿Llamar a quién?

Pensó en los grandes almacenes, en los que se había pasado dieciocho años encerando suelos y pasando el aspirador por las alfombras cada noche. El vecindario, donde conocía al carnicero y al de la tienda de ultramarinos. Cerradas, durmiendo, todo el mundo había desaparecido; nombres, números que no conocía..., y, de todas formas, ¿en quién confiar? «Dios mío, ¿es que en cincuenta y tres años no has tenido ni un solo amigo?»

Cogió la esponja, ya limpia y se arrodilló en el linóleo. En ese mismo instante, la sangre que se había deslizado por la cama llegó a la esquina y se convirtió en un rápido hilillo; «ponk», hizo al caer en la cacerola y, luego. rápidamente, piti-pitipiti, después gota-gota-gota-gota, tres por segundo y sin parar. Entonces supo con una absoluta y algo tardía certeza que esa hemorragia no iba a detenerse por sí sola. Lanzó un gemido muy suave, se puso en pie y se encaminó hacia la cama.

—No te mueras —dijo en voz alta y le asustó cómo sonaba su voz.

Alargó la mano hacia el pecho de la chica pero no llegó a tocarlo cuando vio que su blusa estaba rota y que también salía sangre de allí.

Tragó saliva con un esfuerzo y después, torpemente, empezó a luchar con las ropas de la joven. Zapatillas planas, parecidas a las de ballet, medio rotas, empapadas, delgadas como el papel y unas cosas de seda que él nunca había visto, igual que el pie de una media. Más sangre...; pero no, no, estaba seca y resquebrajada, como esmalte, sobre los fríos y blancos dedos de sus pies. La falda tenía un botón en el lado y una cremallera que le mantuvo perplejo durante unos segundos; mas logró bajarla y le sacó la falda con una interminable serie de tirones y sacudidas por el dobladillo, de un lado y de otro, mientras que ella se agitaba levemente, un cuerpo fláccido impulsado por cada tirón. Bragas de seda, empapadas y tan a punto de romperse por el lado izquierdo que le fue fácil arrancarlas usando sólo los dedos; pero por el derecho eran sorprendentemente fuertes y tuvo que utilizar las tijeras para cortarlas. La blusa se abotonaba por delante y no le supuso problema alguno; debajo, llevaba un sostén que casi estaba partido en dos por la parte frontal. Tiró de él, pero tuvo que cortar uno de los tirantes para sacárselo del todo.

Corrió a la pila con la esponja: la enjuagó y la aclaró; después llenó una cacerola con agua caliente y volvió corriendo a la cama. Lavó el cuerpo con la esponja; parecía firme pero demasiado delgado, con una escalera de costillas a cada lado y la aguda prominencia de los huesos de sus caderas. Bajo el seno izquierdo había un gran corte, que empezaba en las costillas y se curvaba hacia arriba, casi hasta el pezón. Parecía profundo, mas no salía demasiada sangre. Sin embargo, la otra herida, la de la ingle, soltaba sangre de forma regular, en chorros brillantes que salían uno después de otro, rápidos, aunque no muy abundantes. Ya había visto algo parecido antes, cuando Garber se pilló el brazo con el cable del ascensor...; sin embargo, entonces, la sangre salió disparada hasta medio metro de distancia. «Quizá ha ocurrido lo mismo aquí —pensó de repente—, pero ahora se está deteniendo, ahora va a dejar de salir, sí, y tú, estúpido, tendrás un cadáver entre manos sobre el que puedes contarle historias a la policía.»

Aclaró la esponja en el agua y limpió la herida. Antes de que pudiera llenarse de sangre de nuevo, separó los bordes del corte y miró en su interior. Vio la arteria femoral, parecida al extremo de un spaghetti, y casi seccionada por completo; un instante después, no pudo ver nada, sólo sangre otra vez.

Se puso de cuclillas en el suelo, dándose tirones del labio con su mano ensangrentada, mientras trataba de pensar en algo. «Apretar, cerrar, pellizcar. Pellizcar. ¡Pinzas!» Corrió junto a su caja de herramientas y la abrió de un manotazo. Años antes había aprendido a hacer cadenillas con alambre plateado, y solía pasar el tiempo haciendo un eslabón minúsculo tras otro, que cerraba con una lamparilla de alcohol y un hierro de soldar terminado en punta, igual que una aguja. Cogió las pinzas y las descartó en favor del pequeño prendedor de resorte que utilizaba para sostener el eslabón mientras trabajaba con él. Regresó junto a la pileta, lavó el prendedor y volvió a la cama. Una vez más, limpió con la esponja el pequeño lago de sangre, se inclinó de prisa y pellizcó la arteria, cerca del corte, con las delicadas fauces del prendedor. Al instante, otro chorro de sangre brotó. De nuevo, usó la esponja para limpiarlo y, en una repentina llamarada de inspiración, abrió el prendedor, lo colocó en el otro extremo del corte y volvió a cerrarlo.

La sangre seguía rezumando del interior de la herida; pero aquellos terribles chorros que brotaban al ritmo de los latidos habían cesado. Volvió a acuclillarse y liberó dolorosamente el aliento, que debía llevar unos dos minutos conteniendo. Los ojos le dolían a causa de la tensión, y su mente seguía dando vueltas; pero, junto a esas sensaciones había una nueva, algo que era casi un dolor o un anhelo, que estaba dentro de él y, al mismo tiempo, en todas partes y en ninguna; la sensación deseaba que él riera, mas los ojos le escocían y sal caliente se abría paso por agujeros demasiado pequeños para dejarla pasar.

Pasado un rato, se recobró parpadeando para librarse de su agotamiento, y se levantó de un salto, dominado por la premura. «Tengo que arreglar todo esto.» Fue al armarito de las medicinas que había encima de la pila. Esparadrapo, un paquete de gasas. Quizá no fueran lo bastante grandes, de acuerdo, colocar esparadrapo, dejarlo bien, arreglado. Un tubo de esta nueva sulfa-tia-dia-como-se-llame, capaz de arreglar cualquier cosa, cuando me entró la suciedad del aspirador en la herida de la mano, infección. También cura las ampollas.

Con agua limpia, llenó una tetera y la cacerola y las puso al fuego. Coserlo, sí. Encontró agujas e hilo blanco y los echó al agua. Volvió junto a la cama y se quedó inmóvil junto a ella durante un rato bastante largo, pensando y mirando el corte situado bajo el seno de la chica. Con la esponja, limpió de nuevo la herida de la femoral y clavó su pensativa mirada en ella hasta que la sangre cubrió la arteria sujeta por el prendedor. No podía estar seguro del todo; pero tenía un vago recuerdo sobre torniquetes: había que soltarlos de vez en cuando o surgían problemas; ¿ocurría lo mismo con una arteria? Sería mejor si cosía la arteria; sólo estaba rajada, no cortada del todo. Si pudiera encontrar una forma de hacerlo; y, aun así, conseguir que siguiera siendo un tubo y no un calcetín remendado...

Así que las pinzas y un pequeño par de alicates de punta afilada fueron a parar dentro de la cacerola. Entonces, y después de pensar un poco más en ello, una docena de remaches de plata, sacados de su equipo de joyería, los siguieron. Mientras esperaba a que el agua hirviera, volvió a inspeccionar la herida. Se tiró del labio, con el ceño fruncido, y cogió una aguja muy fina, la sostuvo con las tenacillas sobre la llama del gas hasta dejarla al rojo y, con unas pinzas, la dobló hasta formar un pequeño semicírculo que dejó caer dentro del agua. Cortó unos cuantos trocitos cuadrados de la esponja, haciéndolos muy delgados, y los echó también dentro del agua.

Miró el reloj. Estuvo, durante diez minutos, limpiando el esmalte blanco de la mesa con un líquido especial. Llevó la mesa hasta la pila, la escurrió con el agua del grifo y luego depositó el contenido de la tetera sobre ella. La empujó hasta el hornillo y la sostuvo con una mano mientras hurgaba en el agua hirviente de la cacerola con un cuchillo de plata hasta dejar las tenacillas apoyadas en el metal con los mangos fuera del agua. Entonces, las cogió con un paño limpio, y, con mucho cuidado, de uno en uno, trasladó todos los objetos de la cacerola a la mesa. Cuando hubo logrado encontrar la última aguja y el último de los escurridizos remaches, el sudor se le metía en los ojos y el brazo con el cual sostenía la mesa en alto amenazaba con desprenderse de su cuerpo. Pero apretó sus fuertes dientes amarillentos y logró aguantar.

Mientras llevaba la mesa, trasladó una silla de madera a través de la habitación, centímetro a centímetro, por medio de unas patadas, hasta dejarla junto al lecho, y se dejó caer en ella. «Esto no es ningún hospital —pensó—, pero lo arreglaré todo.»

¡Hospital! Sí, en las películas...

Se levantó, fue a uno de los cajones y cogió un pañuelo blanco limpio e intentó colocárselo sobre la boca y la nariz, haciéndole nudos, igual que en las películas. Su nudoso rostro y su cuadrada cabezota eran demasiado para un solo pañuelo; necesitó tres de ellos antes de que pudiera atárselo bien, dejando una especie de penacho blanco que le caía por detrás, igual que en esas fotos de los aviones.

Contempló sus manos sin saber qué hacer, después se encogió de hombros; qué diablos, no tenía guantes de goma. «Me lavo bien.» Ya tenía las manos de color rosa y arrugadas a causa de sus tareas anteriores; pero fue de nuevo hacia la pila y arañó una pastilla de jabón hasta que sus gruesas y duras uñas se llenaron de él, luego se las limpió con una lima hasta que le dolieron; después se las lavó otra vez para acabar secándoselas. Por fin se arrodilló junto a la cama, con sus manos llenas de surcos alzadas como en un cuidadoso saludo árabe. Estuvo a punto de tirarse del labio, mas no lo hizo.

Apretó el tubo del ungüento con sulfa hasta dejar dos montoncitos sobre la mesa y, con las pinzas, aplastó sobre ellos sendos trocitos de esponja hasta que la cremosa sustancia los hubo empapado. Limpió la herida de la femoral y colocó una esponja con el ungüento a cada lado de la herida, dejando la arteria expuesta en el fondo. Con la ayuda de tenacillas y pinzas enhebró trabajosamente la aguja curvada mientras luchaba con el impulso de meterse el cabo del hilo en la boca.

Consiguió dar cuatro minúsculas puntadas en la arteria por debajo de la rotura y luego cuatro más por encima de ésta. Después, anudó cada una de ellas con un cuidado exquisito, para que el hilo no cortara el tejido, pero, sin embargo, siguiera uniendo los bordes de la herida. Una vez realizado el trabajo, se puso en cuclillas para descansar, los hombros ardiéndole a causa de la tensión y los ojos velados. Luego, aspirando una honda bocanada de aire, quitó el prendedor.

La herida se llenó de sangre y las esponjas quedaron empapadas. Pero la sangre brotaba poco a poco, sin fuerza. Se encogió de hombros con expresión ceñuda. ¿Qué debía hacer, ponerle un remiendo igual que a un neumático? Volvió a limpiar la sangre y, con rapidez, llenó la herida de ungüento, y la tapó con una gasa, más para no verla que por creer que fuera a servirle de algo.

Se limpió las cejas con un hombro y luego con el otro, y clavó los ojos en la pared de enfrente, tal como solía hacer cuando trabajaba con sus cadenitas. Cuando la niebla se desvaneció, concentró su atención en la herida que había por debajo del seno. No sabía cómo coser una de tal tamaño, pero era capaz de cocinar y sabía la manera de limpiar un pollo. Con la lengua entre los dientes, metió el primero de sus remaches en la carne. en ángulo recto con la herida, y lo apretó hasta que atravesó la herida y salió por el otro lado. El siguiente remache lo puso a unos dos centímetros y medio de distancia del primero e hizo lo mismo con el tercero. El cuarto tropezó con algo dentro de la herida_ algo que rechinó; el sonido hizo que se sobresaltara, fue como el de una puerta cerrándose de repente, y se dio un doloroso mordisco en la lengua. Quitó el remache y hurgó cauteloso, con sus pinzas. Sí, allí dentro había algo duro. Metió las dos puntas de las pinzas a más profundidad y sintió como penetraban en el tejido intacto con un suave chasquido que sólo la temerosa yema de sus dedos fue capaz de precisar. Logró dominar un estremecimiento y alzó los ojos hacia el rostro de la chica. Decidió que no lo miraría otra vez. Se trataba de un rostro muy muerto.

«¡Estúpido!» Pero ese insulto dirigido a sí mismo se perdió casi antes de nacer, tal era su concentración. Las pinzas se cerraron sobre algo duro, escurridizo y que se negaba a salir. Comenzó a moverlo hacia atrás y hacia delante con mucha suavidad, sintiendo una sorprendida irritación ante esa carne nada familiar que se rendía a sus movimientos. Poco a poco, una afilada forma angular apareció: algo. Siguió esforzándose hasta tenerlo fuera lo suficiente como para cogerlo con los dedos; dejó las pinzas a un lado y lo sacó con un movimiento delicado. La sangre empezó a fluir antes de que hubiera logrado tenerlo medio fuera; pero él siguió tirando hasta dejar libre el objeto. La luz brilló sobre la tira de acero de contornos irregulares; la hizo girar dos veces entre sus dedos antes de ocurrírsele que era un fragmento de navaja. Lo dejó sobre la mesa, mientras pensaba en qué podría haberle dicho la policía si hubiera acudido a ellos con aquella historia sobre un accidente de coche.

Abrió la herida tanto como le fue posible y limpió la sangre. El pezón se marchitó bajo sus dedos, su halo rosado encogido y lleno de arrugas; lanzó un gruñido al pensar que algún insecto se habría metido bajo su mano; pero, después, cuando comprendió lo que eso significaba, pensó que no podía ser la muerte o, al menos, todavía no. Tuvo que empezar de nuevo: abrió la herida, la limpió y metió rápidamente en ella todo el ungüento que era capaz de contener. Después siguió con los remaches hasta obtener una -escalerilla de doce que iba de un extremo de la herida al otro. Cogió el hilo, lo dobló, pasó el lazo por el remache de más arriba, rodeándolo, y luego insertó el hilo por debajo. Sosteniendo sus dos extremos en una mano, pellizcó delicadamente los dos labios de la herida en el punto del remache. Después, tensó el lazo de hilo sin cortarlo, cruzó las hebras y las pasó bajo el siguiente remache, uniendo los dos bordes algo más. Siguió con la misma labor por toda la herida, cerrando el corte por la escalerilla de remaches. Cuando llegó al final, cortó el hilo y lo anudó. Su obra estaba cubierta de sangre y ungüento; pero, cuando la limpió, pensó que tenía buen aspecto.

Se puso en pie y dejó que la sensación fluyera de nuevo con una oleada agónica en sus pies entumecidos. Estaba empapado: podía sentir la transpiración buscando su camino de bajada por entre el vello de sus piernas, igual que una procesión de chinches en una cama. Se miró: arrugas, agua y sangre. Sus ojos fueron hacia la ondulante superficie del espejo y vieron a un duende vendado con el entrecejo tan salido como un estante y los ojos hundidos y brillantes, una revuelta cabellera, que si se limpiaba sólo conseguiría recobrar el color de la mugre, y una gran mancha de sangre donde la boca se ocultaba detrás del vendaje. Se lo quitó de un tirón y volvió a mirar. «Tanto da, mejor que te tapes la cara.» Se dio la vuelta, no para huir de su rostro sin para llevárselo consigo, con la dolorida paciencia de un burro al que la albarda ha hecho daño.

Con gestos de cansancio, llevó su mesa hasta la pila. Se lavó las manos, los antebrazos y el rostro y se quitó los pañuelos del cuello. Después cogió los restos de su esponja y una cacerola con agua templada y jabonosa y volvió junto a la cama.

Necesitó horas. Limpió los manteles sobre los que la chica yacía, moviéndola con suavidad para no forzar sus heridas, y lavó y secó el sitio donde había estado tendida. Lavó el cuerpo de la joven de la cabeza a los pies, para lo que necesitó buscar más agua limpia, y luego hubo de secar la cama otra vez. Cuando alzó la cabeza de la chica, descubrió que tenía el cabello revuelto y pegajoso a causa de la lluvia y la sangre seca, y que entre él había sangre fresca, así que le colocó una gran almohada por debajo del plástico, para levantarle los hombros y echarle la cabeza hacia atrás; después le lavó el cabello y se lo secó, descubriendo un feo chichón y una herida que sangraba en su nuca. Le cepilló el cabello, se lo apartó de la herida y le echó agua fría, con lo que dejó de sangrar; el chichón era tan grande como una ciruela. Separó media docena de gasas y las colocó alrededor de la herida para que ésta no soportara el peso de la cabeza; no se atrevió a darle la vuelta.

Cuando el cabello de la joven estaba mojado y revuelto, sólo era una masa oscura; pero limpio y cepillado, era del más profundo castaño rojizo, y liso. A cada lado de su rostro, radiante de palidez, frío como una luna, se extendía una ancha banda lustrosa de cabellos. La tapó con el cubrecama, y se quedó inmóvil a su lado durante largo tiempo, lleno con esa extraña sensación, casi un dolor, que estaba en todas partes y en ninguna, sin que le gustara pero con el temor de perderla..., quizá nunca volviera a sentir algo parecido.

Lanzó un suspiro, que brotó de su médula y de sus años, y, sin detenerse a descansar, se puso a limpiarlo todo. Cuando hubo terminado, y guardado las agujas y el hilo, así como el esparadrapo que no había usado, y después de haber tirado las envolturas de las gasas y la sangre que había en el recipiente puesto junto a la cama, con todas las herramientas limpias y de nuevo en su caja, la noche había llegado a su fin y la débil luz del día se apretaba contra la persiana bajada. Apagó la lámpara y se puso en pie sin respirar, atento con toda su mente, queriendo saber desde el sitio donde se hallaba si la chica seguía viva. Inclinarse un poco más cerca de ella y descubrir que se había muerto... Oh, no. Quería saberlo desde donde se hallaba.

Pero, entonces, un camión pasó, una mujer llamó a su hijo, alguien se rió... Por ello fue hasta la joven, se arrodilló junto a la cama y le puso la mano con suavidad en la garganta. Estaba fresca — ¡por favor, fría no! —, y tan inmóvil como un guante perdido.

En ese momento, el vello de su mano se agitó bajo el aliento de la chica, y volvió a moverse, en el más débil de los estremecimientos. Los ojos empezaron a picarle y todo su ser se vio recorrido por el feroz anhelo de «hacer» cosas: hacer un poco de sopa. comprar alguna medicina para ella, o quizá una cinta o un reloj; limpiar la casa, correr a la tienda... y, mientras hacía todas esas cosas, todas a la vez, gritar y gritar con grandes y estremecedoras explosiones carentes de palabra para decírselo a sí mismo una y otra vez, para que así pudiera estar seguro de oírlo, decirse que vivía. En el mismo ápice de esa explosión de impulsos apremiantes, una extraña y suave caída se produjo, como un resbalón, y se quedó profundamente dormido.

Soñó que alguien le cosía las piernas; se las unía con una de esas grandes agujas curvas utilizadas para remendar velas y, al mismo tiempo, le sacaba el hilo de su vientre; podía sentir cómo el carrete interior giraba y se vaciaba. Gimió y abrió los ojos. Al instante supo dónde se hallaba y qué había ocurrido, y se odió por el ruido que había hecho. Alzó su mano y movió los dedos para estar seguro de que podían sentir algo; luego los bajó con suavidad hasta el cuello de la chica. Cálido... no, caliente, demasiado caliente. Se apartó de la cama y cruzó media habitación moviéndose sobre sus pies y sus piernas entumecidos, que parecían de goma. Maldijo en silencio, se estiró cuanto pudo y cogió la silla; la atrajo hacia sí, y la usó para apoyarse al ponerse en pie. No se atrevía a soltarla, así que anduvo con ella hasta el rincón, con un suave golpeteo. Una vez allí, se dobló, jadeante, sobre la pila mientras que un ácido hirviente le devoraba las piernas. Cuando fue capaz de ello, se echó agua fría en el rostro y en el cuello y, todavía secándose con una toalla, fue, tambaleándose, hacia la cama. Apartó el cubrecama de un manotazo y estuvo a punto de gritar: «¡Estúpido!» al sentir el tirón que la colcha daba de sus dedos; se había pegado a la herida de la ingle y estuvo seguro de que la había desgarrado, de que había arrancado todo un trozo de la arteria torpemente remendada. Y él no podía ver nada; fuera debía estar oscureciendo; ¿cuánto tiempo había permanecido tendido en el suelo? Corrió hacia el interruptor de la luz y volvió de un salto al lado de la cama. Sí, sangraba, sangraba de nuevo...

Aunque sólo un poco, un poquito nada más. La gasa se había levantado hasta la mitad de la herida y, a pesar de que el corte así descubierto estaba humedecido por la sangre, ésta no fluía. Había sangrado mientras él dormía, pero apenas lo suficiente para abrirse paso hasta el colchón. Levantó la esquina suelta de la gasa con mucha suavidad y descubrió que estaba adherida. Pero las esponjas, los trocitos de esponja para poner la sulfa-como-se-llamara, seguían dentro de la herida. ¡Había tenido intención de quitarlos al cabo de un par de horas, no de permitir que toda la sangre fuera a secarse alrededor de ellos!

Corrió en busca de agua caliente y de su esponja grande. Con jabón, sí. Se acuclilló junto a la cama, aunque sus piernas seguían protestando ruidosamente, y empezó a humedecer la gasa casi sin tocarla, con mucha suavidad.

Algo le hizo levantar la vista. La chica tenía los ojos abiertos y le miraba. Ni en su rostro ni en sus ojos había la más mínima expresión. La vio cerrar los ojos, con lentitud, y abrirlos de nuevo con igual suavidad, opacos, sin brillo, sin el menor interés en nada.

—Está bien, está bien —dijo él con voz ronca—. Yo lo arreglo todo.

Ella siguió mirándole, sin hablar. Él asintió violentamente, un gesto capaz de calmarlo todo y dar todos los ánimos del mundo, esperanza y una total promesa hacia ella; pero no fue más que una rápida oscilación de su fea cabezota. Disgustado, como lo estaba siempre ante su falta de palabras, volvió al trabajo. Sacó la gasa y empezó a humedecer uno de los trocitos de esponja. Cuando creyó que estaba listo, tiró de él, con un movimiento delicado, para sacarlo.

— ¿O-o-oh...? —dijo ella, con la aguda voz de una soprano que murmura; algo parecido a una pregunta y a un sollozo. La chica giró la cabeza hacia la izquierda —¿O-o-o-oh?

Volvió a girar la cabeza y se hundió en la inconsciencia.

— Yo —dijo él en voz muy alta y excitada—, yo...

Y eso fue todo; daba igual, ella no le oiría tampoco. Permaneció quieto hasta que las manos dejaron de temblarle y prosiguió con el trabajo.

La herida parecía maravillosamente limpia, aunque a su alrededor toda la piel estaba seca y caliente.

En el interior de la herida vio la arteria en un nido de gelatina húmeda; tal vez aquello fuera bueno...; no lo sabía, pero daba la impresión de que todo iba bien, así que no hurgaría dentro. Volvió a cubrir la herida con ungüento, apretó los bordes con suavidad hasta juntarlos y lo sujetó con un trozo de esparadrapo. Este no tardó en despegarse, así que lo quitó y secó la carne alrededor de la herida; entonces, puso primero la gasa y luego el esparadrapo, y, esa vez, aguantó.

La otra herida estaba cerrada, aunque más donde había puesto los remaches que por entre ellos. También se hallaba rodeada de carne enrojecida, seca y caliente.

El golpe de la nuca no había sangrado; pero la hinchazón era más acusada que nunca. Tenía el rostro y el cuello secos y muy calientes; aunque el resto de su cuerpo parecía estar fresco. Fue a buscar un paño que empapó con agua fría, se lo puso a través de los ojos, y lo apretó contra sus mejillas. La chica suspiró. Cuando le quitó el paño, le miraba de nuevo.

— ¿Estás bien? —preguntó él y, sin saber qué añadir, dijo—: Estás bien. —Su frente se surcó de arrugas durante unos segundos. Luego, la chica cerró los ojos. Él supo que se había dormido. Le tocó las mejillas con el dorso de la mano—. Muy caliente —murmuró.

Apagó la luz y se cambió de ropa en la penumbra. Del fondo de un cajón sacó un cuaderno escolar y de su interior un trozo de papel con un número de teléfono trazado con gruesas líneas de lápiz negro.

—Vuelvo —aseguró a la oscuridad.

La chica no dijo nada. El salió de la habitación, y cerró la puerta a su espalda.


Lenta y trabajosamente telefoneó a la oficina desde la gran farmacia de la esquina. Consultaba su trozo de papel para cada número y mantenía el dial con el dedo para cada uno durante tres o cuatro segundos, como para asegurarse de que el número había quedado bien marcado. Quien le respondió fue el gran jefe, el señor Laddie, lo cual resultaba en extremo embarazoso; no había hablado con él en una docena de años. Usando al máximo su ronca voz de toro logró oponer al tercer e impaciente «¿Diga?» de Laddié un «¡Enfermo! Yo... eh, ¡enfermo!» Oyó que el auricular decía: «... en nombre de Dios, qué...?» y la risa del señor Wismer, y «Dame el teléfono, debe de ser ese orangután mío» y, justo en su oído:

— ¿Diga?

—Enfermo esta noche —gritó.

—¿Qué te pasa?

Tragó saliva.

—No puedo —chilló.

—Los años, nada más —dijo el señor Wismer. Oyó cómo también el señor Laddie reía—. ¿Cuántas noches has faltado en los últimos quince años? —dijo el señor Wismer.

Pensó en ello.

—¡No! — rugió .

De todas formas, eran dieciocho años.

—¿Ya sabes que es la verdad? —dijo el señor Wismer. Hablaba con el señor Laddie sin molestarse en tapar el auricular—. Quince años y nunca había pedido una noche libre antes.

—Bueno, ¿y quién le necesita? Dale todas las noches libres.

—No a sus precios —dijo el señor Wismer, y luego, hablando por el auricular—. Claro, idiota, no vengas. Pero no te metas en ningún lío, y nada de mentiras.

El teléfono emitió un chasquido que cortó más risas y él estuvo esperando en la cabina hasta tener la seguridad de que no diría nada más. Después colgó el auricular y salió de la cabina, en el interior de la gran farmacia donde todo el mundo le miraba. Bueno, siempre lo hacían. Eso no le molestaba. Sólo había una cosa que sí lo hacía, y era la voz del señor Laddie que repetía una y otra vez dentro de su cabeza, «Bueno, ¿y quién le necesita?». Sabía que, al final, debería detenerse para enfrentarse a esas palabras y dejar que ellas y cuanto las acompañaba se abrieran paso por su mente. Pero ahora no, por favor, ahora no.

Las mantenía a distancia mientras se mantenía muy ocupado; compró esparadrapo, gasas y ungüento, un hule para la cama y tres bolsas de hielo y, después de pensarlo un poco, aspirina, porque alguien le había dicho en una ocasión... y luego al supermercado, donde compró lo suficiente para alimentar a una familia de nueve personas durante nueve días. Y, a pesar de todos aquellos paquetes aún le quedó un grueso brazo y un ancho hombro para llevar una barra de hielo de once kilos.

Abrió la puerta, entró y metió el hielo en la nevera; después, salió al pasillo, cogió los paquetes y los entró en la habitación; luego, fue a verla. Estaba ardiendo y su respiración era como el vuelo de las aves marinas en el viento, un pequeño batir de alas, otro, y luego una prolongada espera, en equilibrio. Partió un trozo de hielo de la esquina de la barra, lo envolvió en una toalla y lo golpeó, irritado, contra la pila. Metió los fragmentos de hielo en una de las bolsas y se la puso en la cabeza a la chica. Ésta suspiró, pero no abrió los ojos. Llenó las otras bolsas y le colocó una sobre el pecho y otra en la ingle. Luego estuvo retorciéndose las manos sin saber qué hacer hasta que, de pronto, pensó: «Tiene que comer, perdiendo sangre de esa manera».

Así que hizo tremendas cantidades de comida, mientras la observaba cada dos minutos. Hizo minestrone, col hervida, puré de patatas y costillas de cordero. Cortó rebanadas de pastel, calentó bollos con canela, y preparó café caliente con helado listo para metérselo dentro a cucharadas. La chica no comió nada de todo eso y tampoco bebió ni una gota de líquido. Siguió tendida en la cama y, de vez en cuando, su cabeza caía hacia un lado, por lo que él tenía que ir corriendo a coger la bolsa de hielo y volver a ponérsela en su sitio. En una ocasión, suspiró, y una vez él creyó que había abierto los ojos, aunque no hubiera podido asegurarlo.

Durante el segundo día, ella no bebió ni comió nada, y tuvo una fiebre increíble. Durante la noche, agazapado en el suelo junto a ella, despertó en un momento dado con los ecos del llanto resonando todavía en la habitación, pero quizá lo hubiera soñado.

Una vez, cortó el trozo de carne más tierno y jugoso que pudo encontrar en una costilla y lo puso en la boca de la chica. Tres horas después, la obligó a separar los labios para meter otro trocito en su boca; pero el primero seguía en ella. Lo mismo sucedió con la aspirina, migajas blancas sobre una lengua reseca.

Y pronto llegó el tiempo en el cual se le terminaron las cosas que hacer y empezó a moverse por un reflejo preocupado que operaba por sí mismo, y el mismo acto de pensar algo nuevo le atrapaba y le hacía enfrentarse a las viejas ideas y entonces, por supuesto, no había nada que hacer salvo permitir que siguieran su curso, con todo el dolor y la humillación que llevaban consigo. Intentaba pensar en lo que podría ocurrir si llamaba a un médico y éste quería llevarla a un hospital; él diría: «Necesita tratamiento, no a ti», y la idea estaba en su cabeza, lista para ponerse en funcionamiento, así:


Tener once años, corpulento y fuerte y tímido, inmóvil en el umbral de la cocina, con tu caja de madera sostenida por un cordel e intentando mover tu boca y darle forma para que las palabras que se niegan a sonar puedan salir de ella correctamente; y allí está mamá, encorvada sobre una botella de ginebra igual que un gato sobre un pájaro a medio devorar, observándolo; mira cómo se agita su ancha boca sin labios.

— ¡No te quedes ahí haciendo chasquidos y sorbiéndote las babas! ¡Habla, chico! ¿Intentas decirme que te vas?

Así que asientes con la cabeza, es más sencillo, y ella dice:

—Entonces, vete, vete, ¿quién te necesita?

Y te vas.

Tener dieciséis años, achaparrados, poderosos, y presentarte en la oficina de reclutamiento y ver al sargento que, con sus arrugas y su uniforme bien planchado, dice: «¿Qué quieres, tú?». Y lo intentas, lo intentas y no puedes responderle, por lo que mueves la cabeza mientras señalas hacia el cartel con el dedo extendido: EL TÍO SAM TE NECESITA; y el sargento lo mira y luego te mira a ti, y, de repente, su dedo extendido se encuentra a un centímetro de tu nariz; lo contemplas, bizqueando, al tiempo que él ladra: «Bueno, ¡pues tú no le haces falta al Tío Sam», y esperas, observando el dedo, sin moverte hasta que lo entiendes; entiendes las cosas realmente bien, lo único que sucede es que tardas mucho en oír lo que te dicen. Por eso te quedas inmóvil, bizqueando, y todos se ríen.

O retrocediendo en el tiempo, tienes ocho años y estás en la escuela, esa Phyllis con su hilera de tiesos rizos castaños que parecen salchichas revoloteando cuando mueve la cabeza, rosa y limpia, y tan bonita; tienes los bombones envueltos en un papel dorado y atado con un cordel también dorado; vas por el pasillo hasta su pupitre, y dejas los bombones encima y regresas corriendo a tu sitio; ella se acerca por el pasillo y los tira con tal fuerza que el cordel se rompe al chocar con tu pupitre y dice, en voz muy alta: «No me hacen falta esos bombones, y tampoco tú, y si quieres saber una cosa, tienes mocos en la cara». Tú levantas la mano y, claro está, sí que tienes.

Eso es todo. Sólo que cada vez que alguien dice: «¿Quién le necesita?» o algo parecido, tienes que repasar todas las imágenes, todas y cada una de ellas. Más pronto o más tarde, por mucho que lo retrases, tienes que repasarlas todas.

Busco médico, no me necesitas.

Mueres, no me necesitas.

Por favor...


Un silbido en lo más hondo de su garganta, y sus labios se movieron. La chica le t-nía atrapados los ojos con su mirada y sus labios se movieron en silencio; luego, con un poco de retraso, el silbido volvió a sonar. No supo cómo había logrado adivinarlo, pero lo hizo y le llevó agua, dejándola caer gota a gota en su boca. La chica lamió el agua codiciosamente, con la cabeza alzada. Poco después, volvió a reclinarse y sonrió a la taza. Luego le miró a él al rostro y, aunque la sonrisa había desaparecido, él se encontró mucho mejor. Corrió hacia la nevera y al hornillo, y cogió algunos vasos y pajitas, con zumo de naranja, leche con chocolate, leche sola, consomé de una lata y agua con hielo. Formó una fila con ellos sobre la silla que había junto a la cama y la observó con nerviosismo, como una foca de circo que espera a tocar América en una hilera de bocinas. Esta vez ella esbozó una débil sonrisa, una sonrisa muy breve, pero dirigida a él, mirándole, y él probó con el consomé. La chica se bebió casi la mitad ayudada por la pajita, sin detenerse, y se durmió.

Luego, cuando él miró para ver si había sangre, el plástico de la cama estaba mojado, pero no de sangre. «¡Estúpido!», se dijo, enfurecido consigo mismo, y salió a comprar un orinal.

La chica comenzó a dormir mucho y a comer con frecuencia, aunque poco. Empezó a observarle mientras él se movía por el cuarto; algunas veces, cuando la creía dormida, se daba la vuelta y se encontraba con sus ojos. Durante los dos días siguientes ella se dedicó a observar básicamente sus manos. Él lavó sus ropas y las planchó; después, se sentó y las arregló con pequeñas y precisas puntadas; apoyaba los codos en el borde esmaltado de la mesa y trabajaba con su alambre plateado, haciéndole un broche como una flor sobre un abanico, y un colgante en una cadena de plata, y un brazalete a juego con todo lo demás. Ella observaba sus manos mientras cocinaba; él hacía sus propios spaghetti—tagliatelli, en realidad—, amasaba la pasta una y otra vez; luego le daba vueltas hasta convertirla en una gran lámina dura, que enrollaba sobre sí misma, bien apretada, para cortarla con rápidos y precisos destellos de un cuchillo de tal forma que luego parecían cordones aplanados de un blanco amarillento. Tenía unas manos que nunca habían aprendido sus limitaciones, porque él jamás había pensado en limitarlas. Para ese hombre, no había nada en la vida que cuidara de él, nada salvo sus manos, y, dado que lo hacían todo, podían llevar a cabo cualquier cosa.

Pero cuando le cambiaba las ropas de la cama o la ayudaba el orinal o la limpiaba, ella nunca miraba sus manos. Se quedaba totalmente inmóvil y observaba su rostro.

Al principio, la chica estaba muy débil y no podía moverse en absoluto, salvo su cabeza. Él estaba alegre porque sus puntadas iban curando muy bien. Cuando quitó los remaches tuvo que dolerle, pero ella no emitió ni un solo sonido; en su lisa frente se marcaron doce breves arrugas, una por cada remache al salir

—Duele —dijo él con su ronca voz.

Ella asintió débilmente. Era la primera comunicación que había entre ellos, salvo la de esos ojos mudos y repletos de ideas incomprensibles que le seguían por el cuarto. Al asentir, sonrió, entonces, él le dio la espalda, se frotó los ojos con los nudillos y se encontró maravillosamente bien.


Volvió al trabajo la sexta noche, después de haber pasado todo el día dando vueltas alrededor de ella y haciendo cosas para que no se durmiera hasta que él estuviera listo para marcharse; pero no se fue hasta no quedar bien seguro de que estaba profundamente dormida. Cerró con llave y se marchó a toda velocidad, sintiendo que todo su interior estaba caliente y dispuesto a realizar el trabajo de tres hombres. Volvió a casa cuando aún estaba oscuro, tan de prisa como sus piernas arqueadas podían llevarle, y le llevaba un regalo — una pequeña radio, un pañuelo para el cuello, alguna comida especial —, uno cada día. Cerraba la puerta con una firme vuelta de llave, y corría hacia ella, le tocaba la frente y la mejilla para saber qué temperatura tenía, y le arreglaba las ropas de la cama con cuidado para que no despertara. Después se iba junto a la pila, donde ella no podía verle, y se desnudaba para ponerse la ropa interior de franela con que dormía y se enroscaba en el catre de campaña. Durante una hora y media, más o menos, dormía igual que un tronco; pero, después de ese tiempo, el más ligero roce de las sábanas, la más pequeña variación en la respiración de la joven, le hacía acudir de un salto junto a ella, graznando: «¿Bien?», y mirándola en tensión, en un intento de adivinar frenéticamente lo que ella necesitaría, qué podía él hacer, qué la distraería.

Y cuando la luz del día llegaba, le daba leche caliente con un huevo batido dentro, y después la bañaba, le cambiaba la ropa de la cama, la peinaba, y, cuando no le quedaba nada que hacer por ella, se dedicaba a limpiar el cuarto, fregaba el suelo, lavaba la ropa y los platos y cocinaba interminablemente. Por la tarde salía de compras, siempre al trote, a la carrera para regresar a casa tan pronto como le era posible y enseñarle lo que había comprado, y decirle lo que tenía planeado hacer para su cena. Durante todos esos días, que luego se convirtieron en semanas, brillaba por dentro, escondiendo ese resplandor cuando estaba lejos de ella, lo protegía, y dejaba que se extendiera con la presencia de ella cuando se hallaban juntos.

Una tarde de la segunda semana la encontró llorando, la mirada clavada en la pequeña radio, con las lágrimas surcando su rostro. Él emitió una sola sílaba, áspera como el zureo de una paloma, y le enjugó las mejillas con un paño seco; luego retrocedió con su rostro animal lleno de un torturado dolor. Ella le dio unas débiles palmaditas en la mano y luego hizo una serie de gestos que le dejaron perplejo. Tomó asiento junto a la cama y acercó su rostro al de ella, como si pudiera arrancarle con la mirada el significado de esos gestos. Había algo distinto en ella; hasta ese momento, le había observado con la fascinada atención de un gatito que tiene delante un acuario lleno de peces tropicales, sin entender nada; pero en su expresión, en el modo de moverse y en lo que hacía ahora había algo más.

—¿Duele? —graznó.

Ella meneó la cabeza. Su boca se agitó, la señaló con la mano y rompió a llorar de nuevo.

—Oh, hambre. Lo arreglo, lo arreglo bien. —Se puso en pie. pero ella le cogió por la muñeca, sacudiendo la cabeza y llorando, pero también con una sonrisa. Volvió a sentarse, desgarrado por la perplejidad. Ella movió los labios de nuevo y se señaló la boca mientras movía la cabeza—. No hablar —dijo él. La chica respiraba tan aprisa y tan fuerte que le asustó; pero cuando dijo eso, ella dio un respingo y casi se irguió en la cama; él la cogió por los hombros y la hizo echarse, aunque ella asentía, apremiantemente, con la cabeza — . ¡No puedes hablar! —exclamó él.

«¡Sí, sí!», asintió ella, en silencio.

La miró durante un largo rato. La música de la radio se detuvo y alguien empezó a vender coches usados con una resquebrajada voz de barítono. La chica miró hacia el aparato y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Él se inclinó sobre la cama y apagó la radio. Después de un profundo esfuerzo, colocó sus labios en la posición correcta y soltó un bufido desdeñoso:

— ¡Ja! ¿Qué quieres decir? No hablar. Yo arreglo todo, no hablo... —Las palabras se le acabaron, y, en vez de usarlas, se dio un potente golpe con la palma de la mano en el pecho y movió la cabeza hacia ella, el hornillo, la cuña y las vendas—. ¿Qué quieres decir? —repitió.

Ella le miró, sorprendida y abrumada por su violencia, y pareció encogerse en la cama. Él volvió a enjugarle con ternura las mejillas, al tiempo que murmuraba:

—Yo arreglo todo.


Volvió a casa una madrugada, cuando ya había oscurecido, y, después de comprobar que ella estuviera cómoda a su acostumbrada e inflexible manera se fue a dormir. El olor del tocino y el café recién hechos era parte de un sueño, por supuesto; ¿qué otra cosa podía ser? Y los débiles rumores de algo que se movía por el cuarto debían de ser obra de su cansada imaginación.

Abrió sus ojos dentro del sueño y volvió a cerrarlos, riéndose, al pensar que era un loco estúpido. Entonces descubrió que seguía en el sueño y abrió los ojos una vez más, despacio.

Junto a su catre estaba la silla y sobre ella había un plato con huevos fritos y tocino, una taza de fuerte café solo y una tostada con el oro de la mantequilla desapareciendo en su dorado más viejo. Contempló todas esas cosas con una incredulidad total y luego alzó la mirada.

La chica estaba sentada al final de la cama, donde había un estrecho pasillo de unos quince centímetros entre ésta y el catre. Llevaba la blusa, planchada y cosida, y la falda. Sus hombros estaban encorvados por el cansancio y parecía costarle un poco mantener erguida la cabeza; sus manos colgaban, fláccidas, entre sus rodillas. Pero su rostro aparecía inundado por el placer y la alegría de haber esperado que despertara ante su desayuno.

Su boca se contorsionó, lo que dejó sus gruesos dientes amarillentos al descubierto, que rechinaron mientras lanzaba un aullido de furia. Era un sonido ahogado y que parecía un crujir metálico y ella retrocedió, apartándose de su lado como si la hubiera quemado, y se agazapó en el centro de la cama con los ojos muy abiertos y la boca carente de expresión. Fue hacia ella con los brazos levantados, y sus grandes puños apretados; ella hundió su rostro en el lecho, se tapó la nuca con las dos manos y se quedó así, temblorosa. Durante unos segundos, él se cernió sobre ella y luego, despacio, bajó los brazos. Le dio un tirón a la falda.

—Quita —graznó.

Y tiró más fuerte.

Ella le miró y luego se volvió con lentitud. Sus dedos lucharon débilmente con el botón. La ayudó. Le sacó la falda, la tiró sobre el catre y señaló la blusa con el ceño fruncido. La chica se la desabotonó y él se la quitó por los hombros. Entonces, él dio un tirón de la sábana, aunque la joven estaba sentada encima, y la apartó; le agarró los tobillos con sus poderosas manos y los apretó hasta que la chica quedó tendida en la cama. Entonces, la tapó cuidadosamente. Jadeaba. Ella le miraba, aterrada.

En un silencio cargado de miedo, él volvió a su catre y a la silla con el desayuno que había a su lado. Alzó la taza de café muy despacio y la tiró al suelo. El platito siguió a la taza, y, luego, con el ritmo implacable del hacha de un leñador, el plato con los huevos y el plato con la tostada. La porcelana y las yemas se desparramaron por el suelo y las paredes. Cuando hubo terminado, se volvió hacia ella.

—Yo arreglo todo —dijo con voz ronca. Y, al repetirlo, enfatizó cada sílaba con un gesto de su grueso índice —. Yo-arreglo-todo.

Ella giró sobre el estómago y enterró el rostro en la almohada; entonces, empezó a llorar con tal fuerza que él pudo sentir cómo la cama temblaba, tanto, que las sacudidas hacían vibrar el suelo a través de sus zapatos. Se apartó de ella, irritado, agarró una escoba, un cubo y un recogedor y laboriosa, metódicamente, lo limpió todo.

Dos horas después, se acercó a ella, todavía tendida sobre su estómago, rígida e inmóvil. Él había tenido bastante tiempo para pensar qué decirle:

—Mira, ves, tú enferma..., ¿ves?

Lo dijo con tanta suavidad como pudo. Le puso una mano sobre el hombro; pero ella se retorció con violencia y se la apartó. Dolido y atónito, retrocedió y se dejó caer en el sofá, observándola, en tanto se sentía muy desgraciado.

No quiso almorzar.

No quiso cenar.

Cuando la hora de ir a trabajar se aproximaba, ella se volvió. Él seguía sentado en el sofá con su ropa interior de franela, y la más absoluta infelicidad en el rostro y en cada línea de su feo cuerpo. Le miró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Los de él se encontraron con los suyos, pero no se movió. De repente, la chica lanzó un suspiro y alargó la mano. Él saltó a agarrársela y la llevó hasta su frente, se arrodilló, inclinándose, y empezó a llorar. La joven le dio unas palmaditas en su áspera cabellera de alambre hasta que la tormenta pasó, algo que sucedió de repente, cuando estaba en su punto álgido. Se apartó de ella de un salto y empezó a hacer ruido con las sartenes en el hornillo. Unos minutos después, le trajo un poco de pan y una alcachofa en salsa, aliñada con aceite y hierbas. Ella sonrió débilmente y aceptó el plato del que comió con lentitud mientras él observaba cada uno de sus bocados e irradiaba lo que sólo podía ser gratitud. Después se cambió de ropa y se fue a trabajar.


Cuando empezó a sentarse, le compró una bata roja, aunque no la dejaba levantarse de la cama. Le llevó un globo de cristal, dentro del cual una flor sumergida en agua podía conservarse una semana; dos tortugas vivas en un cuenco de plástico; un conejo de juguete azul claro, que tocaba Duérmete niño, y un lápiz de labios de un cegador tono escarlata. Ella le obedeció, observándole más que nunca; incluso cuando había acabado de moverse por el cuarto, haciendo cosas, y se tendía en el catre, esperando a ver cuál de las siguientes necesidades de ella podría adivinar, sus ojos se encontraban y él apartaba los suyos cada vez con mayor frecuencia. Sostenía el conejo azul apretado contra ella y le observaba a él sin pestañear, o sonreía de repente, separando los labios como si de ellos fuera a escapar algo de una importancia vital, algo profunda e inexpresablemente feliz. Algunas veces, ella parecía sentir una tristeza indecible, y, algunas veces, se mostraba tan inquieta que él se le acercaba y le acariciaba el cabello hasta que se quedaba dormida, o lo aparentaba. Pensó que llevaba casi dos días sin verle las heridas y que quizá le molestarían cada vez que tenía uno de esos ataques de inquietud, así que, con suavidad, hizo que se acostara, y la desnudó. Tocó la cicatriz con mucho cuidado; de repente, ella le apartó la mano y se pellizcó la propia carne con firmeza, amasándola, para acabar por darse una fuerte palmada. Sorprendido, él la miró y vio que sonreía y que movía la cabeza diciendo que sí.

— ¿Duele? —Ella meneó la cabeza. Al volver al taparla dijo, orgulloso —: Yo arreglo. Arreglo bien.

La muchacha asintió y, durante un instante, le apretó la mano entre el mentón y el hombro.

Fue esa noche, después de haber caído en ese primer y pesado sueño que ocurría después de su regreso del trabajo, cuando sintió la cálida y firme extensión de su muslo pegado a él en el catre. Se quedó inmóvil durante un instante, adormilado, sin comprender, mientras que unos dedos veloces buscaban los botones de su ropa interior de franela. Alzó las manos y la agarró por las muñecas. Ella permaneció quieta al instante, aunque su aliento era veloz y su corazón golpeaba el pecho de él como un pequeño e irritado nudillo.

—¿Qu-qué...? —preguntó él, en lucha con la sílaba, prolongándola; ella se apretó contra su cuerpo, y luego, se quedó quieta, temblorosa.

Él mantuvo agarradas las muñecas de la joven durante más de un minuto, intentando comprender qué significaba eso, y acabó por sentarse en el catre. Le pasó un brazo por los hombros y el otro por debajo de las rodillas. Se puso en pie. Ella se aferró a su cuello y su aliento la siseó en las fosas nasales. Él fue hacia la cama, se inclinó poco a poco y la depositó sobre ella. Tuvo que separarle los brazos de su cuello antes de que le fuera posible volver a erguirse.

—Duerme —dijo.

Buscó la sábana a tientas y la tapó con ella, colocando bien las esquinas. La muchacha se quedó tendida, inmóvil. Él le acarició el cabello y regresó a su catre. Se acostó y, al cabo de un largo rato, cayó en un sueño inquieto. Pero algo le despertó; siguió echado y escuchó, mas no oyó ruido alguno. De repente, recordó de forma muy vívida la noche en que ella había estado suspendida entre la vida y la muerte, y él se había despertado con el eco de un sollozo que no se repitió; entonces, se levantó de un salto, atenazado por un súbito terror, y fue hacia ella. Se inclinó sobre la cama y le tocó la cabeza. Estaba acostada boca abajo.

—¿Lloras? —murmuró, a lo que ella meneó rápidamente la cabeza.

Lanzó un gruñido y regresó a su catre.


Era la novena semana y llovía. Volvió a casa por las negras y relucientes calles, entre los charcos. Cuando llegó a su manzana y vio el río muerto y escurridizo que se extendía entre él y la farola que había ante su casa, experimentó un segundo de fantasía, de una onírica desorientación; durante unos segundos, le pareció que nada de eso había ocurrido, que, al cabo de un instante, el coche pasaría como una exhalación por su lado y se detendría momentáneamente junto al bordillo mientras que de una de sus portezuelas caía un cuerpo fláccido, y él debía correr hacia ese cuerpo y entrarlo en su casa, y sangraría, sangraría, podía morir... Se sacudió igual que un perrazo y bajó la cabeza para protegerse de la lluvia, al tiempo que le decía «¡Estúpido!» a su yo más oculto. Ya nada podía ir mal. Había encontrado una forma de vivir y de esa forma lo haría, y no permitiría que hubiera cambio alguno.

Pero había un cambio. y lo supo incluso antes de entrar en la casa: su ventana, la que daba a la calle, brillaba con un apagado resplandor anaranjado que no podía ser causado sólo por la luz del farol. Pero quizá ella estuviera leyendo una de esas novelas en edición de bolsillo que él había heredado junto con el apartamento: tal vez necesitaba utilizar el orinal o, sencillamente, miraba el reloj...; pero todas esas ideas no le consolaban. Al abrir la puerta del vestíbulo, un miedo inexplicable le hizo sentirse físicamente enfermo. Por debajo de su puerta brillaba una rendija de luz; cuando luchaba con las llaves, éstas se le cayeron al suelo; por fin, consiguió abrir la puerta.

Jadeó como si alguien le hubiera golpeado en el plexo solar. La cama estaba hecha y arreglada, sin una sola arruga, y ella no se hallaba dentro. Se volvió en redondo; sus enloquecidos ojos la vieron y su mirada pasó de largo antes de que le fuera posible creer lo que tenía delante. Alta, como una reina con su bata roja, se encontraba al otro extremo de la habitación, junto a la pila.

La contempló con asombro. Ella se le acercó mientras él llenaba sus pulmones de aire para lanzar uno de sus chirriantes gritos. La muchacha se puso un dedo sobre los labios y, con gran suavidad, le tapó la boca con la otra mano. Ninguno de esos gestos, ni tan siquiera los dos juntos, habría sido capaz de calmarle en circunstancias normales; pero había algo más en ella, algo que no esperaba a lo que él pudiera hacer y que no se encogería, asustado si lo hacía. Se quedó confundido y guardó silencio. Siguió mirándola mientras ella pasaba a su lado y cerraba la puerta sin hacer el menor ruido. Le cogió la mano, pero las llaves la estorbaban; entonces, se las quitó de entre los dedos, las arrojó sobre la mesa y luego volvió a agarrarle la mano, con firmeza. Estaba segura de sí misma, decidida; era quien había pensado las cosas, quien había sopesado las alternativas y descartado las que no le gustaban, y quien ahora sabía qué hacer. Sin embargo, su triunfo tenía también otro aspecto; su cuerpo se movía con el porte de una vencedora y el resplandor de quien ha presenciado un milagro. Él era capaz de vérselas con su indefensión, fuera cual fuese su grado, sin importar en qué consistiera, mas eso..., necesitaba pensar en ello, y la muchacha no le daba tiempo para hacerlo.

Le condujo hasta la cama y le puso las manos sobre los hombros, haciéndole dar la vuelta y sentarse en el lecho. Luego, tomó asiento a su lado, con el rostro encendido, y cuando él volvió a llenar sus pulmones ella lanzó un seco «chist», y le tapó la boca con la mano, sonriendo. Volvió a agarrarle por los hombros y clavó la mirada en sus ojos.

— ¡Ahora puedo hablar, puedo hablar! —exclamó con toda claridad.

El la contempló, estupefacto, sin sentir nada.

—Hace tres días, pero era un secreto, una sorpresa. —Su voz sonó más bien grave, incluso ronca, aunque muy clara y con más fuerza de la que la delgadez de su cuerpo in-dicaba—. He estado practicando para asegurarme. Vuelvo a encontrarme bien, estoy bien. ¡Tú lo arreglas todo! —dijo, y se rió.

Al oír esa risa, al ver el orgullo y la alegría que había en su rostro, él fue incapaz de hacer nada que pudiera robárselos.

— ¡Ah...! —exclamó, asombrado.

Ella volvió a reír.

— ¡Puedo irme, puedo irme! —cantó.

Se levantó de un salto, hizo una pirueta y se inclinó sobre él, riendo. Él lanzó la mirada hacia su rostro, a su cabello, que revoloteaba, y medio cerró los ojos, igual que si estuviera contemplando el sol.

-—¿lr? —trompeteó, con toda la fuerza de su confusión haciendo que la sílaba brotara igual que si fuera un grito explosivo.

Ella se calmó de inmediato y volvió a sentarse junto a él.

—Oh, cariño, por favor, no pongas esa cara, como si yo te hubiera clavado un cuchillo o algo parecido. ¡Ya sabes que no puedo quedarme aquí y vivir de ti, así, para
siempre!

——No, no, tú quedas —farfulló él, con la angustia en su rostro.

—Mira —dijo ella, despacio y buscando palabras sencillas, como si se dirigiera a un niño —, ahora estoy bien, ya ahora puedo hablar. No sería bueno que me quedara aquí, encerrada, con el orinal y todo lo demás. Espera. espera —añadió de inmediato, antes
de que él pudiera articular una sola palabra—, no pienses que no te estoy agradecida, has sido… has sido, bueno, no puedo explicártelo, eso es todo. Mira, nadie hizo algo semejante en toda mi vida: quiero decir, que tuve que escaparme cuando tenía trece años, hice toda clase de cosas malas. Y me has tratado... bueno, nadie más…Mira. Esto es lo que intento decirte, hasta ahora, habría robado a cualquiera, qué más daba. Quiero decir, ¿por qué no? ¡Entiendes? ——Le sacudió con suavidad para hacer que lo entendiera; luego, al reconocer el vacío y la desgracia de su expresión. se mojó los labios con la lengua y volvió a empezar—. Lo que intento decirte es que has sido tan bueno, que todo esto… —Movió la mano señalando el conejo azul, las tortugas, cuanto había en el cuarto—. No puedo aceptar nada más. Ni una sola cosa. ni tan siquiera un desayuno, eso es lo que quiero decir. Si pudiera devolvértelo de alguna forma, no importa cuál, lo haría, sabes que lo haría. —En su voz, algo ronca, había un leve matiz de amargura—. Nadie puede pagarte nada. No necesitas nada ni a nadie. No puedo darte algo que no necesitas o hacer algo que no puedas conseguir, porque tú lo haces todo solo. Si hubiera cualquier cosa que desearas de mí…—Dobló las manos hacia ella y puso las yemas de sus dedos entre sus senos, inclinando la cabeza con una extraña sumisión que le llenó de dolor—. Pero no, tú lo arreglas todo —repitió, imitándole.

No hubo burla alguna en su voz.

—No, no, no ir ——murmuró él, con voz gutural.

La muchacha le dio una palmadita en la mejilla, y sus ojos le amaban.

—Me voy —dijo, sonriendo. Después, la sonrisa desapareció—. Tengo que explicártelo. Esos canallas que me hicieron esto…, me lo busqué. Les engañé. Yo me dedicaba a algo realmente malo…; bueno, te lo contaré. Yo hacía de correo: ¿sabes lo que significa eso? Me refiero a la droga, yo vendía droga.

El la miró, sin expresión en sus ojos. No entendía ni una palabra de cada diez: lo único que captaba era el vacío y la inutilidad, la soledad y la terrible verdad de esa habitación sin ella o sin el conejo azul o sin nada, aparte de lo que había contenido durante todos esos años… el linóleo, con el dibujo borrado de tanto frotar; seis novelas que no podía leer: un hornillo, en espera de alguien para quien cocinar; la mugre y la regularidad y…¿Quién te necesita?

Ella no interpretó su mirada.

—Cariño, cariño, no me mires así, no volverá a ocurrir. Lo hacía sólo porque no me importaba; antes, me alegraba que la gente se dañara a sí misma: sí, hablo en serio. Nunca supe que alguien pudiera ser bueno, como tú; siempre había pensado que era una especie de mentira, igual que las películas. Bonito, pero irreal, al menos para mí.

» Debo contártelo: me llevé lo que había en uno de los escondites. Dios mío, veinte, veintidós de los grandes valía. Fue mío durante cuarenta minutos, me cogieron cuando lo llevaba encima. —Sus ojos se abrieron un poco más y vio cosas que no estaban en el cuarto—. Tenía una navaja en la mano y se lanzó sobre mí con tanta fuerza que la hoja se le rompió en la portezuela del coche. Me la clavó «abajo» y aquí, arriba, supongo que deseaba sacarme las tripas, mas la navaja se había roto. —Expulsó el aire por la nariz, y su mirada volvió a la habitación—. Supongo que me di el golpe en la cabeza cuando me arrojaron del coche. Creo que por eso no podía hablar, he oído contar cosas parecidas. ¡Oh, cariño! ¡No me mires así, me estás destrozando!

Él la observó con expresión dolorida y agitó su cabezota de un lado a otro. No sabía qué hacer, no podía hacer nada. De repente, ella se arrodilló ante él y le cogió las dos manos.

—Escucha, has de comprender. Pensaba irme cuando estuvieras en el trabajo; sin embargo, me quedé para hacer que lo entendieras. Después de todo lo que has hecho… Mira, me encuentro bien, me resulta imposible quedarme encerrada en una habitación para siempre. Si pudiera, me buscaría un trabajo en algún sitio cerca de aquí y te vería todo el tiempo, lo digo en serio. Pero mi vida no vale ni un centavo de goma en esta ciudad. Necesito irme de aquí y eso significa que tengo que marcharme de la ciudad. Estaré bien, cariño. Te escribiré. Nunca te olvidaré, ¿cómo podría hacerlo?

Él había adelantado mucho..., y logrado entender que ella quería dejarle; lo siguiente que comprendió fue que también quería abandonar la ciudad.

—Tú no ir —jadeó—. Me necesitas.

—Tú no me necesitas —repuso ella con ternura—, y yo no te necesito. Todo se reduce a eso, cariño; tú lo dispusiste de esa forma, lo arreglaste así. Es como debe ser, ¿no puedes entenderlo?

Y, en ese mismo instante, él comprendió una tercera cosa.

Se puso en pie con lentitud, sintiendo cómo las manos de la chica resbalaban de las suyas, de sus rodillas hasta el suelo a medida que él se apartaba.

——¡Oh, Dios! — gritó ella desde abajo, arrodillada—. ¡No te lo tomes así, me estás matando! ¿No puedes ser feliz? ¿No puedes hacerlo por mí?

Él cruzó la habitación, tambaleándose, y se agarró al estante inferior del armario de la vajilla. Miró hacia atrás y hacia adelante por el negro pasillo lleno de ecos formado por sus años, extendiéndose tan lejos, tan desolado, y miró ese breve segmento brillante que se alejaba de él, que se le escapaba… Oyó los rápidos pasos de la muchacha a su espalda y, cuando se volvió, sujetaba la sartén en la mano. Ella nunca llegó a verla. Se acercó a él con el rostro encendido, suplicándole; él abrió los brazos y ella corrió para refugiarse entre ellos; entonces, el metal trazó una curva y se estrelló en la nuca de la chica.

La depositó sobre el linóleo con suavidad y se quedó inmóvil junto a ella durante largo tiempo, llorando en silencio.

Después, guardó la sartén y llenó la tetera y una cacerola con agua; en la cacerola metió agujas, un prendedor, trocitos de esponja, el hilo, un cuchillo y pinzas. Cogió sus dos manteles de plástico, el de la mesa plegable y el del cajón, y empezó a colocarlos sobre la cama.

—Yo arreglo todo— murmuraba mientras trabajaba —, lo arreglo bien.

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