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miércoles, 3 de agosto de 2016

Regreso, Theodore Sturgeon


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Cuando Paul escapó de su casa, no se encontró con nadie, y no vio a nadie mientras alcanzaba la carretera. La carretera se abría de pronto muy ancha en la vuelta de la loma, pasaba el extremo del camino municipal y se estrechaba hasta perderse en una punta de alfiler clavada en el horizonte. Después de un tiempo Paul pudo ver el coche.

Era largo y nuevo, y bajó un poco el morro cuando el conductor frenó, y cuando se detuvo se balanceó una vez, sobre los blandos y suaves amortiguadores.

El conductor era un hombre grande, grande y ostentoso, con una corbata Stetson gris y una chaqueta de color blanco azulado que no se le arrugaba bajo los brazos. La mujer junto a él tenía una frente ancha y un mentón puntiagudo, y una piel con sombras de melocotón, aunque muy tostada. Su cabello era de ese rojo amarillento que un herrero bautizó una vez como «color pajizo» mientras miraba su forja. La mujer le sonrió al hombre y a Paul casi del mismo modo.

—Hola, hijo —dijo el hombre—. ¿Éste es el camino municipal?

—Sí, señor —dijo Paul—. Así es.

—Ya me parecía —dijo el hombre—. Uno no olvida fácilmente.

—No se ha olvidado —dijo Paul.

—No veo el viejo pueblo desde hace veinte años —dijo el hombre—. Imagino que no habrá cambiado mucho.

—Los sitios viejos no cambian mucho —dijo Paul con desprecio.

martes, 17 de mayo de 2016

Segmento brillante, Theodore Sturgeon


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Nunca había tenido a una chica en sus brazos. No estaba aterrorizado; ya había gastado todo ese sentimiento cuando la entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda de una patada, mientras oía el continuo gotear de la sangre de su falda empapada, y antes de eso, al creer que estaba muerta allí, junto al bordillo, y también cuando ella emitió aquel sonido, suspiro o gemido que parecía un susurro. La había llevado a su habitación y al ver toda aquella sangre, se volvió hacia la izquierda, y luego hacia la derecha y la dejó en el suelo, con una confusión absoluta en su mente, y sus sienes latiendo a causa de aquel ejercicio desacostumbrado. La única guía que tenía para sus acciones era No dejes que caiga sangre encima del cubrecama. Encendió la luz del techo, y, por un instante, se quedó inmóvil, parpadeando y respirando con fuerza; de repente, saltó hacia la ventana para bajar la persiana y protegerse de la luz de la calle, que parecía mirarle, y de todos los demás ojos posibles. Vio como sus manos se alargaban hacia la persiana y detuvo su gesto: estaban rojas, preparadas para teñir cuanto rozara con ellas. Emitió un sonido que una parte alejada de su mente reconoció como el duplicado exacto de aquel murmullo agónico que ella había emitido en la oscura y húmeda calle; entonces, saltó hacia el interruptor de la luz, y observó el manchón rojizo que había ya en él, a sabiendas de que, al pasar su mano sobre él, estaba dejando otro. Tambaleándose, se dirigió hacia la pileta del rincón y se lavó las manos, una y otra vez; cada cinco o seis segundos, miraba el cuerpo de la chica por encima de su hombro y aquel grueso y aplastado dedo de sangre que se arrastraba hacia él, por encima del linóleo.

Ya había recuperado el aliento y se dirigió hacia la ventana. Bajó la persiana, y cerró las cortinas; después, examinó tanto los lados como el suelo para asegurarse de que no quedaban rendijas. Sumido en la negrura más completa, avanzó a tientas hasta la otra pared, siguiendo los contornos del linóleo, y volvió a encender la luz. El dedo de sangre se había convertido en un tentáculo que se dirigía hacia los poco sólidos tablones del suelo, hambrientos de pintura. Se hizo con una esponja de plástico que había en la mesa esmaltada junto al hornillo y la dejó caer sobre la punta del tentáculo, la que buscaba los tablones. En ese momento, se sintió complacido porque aquello había dejado de ser una criatura que se movía hacia él, sólo era algo que había caído al suelo y que se podía limpiar.

Quitó el cubrecama y lo colgó en la metálica cabecera del lecho. Cogió sus dos manteles de plástico, el que había en el armario de la vajilla y el que tenía en el cajoncito de la mesa plegable. Cubrió la cama con ellos, dejando que rozaran el suelo, y luego se quedó un momento parado, meciéndose hacia atrás y hacia adelante, lleno de preocupación, al tiempo que se daba tironcitos del labio inferior con el pulgar y el índice. «Hazlo bien —se dijo a sí mismo con firmeza—. ¿Que se muere antes de que lo hayas hecho? No importa, hazlo bien.»

viernes, 2 de octubre de 2015

Repirador de éter, Theodore Sturgeon



Era “La Concha”. Tenía que haber sido “La Concha”. La escribí primero como relato corto y la rechazaron. Luego la convertí en novela corte, y después en una novela. Luego en un ultracorto. A continuación en un episodio de tres líneas. Y seguía sin venderlo. Reescribir “La Concha” se convirtió en una especia de fetiche. Tras una temporada, los editores se acostumbraron tanto a ella que la rechazaban nada más verla. Yo tenía suficientes cartas de rechazo como para empapelar todas las habitaciones de mi casa. Así que cuando vendí…bueno, fue casi como la muerte de un amigo. No me gustó perderla.

Entonces era una obra de teatro, pero no había cambiado mucho. Seguía siendo la misma historia blanda sobre una pareja de niños que crecen y se encuentran sólo tres veces a medida que pasan los años, y una pequeña concha que pasa de mano en mano cada vez que se encuentran. La trama, si es que la tenía, no importa mucho. Los diálogos eran…bueno, blandos. Ingenuos. Nada sofisticados. Muy agradables, y prácticamente imposibles de vender. Pero llamó la atención a un joven redactor de la Associated Television Inc., que estaba buscando algo de esa especia, que pudiera ser catalogado como “artístico”; algo que no requiriera mucho esfuerzo mental por parte de la audiencia, para que pudiera relajarse y apreciar la nueva técnica polícroma de la retransmisión. Ya saben: blando.

Mientras me recostaba en mi viejo sillón-reliquia aquella noche y contemplaba la versión de mi hijo retrasado, tuve que admirar la forma en que la había adaptado. Aquella “Concha”, en la pantalla, era casi buena. Era muy adecuada para la ocasión. Era un programa patrocinado por una casa de perfumes y se trataba de conseguir que la nueva transmisión en color fuera un medio publicitario. Me gustaron los dos primeros actos. Fue en el intermedio, al cabo de media hora, cuando recibí la primera patada en la espinilla. Era una pausa de dos minutos para emitir el anuncio.

Una pareja alta y elegante estaba sentada en unas escalinatas de mármol, en un decorado salón de un teatro. Y ella le dice a él:

-¿Qué le parece la obra, señor Robinson?

Y él le dice a ella:

-Apesta.

Exactamente así. Como cualquier otro espectador, estoy acostumbrado a no prestar ninguna atención a los anuncios. Per ése me hizo saltar de la silla. Después de todo, era mi obra, aunque fuera “La Concha”. No podían hacerme eso.

Pero la muchachita sonriente que aparecía en la pantalla del televisor parecía no tenerlo muy en cuenta. Dijo suavemente:

-Eso me parece a mí también.

Él la miró melosamente a los ojos.

-¿Qué perfume usa, querida? –preguntó.

-Doux Rêves, de Berbelot. ¿Qué le parece?

-Ya ha oído lo que opino de la obra.

No esperé a que terminara el anuncio, la identificación de la emisora y el acto tercero. Corrí al videófono y marqué el número de la Associated. Estaba echando chispas.