lunes, 19 de octubre de 2015

El infierno de los espejos, Edogawa Rampo



Kan Tanuma es uno de los amigos más extraños que he tenido nunca. Desde el principio sospeché que sufría algún tipo de desequilibrio mental. Hay quien lo consideraría poco más que un excéntrico, pero yo estoy convencido de que se trataba de un lunático. Sea como fuere, tenía una obsesión, una pasión por todo lo que pudiera reflejar una imagen, así como por cualquier clase de lente. Incluso cuando no era más que un niño, los únicos juguetes con los que se divertía eran faroles mágicos, celescopios, cristales de aumento, caleidoscopios, prismas y objetos similares.

Puede que esta extraña obsesión de Tanuma fuera hereditaria, ya que a su bisabuelo Moribe también se le conocía la misma afición. Prueba de ello es la colección de objetos (artículos de cristal y telescopios primitivos, además de libros antiguos sobre temas afines) que el tal Moribe había obtenido de los primeros mercaderes holandeses llegados a Nagasaki. Sus descendientes los fueron heredando hasta que terminaron en manos del último de ellos, mi amigo Tanuma.

Aunque los episodios relacionados con la obsesión de Tanuma por espejos y lentes en su infancia son casi infinitos, los que recuerdo con más nitidez tuvieron lugar en el último tramo de su estancia en el instituto, cuando se sumió por completo en el estudio de la física, sobre todo de la óptica.

Un día, mientras estábamos en clase (Tanuma y yo éramos compañeros de curso en el mismo colegio), el profesor pasó entre los alumnos un espejo cóncavo y nos invitó a todos a observar los reflejos de nuestras caras en él. Cuando me tocó a mí retrocedí horrorizado, ya que los numerosos granos purulentos de mi rostro, aumentados varias veces por aquel objeto, eran idénticos a los cráteres de la luna vistos a través del telescopio gigante de un observatorio astronómico. Quizá sea el momento de decir que siempre había sido sensible en extremo acerca de la gran cantidad de granos que tenía en la cara, tanto que la impresión que sufrí en aquella ocasión me provocó auténtica fobia a mirarme en ese tipo de espejos cóncavos. En una ocasión, poco después del incidente mencionado, fui de visita a una exposición de ciencias, pero en cuanto descubrí a lo lejos la presencia de un inmenso espejo cóncavo di media vuelta y me alejé presa del pánico.

Tanuma, por el contrario, tuvo una reacción opuesta a la ocasionada por mi acusada sensibilidad, y en cuanto vio el espejo cóncavo que llevaron a clase dejó escapar un agudo chillido de alegría. -Maravilloso…, maravilloso- gritó entre las carcajadas del resto de los estudiantes.

Sin embargo, para Tanuma no era ninguna broma, más bien se trataba de un asunto muy serio. A partir de entonces creció tanto su afición por los espejos cóncavos que no dejaba de comprar todo tipo de materiales útiles para sus fines: alambre, cartón, espejos y objetos por el estilo. Con ellos comenzó a construir, como si fuera un niño travieso, diversas cajas mágicas infernales para las que se sirvió de los muchos libros que había ido adquiriendo, todos ellos dedicados al arte de la magia científica.

Tras acabar el instituto, Tanuma no mostró ninguna intención de continuar con su carrera académica. En su lugar, con el dinero que le proporcionaban unos padres generosos y poco exigentes, construyó un pequeño laboratorio en un rincón de su jardín. Y dedicó todo su tiempo y sus esfuerzos a aquella obsesión por los instrumentos ópticos.

Terminó aislándose del todo en su extraño laboratorio, y yo era el único amigo que le visitaba de vez en cuando, ya que los demás lo habían dejado de lado a causa de su creciente excentricidad. Cada una de mis visitas me hacía preocuparme más y más con respecto a su anormal forma de actuar, y es que me parecía evidente que su enfermedad iba de mal en peor.

Por aquella época murieron sus padres y recibió una magnífica herencia. Al verse libre de cualquier tipo de supervisión, y con fondos de sobra para satisfacer hasta el último de sus caprichos, su irresponsabilidad fue en aumento. Al mismo tiempo, como ya tenía veinte años, comenzó a mostrar un acusado interés por el sexo opuesto. Esta inclinación se mezcló con la mórbida obsesión por la óptica, y ambas se constituyeron en una poderosa fuerza que lo dominó por completo.

Lo primero que hizo con su herencia fue construir un pequeño observatorio que equipó con un telescopio astronómico para explorar los misterios de los planetas. Como su vivienda se hallaba situada en alto, se trataba de un lugar idóneo para aquella finalidad.
Pero a él no le bastaba con una ocupación tan inocua. No tardó en dirigir el telescopio hacia la tierra y enfocar con su lente las casas de los alrededores. Ni los cercados ni otras barreras eran un obstáculo para él, ya que el observatorio estaba en un punto muy elevado.

Los ocupantes de los hogares circundantes, que no tenían la más mínima sospecha de que los ojos curiosos de Tanuma los espiaban a través de un telescopio, hacían su vida sin preocupación alguna y dejaban las puertas correderas de papel abiertas de par en par. La consecuencia fue que la exploración secreta de la vida privada de los vecinos proporcionó a Tanuma un placer hasta entonces desconocido. Una noche tuvo el detalle de invitarme para que echase un vistazo, pero lo que vi me hizo enrojecer de vergüenza y me negué a volver a participar en esa actividad.

Poco después instaló un tipo especial de periscopio, que le proporcionaba una completa vista de las habitaciones de sus numerosas sirvientas mientras él estaba sentado en el laboratorio. Ignorantes de este hecho, las criadas se comportaban con toda libertad en sus dependencias privadas.

Uno de los episodios de aquellos días, que aún no he logrado alejar de mi pensamiento, tuvo como protagonistas a los insectos. Tanuma empezó a estudiarlos con un pequeño microscopio y disfrutaba como un niño observando tanto sus peleas como sus apareamientos. Tuve la desgracia de presenciar una terrible escena: la de una pulga aplastada. Fue una visión realmente cruenta, ya que, aumentada mil veces, parecía un enorme jabalí debatiéndose en un charco de sangre.

Más adelante fui a visitar a Tanuma una tarde y llamé a la puerta del laboratorio, pero no respondió. Por lo tanto, como era mi costumbre, entré sin darle mayor importancia. El interior estaba totalmente a oscuras porque unas cortinas negras cubrían las ventanas. Y entonces, de pronto, en el inmenso muro que había delante de mí apareció un objeto indescriptible y borroso, de un tamaño tan monstruoso que ocupaba todo el espacio. Fue tal el susto que me quedé paralizado.

Poco a poco la «cosa» de la pared fue adquiriendo un aspecto más definido. La primera forma que se pudo percibir fue la de un pantano repleto de maleza oscura. Debajo había dos enormes ojos del tamaño de tinas de lavar, con unas pupilas de color marrón que centelleaban de un modo horrible, mientras que por los lados fluían diversos ríos de sangre sobre una blanca meseta. Luego había dos grandes cuevas de las que parecían surgir los enmarañados extremos de grandes escobas. Se trataba, por supuesto, de los pelos que crecían en las cavidades de una nariz gigantesca. Después venían dos gruesos labios, similares a voluminosos cojines de color carmesí; y se movían sin cesar, dejando a la vista dos filas de dientes blancos cuyas proporciones se hallaban próximas a las de las tejas de la cubierta de una casa.

Era la imagen de un rostro humano. Tuve la vaga sensación de que, a pesar de su grotesco tamaño, era capaz de reconocer los rasgos que lo conformaban.

En ese preciso instante oí que alguien me hablaba: -¡No tengas miedo! ¡Soy yo!- La voz me produjo un nuevo sobresalto, ya que los abultados labios se movían al mismo tiempo que surgían las palabras, y los ojos daban la sensación de sonreír.

De repente, sin previo aviso, la habitación se llenó de luz y la visión de la pared se desvaneció. Casi de modo simultáneo apareció Tanuma desde detrás de una cortina en la parte trasera de la estancia.

Se acercó a mí con una sonrisa maliciosa y, presa de un orgullo infantil, exclamó:
-¿Acaso no ha sido un magnífico espectáculo?- Mientras yo seguía inmóvil e incapaz de hablar, estupefacto aún, me explicó que lo que acababa de ver era la imagen de su propia cara proyectada sobre la pared gracias a un estereopticón que había diseñado especialmente para el rostro humano.

Unas semanas después inició un nuevo experimento. En esta ocasión construyó una pequeña habitación dentro del laboratorio y revistió el interior de espejos. Las cuatro paredes, así como el suelo y el techo, eran espejos. Por lo tanto, cualquiera que entrase allí se vería enfrentado con los reflejos de todas y cada una de las porciones de su cuerpo; y, como los seis espejos se reflejaban unos a otros, las imágenes se multiplicaban y se volvían a multiplicar ad infinitum. Tanuma nunca llegó a explicar qué se proponía al instalar aquella sala. Pero sí recuerdo que una vez me invitó a entrar en ella. Lo rechacé de plano, ya que me aterrorizaba solo pensarlo. Sin embargo, según los sirvientes de Tanuma, este solía introducirse en la «cámara de los espejos» con Kimiko, su criada favorita, una exuberante chica de dieciocho años, con el objeto de gozar de los placeres ocultos de la región de los espejos.

Los criados también me dijeron que, en otros momentos, entraba solo en la cámara y permanecía allí durante muchos minutos, con frecuencia incluso una hora. En una ocasión estuvo tanto tiempo dentro que los sirvientes llegaron a asustarse. Uno de ellos reunió el valor suficiente y llamó a la puerta. Tanuma salió dando un salto, desnudo por completo, y, sin ofrecer una sola explicación, desapareció en su propio dormitorio.

Llegados a este punto, sería necesario mencionar que la salud de Tanuma se deterioraba con gran rapidez. Por otro lado, su obsesión con respecto a los instrumentos ópticos crecía sin cesar. No dejaba de colocar cada vez más espejos de todas las formas y descripciones posibles (cóncavos, convexos, estriados, prismáticos) así como modelos híbridos que daban lugar a proyecciones absolutamente distorsionadas. Al final, no obstante, alcanzó un punto en que ya no le fue posible hallar ninguna satisfacción a no ser que él mismo fabricara sus propios espejos. De ahí que instalara una planta de tratamiento de vidrio en su amplio jardín, y allí, con la ayuda de un selecto equipo de técnicos y operarios, comenzó a producir todo tipo de espejos fantásticos. No había ningún familiar que pudiera frenar aquella disparatada labor, y los pingües salarios que pagaba a sus criados le aseguraban una completa obediencia. Llegué a la conclusión de que era yo quien tenía la obligación de convencerle para que dejara de derrochar una fortuna que menguaba a toda velocidad. Pero Tanuma no me escuchó.

A pesar de todo, yo estaba decidido a seguir vigilándolo porque temía que perdiera la razón por completo, y por consiguiente lo visitaba con gran frecuencia. Y en cada una de las ocasiones en que lo hice pude comprobar que había fabricado un ejemplo aún más insensato que el anterior para su orgía de espejos.

Una de las cosas que hizo fue cubrir una pared entera del laboratorio con un espejo gigante. Luego abrió cinco agujeros en él; después se dedicó a sacar los brazos, las piernas y la cabeza por los agujeros desde detrás del espejo, creando así la asombrosa ilusión de un cuerpo carente de tronco que flotaba en el espacio.

En otras ocasiones hallaba el laboratorio en un estado de completo desorden, debido a la variedad de espejos con formas y tamaños fantásticos que allí se amontonaban (estriados, cóncavos y convexos sobre todo), y a él lo veía bailando en medio de aquel caos, totalmente desnudo, como si de un primitivo oficiante de ritos paganos o de un hechicero se tratase. Siempre que contemplaba aquellas escenas sentía escalofríos, ya que el reflejo de su cuerpo desnudo haciendo desbocadas piruetas se distorsionaba y serpenteaba dando lugar a mil variantes distintas. Unas veces se veía una cabeza doble con unos labios hinchados de proporciones inmensas; otras, su vientre se abultaba y se elevaba para, acto seguido, volver a quedar plano; hacía girar los brazos hasta que estos se multiplicaban como los de las antiguas estatuas budistas chinas. El caso es que, en esos momentos, el laboratorio se transformaba en un purgatorio de fenómenos asombrosos.

A continuación instaló un caleidoscopio gigante que parecía ocupar la totalidad del laboratorio. Un motor lo hacía girar, y con cada rotación del inmenso cilindro los colosales modelos de flores de su interior cambiaban de forma y de color (rojo, rosa, púrpura, verde, bermellón, negro), al igual que las flores del sueño de un adicto al opio. Y el propio Tanuma entraba a rastras en el cilindro y dentro bailaba como un demente entre las flores, con su cuerpo totalmente desnudo y sus miembros multiplicándose como los pétalos hasta que daba la impresión de que formaba parte del mundo floral del caleidoscopio.

Tampoco terminó ahí su locura: todo lo contrario. Sus fantásticas creaciones eran cada vez más numerosas y cada una de ellas superaba las proporciones de la anterior. Más o menos hasta entonces yo había creído que aún seguía relativamente cuerdo; pero al final tuve que admitir que había perdido la cabeza por completo. Y muy poco después llegó
el terrible y trágico clímax de esta historia.

Una mañana me despertó de repente un mensajero procedente de la casa de Tanuma.

—¡Ha ocurrido algo terrible! ¡La Srta. Kimiko quiere que venga usted inmediatamente! —gritó el mensajero, blanco como una hoja de papel de arroz.

—¿Qué sucede? —pregunté mientras me vestía a toda prisa.

—Aún no lo sabemos —exclamó el criado—. Pero, por el amor de Dios, ¡venga conmigo ahora mismo!

Traté de obtener más información del sirviente, pero se expresaba de un modo tan incoherente que me di por vencido y fui lo más rápido que pude al laboratorio de Tanuma.

Al entrar en aquel inquietante lugar, la primera persona a la que vi fue a Kimiko, la atractiva camarera que Tanuma había convertido en su amante. Junto a ella había varias criadas más, todas ellas apiñadas y observando llenas de horror el gran objeto esférico que descansaba en el centro de la sala.

La esfera era más o menos el doble de grande que los balones que suelen emplear los payasos del circo para hacer equilibrios. El exterior estaba completamente cubierto con un paño blanco. Lo terrorífico era que aquella esfera no dejaba de rodar lenta e inopinadamente, como si estuviese viva. Lo peor, sin embargo, era el extraño eco que surgía del interior del balón, un sonido similar a la risa, una risa que parecía salir de la garganta de una criatura de otro mundo.

—¿Qué…? ¿Qué ocurre? ¿Se puede saber qué está pasando? —pregunté al atónito grupo.

—No…, no lo sabemos —respondió una de las criadas con aire ausente—. Creemos que nuestro patrón está ahí dentro. Pero no podemos hacer nada. Hemos llamado varias veces y no hay respuesta, salvo esa misteriosa risa que usted está oyendo ahora.

Tras escuchar estas palabras, me acerqué a la esfera con cuidado para tratar de descubrir cómo salían aquellos sonidos de ella. No tardé en hallar varios orificios de ventilación. Miré por uno de los pequeños agujeros hacia el interior, pero no pude ver nada con claridad porque me lo impidió una brillante y cegadora luz. Sin embargo, de algo estaba seguro: ¡allí había una criatura encerrada!

—¡Tanuma! ¡Tanuma! —grité varias veces, pegando la boca al agujero. Pero lo único que oí fue otra vez aquella extraña risotada.

No sabía qué hacer y, por unos instantes, me quedé mirando dubitativo el movimiento de la bola. Entonces, de pronto, vi las finas líneas que delimitaban un plano en la lisa superficie exterior. Me di cuenta de inmediato de que se trataba de la puerta por la que se accedía al interior de la esfera. -Pero, si es una puerta, ¿dónde está el tirador para abrir?-, me pregunté. Examiné la puerta con atención y encontré un pequeño agujero que, con toda seguridad, había servido para alguna clase de manilla.

Al ver aquello me asaltó un terrible pensamiento. -Es bastante posible-, pensé, -que el tirador se haya salido de forma accidental y que, por tanto, quienquiera que esté en el interior haya quedado atrapado en la esfera. En ese caso, esa persona debe de haber pasado toda la noche dentro sin poder salir.-

Busqué por el suelo del laboratorio y enseguida hallé una manilla con forma de T. Intenté introducirla en el hueco que había visto, pero no lo logré, ya que la barra estaba rota.

No conseguía entender por qué demonios el hombre que estaba en el interior (si es que de un hombre se trataba) no gritaba pidiendo ayuda en lugar de reírse sin parar. –Quizá-, recordé de pronto con miedo, -Tanuma está ahí dentro y se ha vuelto loco de atar.-

Decidí al instante que solo había una solución. Me dirigí a toda prisa al taller de cristal, cogí un martillo grande y volví al laboratorio sin perder un segundo. Apunté Cuidadosamente y, con todas mis fuerzas, golpeé aquel globo con el martillo. Di una y otra vez en el extraño objeto hasta que terminó siendo poco más que un amasijo de gruesos fragmentos de vidrio.

El hombre que salió arrastrándose de los escombros no era otro que Tanuma. Pero estaba casi irreconocible debido a la transformación que había sufrido. Tenía el rostro flácido y descolorido, sus ojos vagaban sin rumbo fijo, el pelo era una pura maraña, la boca la mantenía abierta y la saliva le caía en delgados y espumosos chorros. Toda su expresión hacía pensar en un maníaco desquiciado por completo.

Incluso Kimiko retrocedió con horror tras ver aquella monstruosidad de hombre. No hace falta decir que Tanuma se había vuelto totalmente loco.

—Pero ¿cómo ha llegado a ocurrir esto? —me pregunté—. ¿Acaso estar encerrado dentro de esa esfera de cristal es motivo suficiente para que haya perdido la cabeza? Además, lo primero que habría que saber es por qué la ha construido.

Aunque pregunté a los criados que seguían apiñados cerca de mí, no fui capaz de sacar nada en claro, porque todos juraban que no sabían siquiera de la existencia de aquel globo.

Tanuma, sin dejar de sonreír, comenzó a moverse por la estancia como si no tuviera la más mínima idea de dónde se hallaba. Kimiko se recuperó del susto inicial haciendo un gran esfuerzo y, entre lágrimas, empezó a darle tironcitos en las mangas. En ese preciso instante se presentó el ingeniero jefe del taller para iniciar la jornada de trabajo.

Hice caso omiso de su desconcierto por lo que estaba viendo y empecé a lanzarle preguntas sin cesar. Aquel hombre estaba tan perplejo que apenas si era capaz de responder tartamudeando. Pero esto es lo que me dijo:

Hacía ya bastante tiempo que Tanuma le había encargado que construyera aquella esfera de cristal. Tenía un grosor de más de un centímetro y un diámetro aproximado de un metro veinte. Para hacer del interior un espejo de una sola pieza, Tanuma ordenó a los obreros y a los ingenieros que cubrieran de azogue el exterior del globo; después colocaron por encima varias capas de paño de algodón. El diseño del interior permitía la existencia de pequeñas cavidades dispersas que actuaban como receptáculos para unas bombillas empotradas. También había una puerta de entrada para un hombre de envergadura normal.

Ingenieros y operarios desconocían por completo el propósito de aquel objeto, pero las órdenes eran las órdenes y, por tanto, habían llevado a cabo la tarea encomendada. Por fin, la noche anterior quedó terminado el globo, con el añadido de un cable eléctrico de gran longitud ajustado de forma precisa a un enchufe que se hallaba en la cubierta, y lo llevaron al laboratorio tomando todas las precauciones posibles. Conectaron el cable a un enchufe situado en la pared y se marcharon, dejando a Tanuma a solas con la esfera. Lo que sucedió después, por supuesto, lo ignoraban.

Tras escuchar el relato del ingeniero jefe, le pedí que saliera. Luego dejé a Tanuma al cuidado de los criados, que lo llevaron a su casa propiamente dicha, y me quedé solo en el laboratorio con la vista fija en los fragmentos de cristal desperdigados por la sala, tratando desesperadamente de resolver el misterio de todo aquel asunto.

Así permanecí durante bastante tiempo, reflexionando acerca del enigma. Al final llegué a la conclusión de que Tanuma, una vez agotadas todas las ideas nuevas con respecto a sus obsesiones ópticas. Había decidido construir un globo de cristal completamente cubierto por un espejo para introducirse en él y contemplar su propio reflejo.

¿Por qué iba a volverse loco un hombre al entrar en un globo de cristal revestido por un espejo? ¿Qué demonios había visto allí? Mientras por la cabeza se me pasaban estas ideas, tenía la sensación de que me habían clavado en la espina dorsal una espada de hielo.

¿Perdió la cabeza al verse a sí mismo reflejado por un espejo absolutamente esférico? ¿O su cordura fue desapareciendo poco a poco tras descubrir de pronto que se hallaba atrapado dentro de su horrible y redondo ataúd de vidrio…, junto con «aquel» reflejo?

¿Qué había visto?, me volví a preguntar. Tenía que ser algo que escapaba por completo a la imaginación humana. Nadie, casi con toda seguridad, se había encerrado antes dentro de los confines de una esfera forrada con un espejo. Ni siquiera un experto físico podría haber adivinado con exactitud qué tipo de visión se crearía en el interior de aquella esfera. Lo más probable es que se tratase de algo tan impensable que quedara totalmente al margen de nuestro mundo.

Aquel reflejo, fuese cual fuese su apariencia, debió de ser tan extraño y terrorífico al ocupar todo el campo de visión de Tanuma, que cualquier mortal sometido a él se hubiera vuelto loco.

Lo único que conocemos es el reflejo producido por un espejo cóncavo, que a su vez no es más que la sección de una esfera. El enorme aumento a que da lugar es de una naturaleza monstruosa. Pero ¿quién puede imaginar lo que llegaría a ver alguien rodeado por una sucesión completa de espejos cóncavos?

Mi desventurado amigo, no cabe duda, había intentado explorar las regiones de lo desconocido, violando así tabúes sagrados y provocando la ira de los dioses. Al tratar de penetrar en los secretos dominios del conocimiento prohibido, con su extraña obsesión por los fenómenos ópticos, se había destruido a sí mismo.

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