lunes, 1 de agosto de 2016

El programa en doce pasos de Godzilla, Joe R. Lansdale

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UNO: TRABAJO HONESTO

Godzilla, rumbo a su trabajo en la fundidora, pasa junto a un alto edificio que parece estar hecho principalmente de cobre brillante y vidrio oscuro que refleja el sol. Observa su propia imagen en los vidrios y recuerda los viejos tiempos. Se pegunta qué se sentirá pisar el edificio, escupirle fuego, besar las ventanas hasta oscurecerlas con su aliento ardiente, y después bailar en éxtasis sobre las ruinas humeantes.

Un día a la vez, se dice. Un día a la vez.

Godzilla se obliga a concentrarse en el edificio. Sigue caminando. Llega a la fundidora. Se pone su caso protector. Dirige su aliento flamígero hacia el gigantesco tanque lleno de partes usadas de carro, y las convierte en metal fundido. El metal escurre a través de las tuberías hacia los nuevos moldes para hacer nuevas partes de automóviles. Puertas. Techos. Etcétera.

Godzilla siente que parte de la tensión ha sido liberada.

DOS: RECREACIÓN

Al salir del trabajo, Godzilla se mantiene alejado del centro de la ciudad. Se siente tenso. Siempre ha sido difícil dejar de escupir fuego después del trabajo. Se dirige al CENTRO DE RECREACIÓN PARA MONSTRUOS GIGANTES.

Ahí está Gorgo. Como siempre, borracha con agua aceitosa de mar. Gorgo habla sobre el pasado. Así es ella. Siempre el pasado.

Salen al patio trasero y utilizan su aliento en los desechos depositados diariamente. Kong anda por ahí. Borracho como un chango. Está jugando con Barbies. Es lo único que hace. Al final, mete las Barbies en el bolsillo de su saco, se apoya en su andadera y se tambalea, alejándose de Gorgo y Godzilla.

miércoles, 15 de junio de 2016

La silla humana, Edogawa Rampo


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YOSHIKO vio a su marido partir hacia su puesto de trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores poco después de las diez. Ya que una vez más disponía de su propio tiempo con entera libertad, se encerró en el estudio que compartía con su esposo para retomar el relato que tenía intención de remitir al número especial de verano de la revista K-.

Era una autora versátil de gran talento literario y de estilo fluido y sencillo. Incluso la popularidad de su marido como diplomático se veía eclipsada por la suya como escritora.

Los lectores la abrumaban a diario con cartas que elogiaban sus obras. De hecho, aquella misma mañana, en cuanto se hubo sentado ante el escritorio, echó una rápida ojeada a las numerosas misivas que habían llegado con el correo matinal. El contenido de todas seguía las mismas pautas sin excepción, pero, acuciada por un profundo sentido del respeto típicamente femenino, ella siempre leía cada una de ellas sin importarle que fueran o no interesantes.

En primer lugar se dedicó a las cartas más breves, que no le llevaron mucho tiempo. Por último se encontró con una que consistía en un voluminoso montón de páginas con apariencia de manuscrito. A pesar de que nadie le había avisado de un envío de esa índole, lo cierto es que no le resultaba extraño que escritores aficionados le enviaran sus relatos solicitando su apreciada opinión. En la mayoría de los casos se trataba de tentativas largas y absurdas que no incitaban más que al bostezo. No obstante, abrió el sobre que tenía en la mano y sacó las numerosas hojas de apretada escritura que contenía.

Tal y como había intuido, se trataba de un manuscrito que, por otra parte, estaba cuidadosamente dispuesto. Sin embargo, por alguna razón desconocida, no llevaba título ni firma. Comenzaba de forma brusca:

martes, 17 de mayo de 2016

Segmento brillante, Theodore Sturgeon


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Nunca había tenido a una chica en sus brazos. No estaba aterrorizado; ya había gastado todo ese sentimiento cuando la entró en la habitación y cerró la puerta a su espalda de una patada, mientras oía el continuo gotear de la sangre de su falda empapada, y antes de eso, al creer que estaba muerta allí, junto al bordillo, y también cuando ella emitió aquel sonido, suspiro o gemido que parecía un susurro. La había llevado a su habitación y al ver toda aquella sangre, se volvió hacia la izquierda, y luego hacia la derecha y la dejó en el suelo, con una confusión absoluta en su mente, y sus sienes latiendo a causa de aquel ejercicio desacostumbrado. La única guía que tenía para sus acciones era No dejes que caiga sangre encima del cubrecama. Encendió la luz del techo, y, por un instante, se quedó inmóvil, parpadeando y respirando con fuerza; de repente, saltó hacia la ventana para bajar la persiana y protegerse de la luz de la calle, que parecía mirarle, y de todos los demás ojos posibles. Vio como sus manos se alargaban hacia la persiana y detuvo su gesto: estaban rojas, preparadas para teñir cuanto rozara con ellas. Emitió un sonido que una parte alejada de su mente reconoció como el duplicado exacto de aquel murmullo agónico que ella había emitido en la oscura y húmeda calle; entonces, saltó hacia el interruptor de la luz, y observó el manchón rojizo que había ya en él, a sabiendas de que, al pasar su mano sobre él, estaba dejando otro. Tambaleándose, se dirigió hacia la pileta del rincón y se lavó las manos, una y otra vez; cada cinco o seis segundos, miraba el cuerpo de la chica por encima de su hombro y aquel grueso y aplastado dedo de sangre que se arrastraba hacia él, por encima del linóleo.

Ya había recuperado el aliento y se dirigió hacia la ventana. Bajó la persiana, y cerró las cortinas; después, examinó tanto los lados como el suelo para asegurarse de que no quedaban rendijas. Sumido en la negrura más completa, avanzó a tientas hasta la otra pared, siguiendo los contornos del linóleo, y volvió a encender la luz. El dedo de sangre se había convertido en un tentáculo que se dirigía hacia los poco sólidos tablones del suelo, hambrientos de pintura. Se hizo con una esponja de plástico que había en la mesa esmaltada junto al hornillo y la dejó caer sobre la punta del tentáculo, la que buscaba los tablones. En ese momento, se sintió complacido porque aquello había dejado de ser una criatura que se movía hacia él, sólo era algo que había caído al suelo y que se podía limpiar.

Quitó el cubrecama y lo colgó en la metálica cabecera del lecho. Cogió sus dos manteles de plástico, el que había en el armario de la vajilla y el que tenía en el cajoncito de la mesa plegable. Cubrió la cama con ellos, dejando que rozaran el suelo, y luego se quedó un momento parado, meciéndose hacia atrás y hacia adelante, lleno de preocupación, al tiempo que se daba tironcitos del labio inferior con el pulgar y el índice. «Hazlo bien —se dijo a sí mismo con firmeza—. ¿Que se muere antes de que lo hayas hecho? No importa, hazlo bien.»