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domingo, 7 de agosto de 2016

Historia de los dos que soñaron, cuento árabe


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Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:

-Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.

A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:

-¿Quién eres y cuál es tu patria?

El hombre declaró:

-Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.

El juez le preguntó:

-¿Qué te trajo a Persia?

El hombre optó por la verdad y le dijo:

-Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

El juez echó a reír.

-Hombre desatinado -le dijo-, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín. Y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.

El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó.

sábado, 5 de marzo de 2016

El ser más poderoso del mundo, cuento hindú


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Un mago de la India pasaba cierta hermosa tarde por la orilla del río Ganges, el gran río sagrado de los brahmanistas y budistas. De repente oyó fuerte aleteo sobre su cabeza y, movido por la curiosidad, alzó la mirada y vio un búho que llevaba un ratoncito en el pico.

El mago prorrumpió en grandes gritos y agitó los brazos para asustar al búho; éste dejó caer, en efecto, al ratoncito, que quedó en el suelo como muerto. El mago lo recogió, lo curó, y después, usando su poder mágico lo convirtió en una lindísima jovencita. La contempló con agrado y le habló de esta suerte:

-Vamos, mi linda niña, ¿a quién desearías como esposo? Dime tu pensamiento, pues mi poder es grande y no hay duda de que alcanzaré a satisfacer tus aspiraciones. La joven, que ya no se acordaba de su humilde estado anterior, exclamó:

-Quiero por marido al ser más poderoso del universo.

Esta respuesta no satisfizo mucho al mago, que era hombre sencillo y de apacibles sentimientos; pero como también era fiel a su palabra, se dispuso a cumplir los deseos de su ahijada.

-El sol -dijo-, es el ser más poderoso del universo. Es la luz del mundo y el calor de la vida. Será tu esposo.

Y volviéndose hacia el astro bienhechor, que en aquel momento resplandecía en medio de los cielos, le suplicó que aceptara la mano de la joven. Mas he aquí que el sol, que había escuchado toda la plática, respondió:

-Con gusto me casaría con la joven, pues es muy bonita, pero no soy el más poderoso. ¿Cómo puedo serlo, si una nube ligera puede eclipsarme y dejarme en la sombra?

Y pronto quedó probado, porque en aquel instante pasó una nube y oscureció al sol.

Entonces el mago pidió a la nube que se casara con su ahijada, pero la nube respondió:

-Con mucho gusto lo haría, pues es muy bonita; mas tampoco soy el ser más poderoso de mundo. El viento me arrastra y me lleva de un lado a otro, sin que yo pueda resistir a su voluntad.

Iba el mago a ofrecer al viento la mano de la muchacha, cuando observó que se estrellaba contra una poderosa montaña, rugiendo furiosamente, y no la movía ni una pulgada; por lo cual ofreció su ahijada a la montaña, recibiendo esta sorprendente respuesta:

-¿Dónde está mi poder? Sólo tengo resistencia inerte. Las tormentas se disipan en su golpe violento contra mí, pero soy incapaz de obrar; no puedo moverme; nada puedo hacer.

Aquel ratoncito que excavó su madriguera a mis pies es más fuerte que yo, puesto que no puedo impedirle que roa mis entrañas para hacer en ellas su vivienda.

El mago se maravilló del resultado de su búsqueda; pero luego comprendió que cada ser tiene una fuerza superior, que es la fuerza de su propia naturaleza. Entonces devolvió a la joven su condición natural, y como vio que era un ratoncito hembra, llamó al ratón que había labrado su casa en la montaña, para que ambos formaron un matrimonio feliz, que al fin y al cabo era lo que él deseaba.

lunes, 29 de febrero de 2016

La culebra, cuento tradicional mexicano


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Todo el día en San Miguel Tejocote se oye el cocoroco de las gallinas, el coin coinc de los puercos y el jijay jijay de los asnos. Pero no siempre fue así. Antes, en San Miguel Tejocote las personas y los animales hablaban el mismo idioma. Creo que antes todos los días eran como una fiesta en donde todos hablaban a la vez.

¿No sería bueno dijo un niño a don Paciano que yo pudiera hablar con un chichiton (perro) o con mi mizton (gato), o hasta con los animales del bosque, el tochtli (conejo), o mazatl (venado) que todas las tardes baja a beber agua? ¿No sería bueno feo?

Sí, porque aprenderías mucho de ellos le dijo don Paciano. Cuando hablaban con los animales, los niños eran más listos que ahora. Entonces, por ejemplo, los niños no pedían dinero a cambio de alguna ayuda; no se ponían exigentes ni caprichudos. Coatl, la culebra, les enseño eso a las gentes.

¿La culebra?

Esa mera dijo don Paciano, y les voy a contar como estuvo la cosa. Sucedió que un campesino araba la tierra, cuando oyó que alguien gritaba desde la otra orilla de su milpa. ¡Auxilio! ¡Auxilioooooooooooo!, decía la voz con desesperación. Y allí va el campesino, muy compadecido, para ver qué pasaba. Y va viendo una culebra aplastada por un tronco caído.

Ayúdame, por favor dijo la culebra. Si nadie me saca de aquí moriré de hambre y de sed.

El hombre levanto el tronco y salió la culebra. Removió su largo cuerpo, se sacudió las astillas del tronco y dijo:

¡Ay, qué bueno, y ahora te voy a comer!

¡Como! Dijo el campesino. ¡Si acabo de salvarte la vida!

Mesmamente (ciertamente) por eso te voy a comer dijo la culebra, porque como dice el dicho: “El bien con el mal se paga”.

jueves, 14 de enero de 2016

La sopa de piedra, fábula anónima



Hace muchos años, llegaron unos viajeros a una pequeña aldea de Rusia. Eran dos jóvenes y un hombre mayor llamado Iván. Estaban muy cansados y hambrientos, porque habían recorrido una gran distancia. Cuando vieron la aldea se pusieron muy contentos, y pensaron que al fin podrían comer y descansar de su largo camino.

—Compañeros —comentó Iván—, estoy seguro de que la gente de este pueblo compartirá su cena con nosotros si le decimos cuánto hemos caminado.

—¡Qué bueno que llegamos! Siento un hoyo en el estómago por el hambre que tengo—dijo Boris, uno de los jóvenes viajeros.

Iván se acercó a una casa y tocó la puerta.

—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer.

—Somos tres viajeros camino a nuestros hogares. ¿Podrías compartir con nosotros un poco de tu comida, buena mujer?

—¿Comida? No, no puedo. No tengo nada que compartir con ustedes.

—Gracias —contestaron los tres hombres.

Iván se acercó a otra puerta,

—Buenas tardes —saludó Iván.

—¿Qué quieren? —preguntó sin cortesía una voz ronca.

—Quisiéramos algo de comer. Somos tres viajeros camino a nuestra casa. Hemos recorrido un tramo larguísimo y estamos hambrientos. —No tengo nada que invitarles— contestó el hombre desde la ventana.

Iván tocó otra puerta, pero obtuvo el mismo resultado, nadie abrió y mucho menos los invitaron a cenar.

—¡Qué gente tan egoísta! —dijo Boris.

—No saben compartir —confirmó Mikolka, el otro viajero.

—¡Ya sé! —exclamó Iván—. Vamos a darles una lección a estas personas. Les enseñaremos a hacer sopa de piedra!

—¡Qué buena idea!—dijeron sus compañeros,.

Algunos de los aldeanos miraban por las ventanas, esperando que los extraños se fueran del lugar

—¿Todavía no se van? —preguntó un viejo.

—¡Aquí no queremos vagabundos! —amenazó una mujer.

Mientras tanto los viajeros prendieron una fogata en medio de la aldea. Sobre el fuego colocaron una olla que encontraron abandonada en un patio.

—Vamos al arroyo por agua —dijo Boris.

viernes, 11 de diciembre de 2015

El banquete macabro, leyenda mexicana



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Hacia el 1863 el hambre era lo cotidiano en el barrio de “El Carmen”, suburbio de la colonial Puebla de los Ángeles, debido al sitio que le impuso la guerra contra los invasores franceses. De un lado, las tropas enemigas; del otro, el sitiado ejército mexicano. En medio, un pueblo que moría de inanición.

Los invasores se posesionaron de los huertos, los jardines y los establos, lo que impedía a los habitantes carmelitas obtener siquiera algunos productos de granja. Incluso el cementerio quedo en terreno de nadie, lo cual nos explica que hoy existan dos panteones en el barrio de “El Carmen”.

Pronto las reservas comenzaron a escasear y los embutidos, como los chorizos, los jamones ahumados, las chistorras y morcillas aderezadas con nueces, entre otros fiambres, adquirieron precios de locura. Ni hablar de las conservas de jamón del diablo, tasajo, cecina u otras viandas. Hasta el pan duro y el queso añejo o agusanado comenzaron a tener un valor de no creerse.

Curiosamente, en la plazuela de la Capuchinas existía una fonda regenteada por dos guapas hermana donde no faltaba nada, ni menudencia ni carne. Con los reales que ganaban, bien podían abastecerse con guarniciones frescas, las que, según se contaba, mercaban a precio de oro a los soldados franceses que gustosos cambiaban sus raciones por doblones españoles, centenarios de veinticuatro quilates u onzas de plata pura. Así que ni verduras les faltaban. Y lo más llamativo del asunto es que cobraban precios módicos a su regular clientela; si lo comparamos con los dineros que alcanzaban a costar las viandas en esos días, hablando en plata no era mucho lo que cobraban.

Llego el momento en que ya no hubo carne en ninguna casa del barrio de “El Carmen”, excepto en la fonda de la plazuela de las Capuchinas, donde a diario se ofrecía suculentos platos preparados con jugosas chuletas, sabrosos picadillos e inolvidables embutidos. Se cuenta que el jamón asado no tenía comparación. Y que el picadillo preparado por las hermanas estaba de rechupete.

La fonda propagaba unos humores aromáticos, vapores de ensueño. Perfumes paradisíacos para todos aquellos carmelitas muertos de hambre, pues no había en Puebla ni un hueso que roer. Lo notable es que no habiendo carne en ningún otro lugar, en este establecimiento no faltaba. Se corrió el rumor y fueron muchos los jefes y generales de la tropa mexicana que dejaban los garbanzos rancios, que era el último alimento para la tropa en el cuartel, y se iban a la fonda de las dos hermanas para regresar orondos a sus parapetos, con el buche a reventar y chupándose los dedos.

Está claro que las iras y las envidias no se hicieron esperar. La gente que manejaba otros restaurantillos comenzó a sospechar que allí había gato encerrado, aunque ya los pobres mininos hacía meses que habían ido a parar a las ollas del guisado. Entre varios se propusieron vigilar a las hermanas fonderas para averiguar los medios por los que se proporcionaban dicho alimento, pues cabía la sospecha de que ambas debían tener pacto con el demonio, solitaria explicación que permitiría comprender la forma en que estas dos damas se hacían de carnes apetitosas.

Se les mando seguir y espiar, lo que ocurrió durante varios días. Pero no se descubría nada anormal. Mientras tanto, en la fonda de las Capuchinas la tropa seguía devorando platillos compuestos por sesos salpimentados, higaditos encebollados, picadillo de lengua a la vinagreta y otras delicias por el estilo, entre las que destacan los moles y guisos tan típicamente poblanos. Así como los tamales de carne adobada y pipián con costillitas.

jueves, 12 de noviembre de 2015

La cueva de la mora, Gustavo Adolfo Bécquer



Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la Reconquista, por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron, como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz.

De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso, y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la hiedra; allí un torreón, que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa, con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.

Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe, y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si estaban huecos y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones con la idea de encontrar la entrada de algunos de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.

Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.

Sin embargo, una tarde, en que ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en lo alto de la roca sobre que se asienta el castillo, renuncié a subir á ella y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza, y que después que anduve algunos pasos vi era un subterráneo abierto a pico. No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité á observar cuidadosamente las particularidades de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda había descubierto uno de esos caminos secretos tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas, o coger, durante el sitio, el agua del río que corre allí inmediato.

Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.

Hablamos de varias cosas indiferentes; de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva objeto de mi curiosidad.

martes, 3 de noviembre de 2015

Jasón y el vellocino de oro, mito griego.



La reina Ino, que odiaba y conspiraba contra la vida de su hijastro Frixo, convenció a las mujeres de Beocia, el país donde vivían ella y el padre de Frixo, el rey Atamante, para que asaran en sus hornos, sin que nadie lo supiera, todo el grano de cebada que existía, de manera que cuando fuese sembrado en primavera no germinara ni una sola semilla. Como sabía que entonces Atamante enviaría mensajeros al oráculo de Delfos, para averiguar si los dioses del Olimpo estaban enfadados con él, la reina sobornó a los heraldos para que, cuando regresaran, contaran una mentira:

—El oráculo dice que a menos que Atamante sacrifique a su hijo Frixo en la cima de una montaña, la cebada nunca volverá a crecer en Beocia.

Atamante creyó que debía obedecer. Y se llevó a Frixo a la cumbre de una montaña cercana a Tebas. Allí lo hubiera sacrificado, si Heracles, de regreso a casa, no hubiera estado presente en aquel momento, después de capturar las yeguas del rey Diomedes.

—Zeus detesta los sacrificios humanos —gritó Heracles, quitándole a Atamante, de un manotazo, el cuchillo de la mano.

—Pero debo obedecer el oráculo de Delfos —dijo Atamante, entre sollozos.

En aquel instante, Zeus envió un carnero áureo alado que descendió volando desde el Olimpo. Frixos se subió a su lomo. Y su hermana pequeña, Hele, que lo adoraba, le suplicó:

—¡Llévame contigo, si no nuestro padre me matará a mí en tu lugar!

Frixos subió a su hermana detrás de él y el carnero se dirigió al este, hacia el país de Cólquide, al otro lado del mar Negro. Pero Hele se mareó a medio camino y se cayó del carnero, ahogándose en el estrecho que más tarde se llamó Helesponto.

Frixos continuó su vuelo. Y cuando llegó a Cólquide, sacrificó el carnero a Zeus y colgó su vellón de oro en el templo de Ares, donde lo dejó custodiado por una enorme serpiente. Frixos vivió varios años más y se casó con una princesa de Cólquide, con la que tuvo cuatro hijos. Pero en Cólquide, los hombres no eran enterrados como es debido: envolvían sus cuerpos en una piel de buey y los ataban a la copa de los árboles, donde eran devorados por los buitres. El espíritu de Frixos regresó y protestó ante su amigo, el rey Pelias, que se había apoderado recientemente del trono de Yolco, en Tesalia, diciéndole que así no le permitirían entrar en el Tártaro.

El oráculo de Delfos le había profetizado a Pelias que un pariente joven suyo lo mataría, por lo que invitó a todos sus primos y sobrinos a un banquete y los exterminó. Aquella misma tarde, sin embargo, nació un nuevo sobrino llamado Jasón, cuya madre ordenó a sus doncellas que llorasen mucho, como si el bebé hubiera muerto nada más nacer. Más tarde, Pelias mató a la madre de Jasón para evitar que tuviera más hijos, pero Jasón había sido trasladado en secreto, sano y salvo, hasta el monte Pellón, donde Quirón, el centauro sabio, lo educó también en secreto. El oráculo, entonces, advirtió a Pelias:

—¡Ten cuidado de un hombre que lleve una sola sandalia!

lunes, 2 de noviembre de 2015

La confesión, leyenda mexicana.



Era una noche calmada y de sosiego sin par en la que los citadinos de la ciudad de Guadalajara, en la primera mitad del siglo XVIII, dormían plácidamente, soñando con oro, poder y hermosas parejas, sin que el menor ruido interrumpiera la tranquilidad de sus fantasías nocturnas. La densa oscuridad de la noche encapotada y sin luna se rompía en algunos rincones por farolillos y candiles que iluminaban las imágenes de los santos en sus hornacinas.

Nuestra historia da inicio cuando estas débiles luces dejan entrever la silueta de un fraile encapuchado que camina tan veloz que diera la impresión de deslizarse sin piernas, como si flotara. Nada en su aspecto exterior le diría al observador casual acerca de la mortífera condición del alma de aquel sacerdote, cuyas dudas le han llevado a perder la fe.

Más, quien supiera, vería en su rostro la gigantesca aflicción que estremece al que ha abandonado toda confianza. Envuelto en su capa, va rezando el rosario mientras aprieta contra su pecho el crucifijo. Acto mecánico, desprovisto de genuina devoción; ya que, mientras tanto, su espíritu navega en tierra que solo podríamos llegar a considerar propias de Satán.

Cuando suenan las once campanadas, el fraile observa que las patrullas de policía van y vienen custodiando la paz nocturna de la ciudad tapatía. Casi en cada esquina encuentra un vigilante provisto de un silbato, lo que lo tranquiliza. El desdichado se siente más temeroso de las acciones de los hombres que de la voluntad de Dios. Y nadie podría asegurar que, a pesar de las rondas policiales, por esos barrios bajos se preservara la única paz valedera, la de las almas.

De pronto, un sujeto de fiero aspecto aparece en una de las bocacalles e intenta cerrarle el paso al religioso. Sin hacerle demasiado caso, el fraile lo elude y cambia de acera, sólo para comprobar que aquel cruza la calle y lo sigue.

Con la intención de no alarmar al vecindario, el fraile acelera el paso y descubre que su perseguidor también lo hace. Salta charcos hediondos y elude lodazales que el paso de las carretas ha creado por todas partes. Le palpita el corazón. Siente miedo, mas orgulloso, no se encomienda a Dios sino que prosigue el fatal juego. Camina con la esperanza de que una pareja de vigilantes salga al paso y les pueda pedir ayuda.

Tuerce el rumbo y lo vuelve laberíntico; tenazmente lo sigue el desconocido. Hasta que se encuentra con una callejuela cerrada. Sin escapatoria ni resuello, y tras persignarse carente de fe auténtica, se detiene de súbito y mira de frente al intruso:

-¿Por qué me busca?

-Padrecito, disculpe vuestra merced la brusquedad –profiere aquel sujeto con un aliento aguardientoso. El cura percibe el olor a grasa quemada y tequila rancio, impregnado en las ropas de aquel individuo y no deja de temer un asalto. “Pero, ¿por qué?”, piensa.

-¿Para que soy bueno? –quiere saber el fraile, sacando fuerzas de su debilidad.

lunes, 26 de octubre de 2015

El viaje de Ossian a Tir na nÓg, leyenda irlandesa



El mítico poeta y guerrero Ossian, hijo de Fingel, fue el líder de los fenianos, y según cuenta la leyenda, fue uno de los pocos mortales a los que se permitió la entrada a Tir na nÓg, una de las islas habitadas por las hadas.

Un buen día. Ossian salió de cacería acompañado por un grupo de fenianos y para su sorpresa, se encontraron con una mujer de dorados cabellos y una extraordinaria hermosura, montada sobre un caballo. La doncella, cuyo nombre era Niamh, quedó prendada de Ossian y le invitó a viajar con él a la legendaria tierra de Tir na nÓg, más allá del mar y los dominios de los mortales.

Ossian aceptó y juntos viajaron a lomo de caballo hasta aquel mágico lugar pasando por los más extraños y fantásticos paisajes. Ante la visión de un palacio que se alzaba sobre el mar, Niamh pidió a Ossian que liberase a una de las damiselas de Danann, quien había sido apresada por el demonio marino Fomor. Sin pensárselo dos veces, el valeroso Ossian derrotó al demonio y cumplió así el deseo de su compañera, antes de proseguir el viaje.

Una vez que llegaron a Tir na nÓg, Ossian permaneció junto a la hermosa Niamh durante tres siglos en los que apenas echó de menos a sus parientes y amigos. Pero un día sintió un fuerte deseo de volver a su tierra de origen v estar entre los suyos, así que pidió a Niamh que le permitiese regresar brevemente. La doncella de dorados cabellos le proporcionó un caballo para el viaje, pero le advirtió que bajo ningún concepto sus pies deberían tocar el suelo de los mortales. Tras asegurar a la muchacha que lo recordaría, salió veloz hacia la Irlanda de sus orígenes.

Para su sorpresa y decepción, Ossian contempló como todo había cambiado, y también como sus familiares, amigos e incluso su pueblo habían pasado a formar parte del pasado. Vio con pesar como San Patricio había convertido al cristianismo a los irlandeses, terminando así con sus tradiciones y leyendas.

Además tuvo la impresión de que los hombres que ahora poblaban aquellas tierras eran mas pequeños y, cuando vio a tres de ellos que trataban sin éxito de levantar una enorme roca se acercó a ayudarles. Quiso la desgracia que, al tratar de levantar la roca, se rompiese la cincha de su montura, haciéndole caer al suelo. En ese momento su caballo se esfumó antes sus ojos y los de los tres atónitos lugareños. En un instante. Ossian envejeció de súbito los 300 años que había pasado en la tierra de las hadas, quedando además ciego.

Existen diferentes versiones del final de la historia de Ossian, aunque la mas extendida nos cuenta que el mismo San Patricio encontró al anciano guerrero y le llevó hasta su casa, donde le cuidó durante los últimos días de su vida. El santo trató en vano de convertirle al cristianismo, con objeto de que su alma descansara en el paraíso, pero Ossian no renunció a sus creencias, aludiendo que prefería ir al infierno, donde al menos disfrutaría de la compañía de los fenianos y de su padre, a quienes tanto añoraba.

El toro negro de Norroway, cuento popular escocés.



En Norroway, hace mucho tiempo, vivía una distinguida dama que tenía tres hijas: La mayor de ellas le dijo a su madre: "Madre, cocíname un bannock, y ásame un Collop, porque me voy lejos a buscar mi fortuna". Su madre lo hizo; y la hija mayor se fue donde una vieja bruja lavandera y le contó su propósito. La vieja le ordenó quedarse ese día, y mirar por la puerta trasera, y ver lo que pudiera ver. El primer día ella no vio nada. El segundo día ella hizo lo mismo y tampoco vio nada. Al tercer día ella volvió a mirar, y vio que se acercaba un carruaje tirado por seis caballos. Corrió adentro y le dijo a la vieja mujer lo que vio. "Bueno", dijo la anciana, "ese es para ti!". Así que la subieron al carruaje y partieron.

Luego la segunda hija le dijo a su madre: "Madre, cocíname un bannock, y ásame un Collop, porque me voy lejos a buscar mi fortuna". Su madre lo hizo; y la segunda hija se fue donde la vieja bruja lavandera, y le sucedió igual que a su hermana mayor. Al tercer día que ella miró por la puerta trasera, vió que se acercaba un carruaje tirado por cuatro caballos. "Bueno", dijo la anciana, "ese es para ti!". Así que la subieron al carruaje y partieron.

Finalmente la tercera hija le dijo a su madre: "Madre, cocíname un bannock, y ásame un Collop, porque me voy lejos a buscar mi fortuna". Su madre lo hizo; y ella se fue donde la vieja bruja lavandera. La vieja le ordenó mirar por la puerta trasera, y ver lo que pudiera ver. Ella lo hizo; y cuando volvió le dijo que no vio nada. El segundo día ella hizo lo mismo y tampoco vio nada. Al tercer día ella volvió a mirar, y cundo volvió le dijo a la vieja bruja que no vio nada, excepto un gran toro negro que venía canturreando por el camino. "Bueno", dijo la anciana, "ese es para ti!".Al escuchar esto ella estuvo a punto de gritar de dolor y terror; pero la levantaron y la sentaron en la espalda del toro, y partieron.

martes, 13 de octubre de 2015

La piel de foca, leyenda irlandesa



Cuenta la leyenda que un pescador caminaba una noche por la costa cuando encontró una piel de foca. Inmediatamente la levantó, miró hacia el mar y luego corrió hasta su cabaña.

El pescador se llamaba Tom. La noche era la del solsticio de verano y la piel de foca escondía un secreto que los antiguos habitantes del lugar conocían muy bien.

Cuando Tom llegó a su cabaña, la hijita menor le preguntó:
—¿Qué traes ahí?
—Nada importante —le dijo el pescador. Y ocultó la piel de foca entre unas maderas del techo.

Un rato después llegaron los otros dos hijos de Tom, una jovencita y un muchacho. Hablaron poco mientras preparaban la cena y más tarde comieron en silencio. La vida de los cuatro transcurría así, apagada y triste desde hacía más de un año. Desde que una fiebre irremediable se llevara a la madre de los niños. Solamente la hijita menor conservaba algo de alegría, pero no era suficiente para iluminar la casa.

A la mañana siguiente, el pescador regresó a la costa y caminó a lo largo de la playa. De pronto, vio entre unas rocas la figura de una mujer y se acercó a ella. Era increíblemente hermosa. Una larga cabellera oscura cubría su cuerpo y sus ojos tenían el azul profundo del mar.
—Devuélveme mi piel —le dijo a Tom —Sin ella no podré volver a mi hogar.

Pero el pescador la miraba fascinado. Había encontrado a una selkie, una de las hadas marinas de las que escuchara hablar desde su infancia. Llegaban hasta la playa como focas y, al despojarse de su piel, se transformaban en bellísimas mujeres. Parecían tímidas y extrañas pero eran excelentes madres y traían paz y prosperidad a los hogares.
—No te devolveré tu piel — dijo el hombre—. Necesito que vengas conmigo. Mis hijos y yo estamos tristes. En mi casa el fuego no da calor y la alegría se ha ido.

Algo en la voz y la mirada del hombre conmovió a la mujer, que aceptó acompañarlo.

Desde ese momento, todo cambió en la cabaña del pescador. El fogón volvió a chisporrotear con un calor vivaz y resonaron otra vez las risas de los hijos. Las flores de cien plantas se abrieron alrededor de la casa y una nube de colores adornó sus ventanas. De la chimenea se alzó un humo lleno de sabores deliciosos y las canciones poblaron el aire.

Unos meses después, el llanto de un niño nuevo se escuchó en la cabaña. Era el hijo del pescador y la selkie. Tenía la fuerte contextura del padre, pero sus cabellos eran oscuros y sus ojos, tan azules como los de la madre. Y, entre los dedos de sus manos y sus pies, se extendían unas pequeñas, traslúcidas membranas de piel.

jueves, 8 de octubre de 2015

Futakuchi-Onna, leyenda japonesa.



Hace mucho tiempo, vivía en un pueblo un artesano muy trabajador, que estaba aún en edad de tener mujer e hijos, y gozaba de cierta holgura económica porque había renunciado a casarse, no porque fuera muy religioso o porque no le gustaran las mujeres, sino porque le producía una profunda aversión la idea de tener que mantener a una mujer, de tener que alimentar una boca más… Su dinero era su dinero, era el dinero que conseguía con su esfuerzo, y no quería compartirlo con nadie, pues deseaba poder disfrutarlo él solo, comprándose buena ropa y cosas que, de tener una boca que mantener, seguramente no podría gozar.

No obstante, todo cambió cuando, cierto día, en el pueblo apareció una nueva habitante, que vino sola, sin esposo, padres, hijos, o tipo alguno de compañía. Esta mujer tenía la piel tersa, blanca como la nieve, los cabellos largos y sedosos, y el rostro inundado por una belleza digna de ser retratada por la mano de un hábil pintor. Apenas la vio, el artesano quedó embelesado; sin embargo, lo que realmente le hizo desearla con intensidad y quererla para sí, fue el enterarse, tras un par de días, que la mujer comía sumamente poco, tan poco que, tenerla en casa, acarrearía un gasto económico insignificante en comparación con todo lo bueno que podría obtener con su compañía. Así, el artesano empezó cortejarla hasta que finalmente la convenció para casarse y la llevó a vivir con él.

Inicialmente todo fue alegría, pues la mujer era una compañera agradable y entretenida, y además el artesano veía con gran complacencia que, efectivamente, eran muy ciertos los rumores sobre lo poco que comía. No obstante, el tiempo pasó y el hombre se percató de que sus reservas de alimentos estaban disminuyendo de manera misteriosa, y en cantidad tal que era como si, además de él y la mujer, viviesen dos personas más en la casa, aunque sabía que no habían entrado a robarle porque, justamente por lo aferrado que era a sus posesiones, cuidaba muy bien que nadie entrara a su hogar. Entonces: ¿acaso su esposa se estaba comiendo la reserva cuando él no la veía, cuando dormía o no estaba?… Eso le resultaba un poco difícil de creer porque ella seguía siendo tan delgada como cuando la conoció, y ya debería estar como un luchador de sumo si hubiese comido la cantidad de comida desaparecida; sin embargo, se decidió a espiarla para disipar sospechas, de modo que, cierta mañana, fingió ir al trabajo y se quedó escondido en casa…

Lo que vio lo dejó sin palabras, lo horrorizó, y habría gritado si no fuese porque temió perder su vida. Y es que allí, en la cama donde durmió tantas noches con aquella mujer de piel blanca como el marfil, yacía una cosa horrenda, inimaginable, que él no alcanzaba a entender cómo no pudo sentir con sus manos al acariciarle la cabeza a su esposa… Era una boca, con lengua, dientes y labios, una boca viviente que su mujer tenía en la parte de atrás de la cabeza, por encima de la nuca. Esta boca murmuraba cosas que él no alcanzaba a oír, pero creyó que eran acusaciones porque su mujer lloraba con cara de remordimiento, mientras la boca controlaba los cabellos de ella como si fuesen tentáculos, hasta que la mujer se levantó y se acercó a un plato de arroz, y entonces la boca viviente usó los cabellos para agarrar una cuchara y engullir con voracidad la comida…¡su esposa era una Futakuchi-Onna! estos, seres son mujeres que han sido castigadas con una segunda boca detrás de la cabeza y animada por un espíritus vengativos.

Fue lo más espantoso que jamás vio en toda su existencia, y unos días después pensó en divorciarse de su esposa, pero la segunda boca intuyó el plan y lo sorprendió en la bañera, llevándoselo a las montañas para matarlo, aunque allí él consiguió escapar y se escondió entre las hierbas y el agua verdosa de un pantano, donde permaneció hasta que su endemoniada mujer desistió y se marchó.

viernes, 2 de octubre de 2015

Matrioska, leyenda rusa



El viejo Seguei había nacido al sur de la ribera oriental del Volga, cerca de la región del Caúcaso. Como sus padres, y los padres de sus padres, y aún incluso los padres de éstos, el viejo Serguei había dedicado su vida a transformar la madera. Como ya habrán imaginado, era carpintero. Fabricaba desde muebles a hermosos juguetes, caballos de cartón y móviles, pasando por silbatos tallados y hasta instrumentos musicales. Cada semana, salía a recoger la madera necesaria para sus jornadas de trabajo. La seleccionaba de forma precisa, y de una sola ojeada sabía para qué podría ser utilizada. Aquella noche había caído una abundante nevada. Sin embargo, cuando los primeros rayos perezosos de sol comenzaron a despertar, y pese al frío que helaba hasta el aliento, Seguei salió de la cabaña y recorrió lentamente el camino hacia el bosque. El suelo y las hojas de los árboles aparecían completamente pintados por la inmaculada nevada y aún incluso los rayos del sol, que empezaban a despuntar, reflejaban y lo deslumbraban con su luz blanquecina.

Serguei recorrió un largo camino y no encontró más que pequeños maderos y troncones que, como mucho, le servirían para azuzar la estufa de la casa. Aquel no parecía que fuera a ser un día productivo porque los empleados de los grandes aserraderos no habían dejado ningún tronco olvidado o podrido. De pronto, en un claro del bosque, el viejo Serguei se fijó en un montón de nieve que sobresalía en el llano. Se acercó pensando que se trataría de un animal agazapado y al agacharse vio el más hermoso de los troncos que nunca antes había recogido. La madera, blanquecina, parecía brillar bajo los primeros rayos, y del grueso del tronco surgía un halo de vida, casi tan intenso como el de los oseznos al nacer. Serguei cogió con todas sus fuerzas el tronco en sus manos y lo llevó a casa. Pero, así, con aquella fuerza que desprendía, el viejo Serguei no sabía qué fabricar con él. Debía ser, sin duda, algo muy especial.

Durante los siguientes dos días, con sus respectivas noches, Serguei no podía comer, ni dormir, ni trabajar. Tal era su obsesión por aquel tronco. Finalmente, una mañana, cuando había caído rendido por el cansancio, despertó y decidió, sin más, que fabricaría una muñeca. Aquel mismo día puso el tronco sobre la mesa de trabajo y empezó a tallarla suave y delicadamente. El trabajo, arduo, duró más de una semana, y cuando la terminó Serguei se sintió tan orgulloso de su obra que decidió no ponerla en venta y la guardó consigo... sin, duda, para que lo acompañara en su soledad. Le puso por nombre Matrioska.

Cada mañana, Serguei se levantaba y la saludaba cortésmente antes de iniciar sus tareas:

-Buenos días, Matrioska.

Un día tras otro repetía la misma cantinela, hasta que, de pronto, una mañana, un tenue susurro le respondió:

-Buenos días, Serguei.

El viejo Serguei se quedó tremendamente impresionado y repitió:

-Buenos días, Matrioska...

-Buenos días, Serguei -le contestó la muñeca, en un hilo de voz.

Maravillado, Serguei se acercó a la muñeca para comprobar que era ella quien hablaba y no sus viejos oídos los que le jugaban una mala pasada y, desde aquel día, vio acompañada su soledad por la pequeña Matrioska, que era un pozo de palabras y risas, y lo distraía y alegraba en su trabajo diario. Eso sí, Matrioska sólo hablaba cuando los dos, carpintero y muñeca, estaban solos.

Una mañana Matrioska despertó muy triste. Serguei, que no tenía un pelo de tonto, había venido observando la tristeza en los ojos de la muñeca desde hacía varias semanas. Tras mucho rogarle, Matrioska, un poco avergonzada, le explicó que ella veía cada día por la ventana a los pájaros con sus crías, a los osos con sus oseznos, y hasta a las orugas que parecían verse perseguidas por millones de oruguitas que se enganchaban unas a otras formando una gran cordada...

-Incluso tú -apuntó Matrioska- tú me tienes a mí, pero yo también querría tener una hija.

-Pero entonces -respondió Serguei- tendría que abrirte y sacar la madera de dentro de ti, y sería doloroso y nada fácil.

-Ya sabes que en la vida las cosas importantes siempre suponen pequeños sacrificios -respondió la dulce Matrioska.

Y así fue como el viejo Seguei abrió a Matrioska y extrajo cuidadosamente la madera de su interior para hacer una muñeca, casi gemela, pero un poco más pequeña, a la que llamó Trioska. Desde aquel día, cada mañana, al levantarse, saludaba:

-Buenos días, Matrioska; buenos días, Trioska.

-Buenos días, Serguei; buenos días, Serguei -respondían ellas al unísono.

Ocurrió que también Trioska sintió la necesidad de ser madre. De modo que el viejo Serguei extrajo la madera de su interior y fabricó una muñeca aún más pequeña, a la que puso por nombre Oska. Al cabo de un tiempo también Oska quería tener su propia hija, pero al abrirla Serguei se dio cuenta de que sólo quedaba un mínimo pedazo de madera, tan blanca como el primer día, pero del tamaño de un garbanzo. Sólo una muñeca más podría fabricarse. Entonces el viejo Serguei tuvo una gran idea. Fabricó un pequeño muñeco, y antes de terminarlo, le dibujó unos enormes bigotes y lo puso ante el espejo diciéndole:

-Mira Ka,... tú tienes bigotes. Eres un hombre, o sea, recuerda que no puedes tener un hijo o una hija de dentro de ti.

Después abrió a Oska. Puso a Ka dentro de Oska. Cerró a Oska, abrió a Trioska. Puso a Oska dentro de Trioska. Cerró a Trioska, abrió a Matrioska. Puso a Trioska dentro de Matrioska y cerró a Matrioska.

Y esta es la historia de Seguei y su muñeca Matrioska. Un día Matrioska desapareció y nunca la han vuelto a encontrar. Estará en alguna tienda de antigüedades o en la estantería de alguna vieja librería. Si la encuentran no duden nunca en darle el mayor cariño, porque ella no dudó en hacer el mayor de los sacrificios por alcanzar algo tan importante como la maternidad.

lunes, 21 de septiembre de 2015

El chico que quería la luna, leyenda de Congo.


En los días en que los monos eran hombres, vivía en África un rey llamado Bahanga que gobernaba el antiguo pueblo de Bandimba.

No podemos encontrar a Bandimba en un mapa. En la época de que hablamos los mapas no existían. Sin embargo, el Rey Bahanga sabía cuánta tierra le pertenecía, porque una vez al año escalaba una enorme montaña que había en el centro del país. Cuando estaba arriba miraba a su alrededor y decía:

— ¡Todo esto es mío!

El rey Bahanga vivía sabiamente y gobernaba bien. Habitaba un gran palacio de madera y cosechaba los mejores plátanos de Bandimba. Era querido por su pueblo y amado por sus muchas esposas. Sólo había una cosa que Bahanga deseaba y no tenía: un hijo, pues toda su descendencia estaba formada por mujeres.

Finalmente, después de que Bahanga había gobernado durante muchos años, una de sus esposas dio a luz a un hijo. Bahanga estaba muy contento. Dio a todo su pueblo una semana de vacaciones, con lo cual este se sintió igualmente muy contento.
El Príncipe Bahang, como llamaron al muchacho, creció rápidamente. Siempre fue más alto y fuerte que los otros niños de su edad. Su padre le daba todo lo que queria; hasta le permitía compartir el poder real. El príncipe Bahang gobernaba a los niños de su edad y a los más chicos. Cuando tuvo cinco años, todos los niños, desde su edad para abajo, tenían que llamarle “Rey”. Cuando cumplió los dieciséis, era el “Rey Bahang” para la mitad de los adolescentes del país. No transcurrió mucho tiempo cuando el muchacho ya gobernaba a más gente que su padre.

Pero a pesar de todo este honor, el príncipe no se sentía todavía satisfecho. Cuantos más súbditos tenía, más quería gobernar. Cuantas más cosas tenía, más deseaba tener. Cuando veía algo, quería poseerlo. Así Bahang tuvo todo lo que quiso. El rey le amaba tanto que no podía decirle no.

El príncipe Bahang se convirtió en un joven muy orgulloso. Se alababa más de lo que debía. Nunca hacia uso de las cosas que poseía, pero se jactaba de ellas todo el tiempo.

—Tengo todo lo que se puede poseer —decía a sus amigos—. Mi padre el rey no puede decirme no.

Los amigos de Bahang solían cansarse de su vanidad. Un día se pasaron toda una hora oyendo hablar al príncipe de su nueva canoa. Cuando Bahang se fue, hicieron un plan.

—Vamos a fastidiar a Bahang—decidieron—. Le haremos rabiar porque no posee la Luna.
Y así lo hicieron. Pero el príncipe no estaba acostumbrado a que le molestasen y no lo pudo soportar. En lugar de reírse se enojo y fue corriendo con el rey.

—Mis amigos dicen que no me darás la Luna —gimió— Pero les mostraremos que son unos tontos, ¿no es así?

El Rey Bahanga sonrió.

—La Luna no es mía, y por tanto no puedo regalarla—explicó—.

— ¿Por que? —exclamó Bahang—. Está suspendida en el cielo sobre Bandimba, ¿no es así? Pensé que todo lo que podías ver desde la cima de la montaña era tuyo.

Al rey Bahanga nunca se le había ocurrido aquello.

—Es verdad —dijo—. Supongo que la Luna me pertenece, después de todo.

—Entonces la quiero —dijo Bahang al instante—. Quiero que me des la Luna.

El rey se rió.

—Está bien, hijo mío ——dijo sonriendo—. Te doy la Luna. Tómala. Desde ahora la Luna es tuya.

El Príncipe Bahang se enojó. Primero sus amigos se habían reído en su cara y ahora era su padre.

— ¡Pero yo quiero poseer la Luna —gritó— No quiero únicamente verla en lo alto del Cielo! ¡Quiero tenerla aquí, conmigo, en mis manos!

El rey trató de explicar las cosas a su hijo. Dijo que nadie tenía idea de cuánto pesaba la Luna, ni a qué altura estaba atada al cielo. No le seria posible poseer realmente la Luna.

Pero Bahang no estaba acostumbrado a oír la palabra no. Su temperamento se desbordó salvajemente.

— ¡Quiero la Luna!——gritaba—. ¡La quiero! ¿Lo oyes? ¡La Luna será mía o moriré!

Estas últimas palabras fueron demasiado para el buen Rey Bahanga. La idea de la muerte de su hijo le estremeció de miedo. Si Bahang muriese, ¿quién gobernaría el país cuando el se hiciera viejo? No quedaría nadie para conservar el nombre de la familia.

—Está bien —dijo el rey después de un momento—. Te prometo que trataré de conseguirte la Luna, pero a cambio debes hacerme una promesa: nunca volverás a hablar de tu muerte.

El príncipe asintió.

Al día siguiente el Rey Bahanga reunió a sus consejeros. Les ordenó que le bajasen la Luna de los cielos. Los consejeros se preguntaban si su rey se habría vuelto loco. Nadie en Bandimba había subido más allá que la copa del árbol más alto.

—Se le dará una buena recompensa al hombre que me traiga la Luna, dijo Bahanga a sus consejeros. Tendrá riquezas, tierras y mucha comida. Podrá dejar incluso su puesto de consejero.

Los sabios convocaron a los pocos ingenieros que había en Bandimba. Sólo uno de ellos sabía cómo alcanzar la Luna. Los sabios y los ingenieros discutieron durante muchos días. Al fin se comunicaron con el rey. Le dijeron que tenían que construir una gran torre de madera sobre la montaña. Sólo así podrían alcanzar la Luna.

—Pero ¿es posible? —preguntó el rey Bahanga.

—La Luna está arriba en el cielo —contestaron los consejeros—. Así es que si construimos una torre lo suficientemente alta esta llegará a la Luna.

Bahanga reflexionó. La cosa parecía tener sentido.

—Bien —dijo de pronto—. Comunicare inmediatamente nuestro plan al pueblo. Lo llamaremos el Plan Bahanga. Nadie descansará en Bandimba hasta que se alcance la Luna.

El Plan Bahanga hizo que cambiasen muchas vidas. Se envió a los hombres de Bandimba a los bosques a fin de que cortasen troncos para la torre. Los niños hicieron los kilómetros de cuerda que se necesitaron para atar los leños. Las niñas cocinaban y cuidaban a los más pequeños. Y las mujeres fueron a trabajar a los campos.

En pocas semanas la torre empezó a crecer. Cada uno de los cuatro pilares que la sustentaban era más ancho que todo el palacio del rey, y estaban tan separados que el príncipe no podía alcanzarlos con un tiro de piedra. Día tras día se colocaban nuevas vigas, atándolas firmemente en su lugar.

A los dos meses la parte alta de la torre no se alcanzaba a ver desde el suelo. Llegaba gente de toda África a ver la torre que desaparecía en el cielo.

— ¡Magnífico! —decían—. ¡Maravilla de maravillas! ¡Que toda la gloria sea para Bahanga!

Pero a algunos no les gustaba la torre de Bahanga. Uno de ellos era Aruwimi, el más sabio de todos los hombres de Bandimba.

—Habrá problemas si se quita a la Luna de su lugar —advertía Aruwimi—. Nadie debe tratar de alcanzarla; pertenece a los dioses, y ellos se enojarán.

Aruwimi construyó una inmensa canoa del tamaño suficiente para transportar a toda su familia.

—La vida en Bandimba se ha vuelto demasiado peligrosa —decía a la gente—. Todos deberían abandonar el pueblo.

Pero casi todas las personas se reían de Aruwimi. No podían comprender sus temores. Confiaban en su rey demasiado para escuchar al hombre sabio. Solamente unas cuantas familias abandonaron Bandimba con Aruwimi.

El Rey Bahanga se emocionaba más cada día. Pensaba únicamente en alcanzar la Luna. Los hombres que bajaban de la torre decían que se acercaban más y más. Bahanga apenas podía esperar. Pasaba los días observando cómo colocaban las Vigas cada vez más altas. Y por la noche se sentaba a mirar la Luna suspendida en el cielo de Bandimba como una manzana madura que sólo espera que la corten.

Al fin llegó el gran día. El mismo ingeniero principal descendió a la tierra.

—Se ha terminado la torre —dijo al Rey Bahanga. Extendió su mano derecha ante él.

—Con los dedos de esta mano he tocado la Luna.

Bahanga abrazó al ingeniero y le besó ambas mejillas.

¡Se había alcanzado la Luna! ¡La Luna era de él!

Sentía picazón en las manos con el deseo de tomar la Luna. ¡Qué orgulloso estaría cuando se la diera a su hijo!

Bahanga decidió escalar la torre por sí mismo. Alguien tenía que bajar la Luna del cielo. ¿Por qué no podría ser él esa persona?

A la mañana siguiente muy temprano Bahanga emprendió la ascensión, escaleras arriba, hacia la Luna. Le seguían el príncipe y el ingeniero principal.

Paso tras paso fueron subiendo arriba, arriba, arriba. La gente que estaba en el suelo pronto pareció enana, luego muñecos, y después puntos. A mediodía la multitud que esperaba al pie de la torre había desaparecido de su vista. Era un día despejado y el continente entero de África se desplegaba a sus pies.

Bahanga se detuvo para mirar. Lejos, hacia el sur, estaba el cabo de Buena Esperanza. En el norte se extendía un enorme desierto. Y a todo alrededor brillaba el agua azul.

—Mira —dijo el rey a su hijo——. Aquí está. . . ¡África! ¡Toda entera!

—Entonces es toda tuya —exclamó el Príncipe Bahang—. ¡Si puedes verla es tuya!

Bahanga aspiró profundamente.

—Sí —dijo con un suspiro—. Supongo que así es.

La idea de poseer toda África no le complacía. La responsabilidad sería demasiado grande.

Pero nada era demasiado grande para el Príncipe Bahang. Había visto África. La quería y... la pidió.

—Algún día será, hijo mío —respondió su padre—. Pero primero, la Luna.

Era una larga y calurosa tarde. El sol quemaba las desnudas espaldas de los tres hombres. Pero el Rey Bahanga no se detuvo ni siquiera a descansar. Según transcurría el día, él escalaba con más rapidez. Cuando vio ante el la cúspide de la torre, subió todavía con mayor presteza. Pero el príncipe, a pesar de lo grande y fuerte que era, no pudo continuar subiendo.

Sólo cuando el sol se puso, Bahanga alcanzó la cumbre de la torre. Permaneció solo en la plana plataforma de madera. A menos de un metro colgaba la Luna. . . ¡su Luna! El rey había esperado poder verla, pero ahora apenas podía creer a sus ojos.

La Luna era más grande de lo que Bahanga había supuesto. Sus brazos podían abarcarla hasta la mitad, pero no más. Brillaba con una luz que parecía salir de dentro.

Bahanga caminó con cuidado por la plataforma. Se estiró y alcanzó la Luna con la punta de los dedos. Estaba tibia, pero no caliente. Parecía estar hecha con una clase de piedra arenosa. La golpeó ligeramente con el dorso de la mano. ¡Pero si sonaba a hueco! La empujó con fuerza y vio que se mecía fácilmente hacia atrás y hacia adelante.

Bahanga quería desprender la Luna del cielo. ¿Podría hacerlo por sí mismo? No, decidió. Parecía demasiado pesada para que un solo hombre la sostuviera. Tendría que esperar a su hijo y a su ingeniero principal.

Pronto apareció la cabeza del príncipe sobre la orilla de la plataforma. Su rostro mostraba fatiga, pero sus ojos se abrieron explosivamente cuando vio la Luna. Corrió a través de la plataforma. Entonces tocó, golpeó ligeramente y meció la Luna tal como su padre lo había hecho.

El último en llegar fue el ingeniero jefe.

—Todo está listo —dijo. Señaló hacia un montón de cuerdas que estaban a un lado de la plataforma—. Podemos desprender la Luna ahora mismo. Aquí están las cuerdas que subí para bajarla a la Tierra.

Bahanga quería descolgarla el mismo. Dijo al príncipe y al ingeniero que se pusieran de pie a ambos lados de la enorme bola brillante. Luego colocó su hombro contra la Luna. Empujó. La Luna sólo se meció hacia un lado y hacia el otro, así es que empujó más fuerte cada vez. Brotaron de su cara grandes gotas de sudor, que brillaban como diamantes con la luz de la Luna. Muy lentamente, la Luna comenzó a rodar hacia arriba.

De pronto se oyó un fuerte crujido. El hombro de Bahanga había quebrado la corteza de la Luna. La gran bola se abrió por varias partes, y brotó fuego de una docena de agujeros. Una lluvia de chispas cubrió el cielo nocturno. ¡La torre ardía! Una inmensa llama blanca cubrió a los tres hombres.

Abajo, en la Tierra, la gente había gritado de felicidad cuando vio que la Luna se movía.

— ¡Bahanga lo ha logrado! —gritaban.

Pero los gritos de alegría no duraron mucho.

¡Boom! La Luna estallaba. Fuegos artificiales iluminaron el cielo. Luego la torre se incendió. Los maderos ardientes caían al suelo. Las llamas se esparcieron por todo el bosque. La gente lanzaba alaridos.

— ¡Corran! ¡Corran para salvar la vida!

Hombres, mujeres y niños escapaban en todas direcciones. Mientras corrían entre el humo, se hacían más pequeños. El pelo cubría sus brazos y piernas. Tropezaban con sus nuevas colas. ¡Se habían convertido en monos!

El sabio Aruwimi Vio cómo los monos salían corriendo del bosque en llamas. A algunos los había conocido como hombres. Los más pequeños y ágiles se habían convertido en pequeños monos ágiles. Los hombres más grandes y lentos se habían convertido en grandes y lentos monos. Las lágrimas cubrieron los ojos de Aruwimi. Ahora sabía lo que los dioses habían hecho: convertir a los hombres que eran tontos en tontos animales con cola.

Si no crees la historia, observa bien la Luna alguna noche. Mira cuidadosamente las manchas oscuras que algunos llaman “el hombre de la luna”, y verás que no se parece a la cara de un hombre. Parecen exactamente lo que son… los agujeros causados por el Rey Bahanga, el hombre que poseyó la Luna.
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No se econtraron enlaces disponibles, transcrito por Lea, no sea pendejo de "Mitos y Leyendas del mundo", Robert R. Potter y H. Alan Robinson, Grupo Patria Cultural.