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lunes, 4 de enero de 2016

Los mudos, Albert Camus


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Estábamos en pleno invierno y sin embargo una jornada radiante se levantó sobre la actividad de la ciudad. El mar y el cielo se confundían en la punta del malecón con idéntico resplandor. Yvars sin embargo no lo veía. Circulaba pesadamente a lo largo de los bulevares que dominan el puerto. Su pierna inválida descansaba inmóvil sobre el pedal fijo de la bicicleta, mientras la otra se esforzaba por vencer los adoquines todavía mojados de humedad nocturna. Menudo sobre el sillín, evitaba los raíles del antiguo tranvía sin levantar la cabeza, y se apartaba con un golpe brusco de manillar para dejar pasar a los automóviles que le adelantaban, y de vez en cuando, de un codazo, echaba atrás sobre los ríñones el morral en el que Fernande había puesto su almuerzo. Entonces pensaba con amargura en el contenido del morral. Entre dos rebanadas de pan de hogaza, en lugar de la tortilla española que tanto le gustaba o del filete frito en aceite, sólo había queso.

Nunca le había parecido tan largo el camino del taller. Cierto que se estaba haciendo viejo. Aunque siguiera tan seco como un sarmiento de vid, los músculos ya no se calientan tan rápido a los cuarenta años. A veces, al leer las crónicas deportivas donde llamaban veterano a un atleta de treinta años, se encogía de hombros. «Si eso es ser un veterano —decía a Fernande—, entonces yo soy un fiambre.» Sin embargo sabía que el periodista no se equivocaba del todo. A los treinta años, el resuello disminuye, imperceptiblemente. A los cuarenta no se es un fiambre, no, pero uno se prepara a serlo, con tiempo, por adelantado. ¿No sería por eso por lo que hacía tiempo que durante el trayecto que le llevaba a la otra punta de la ciudad, a la fábrica de toneles, ya no miraba el mar? Cuando tenía veinte años no se cansaba de contemplarlo; era la promesa de un fin de semana feliz, en la playa. A pesar o a causa de su cojera, siempre le había gustado nadar. Después habían pasado los años, había aparecido Fernande, había nacido el muchacho y, para vivir, vinieron las horas suplementarias el sábado, en la tonelería, y el domingo las pequeñas chapuzas en casas particulares. Poco a poco había perdido la costumbre de aquellas jornadas violentas que le saciaban. El agua profunda y clara, el fuerte sol, las muchachas, la vida del cuerpo, no había más felicidad que aquélla en su tierra. Y aquella felicidad se desvanecía con la juventud. A Yvars le seguía gustando el mar, pero sólo al final del día, cuando las aguas de la bahía se oscurecían un poco. Era una hora suave en la terraza de su casa, cuando se sentaba después del trabajo, contento con la camisa limpia que Fernande planchaba con tanto esmero y con el vaso empañado de anís. Caía la tarde, una breve dulzura se instalaba en el cielo, los vecinos que charlaban con Yvars bajaban de repente la voz. Entonces no sabía si era feliz o si tenía ganas de llorar. Al menos en aquellos momentos sabía que lo único que podía hacer era esperar, suavemente, sin saber a ciencia cierta qué.