Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Serna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Serna. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de abril de 2016

El desvalido Roger, Enrique Serna


Descargar PDF aquí.

Arrebujada en la manta eléctrica, Eleanore Wharton ignoró el primer timbrazo del despertador. El segundo sonaría dentro de un cuarto de hora, más enérgico, más cargado de reproches en nombre de la disciplina, y si continuaba durmiendo tendría que padecer cada cinco minutos un chillido insidiosamente calculado para transmitirle hasta el fondo el sueño un sentimiento de culpa. Odiaba el despertador, pero lo consideraba una buena inversión. Sin duda los japoneses hacían bien las cosas. El vicio de quedarse aletargada entre las sábanas le había costado varios descuentos de salario. Ahora, con el auxilio de la alarma repetitiva, se había vuelto casi puntual. Ya no la regañaban tan a menudo en Robinson & Fullbright, la empresa donde trabajaba como secretaria ejecutiva desde hacía veinte años. Arrastraba, sin embargo, una injusta fama de dormilona que no quería desmentir. Sus jefes eran hombres y los hombres no tenían menopausia. ¿Cómo explicarles que a veces amanecía deprimida, sin ganas de trabajar, enfadada consigo misma por haber cruzado la noche con su cadáver a cuestas?

Hoy estaba recayendo en la indolencia. No se levantó con el segundo timbrazo: los japoneses podían irse al infierno. Lo malo era que habían logrado su propósito. Estaba despierta ya, tan despierta que reflexionó sobre la función cívica del sopor. Dios lo había inventado para que los hombres despertaran aturdidos y no pudieran oponerse al mecanismo inexorable de los días hábiles. P ero ella se había levantado sin lagañas en el cerebro, absurdamente lúcida, y nada le impedía pensar que su indolencia era tan acogedora y tibia como la cama. Sacó una mano del cobertor y buscó a tientas el vaso de agua que había puesto sobre la mesita de noche. Por equivocación tomó el que contenía su dentadura postiza y bebió el amargo liquido verde (Polident, for free-odor dentures) que la preservaba de impurezas. ¡Qué asco tener cuarenta y nueve años! ¡Qué asco levantarse lúcida y decrépita!

Pensó en su colgante papada, en la repulsiva obligación de "embellecerse". Otro motivo más para faltar al trabajo: una vieja como ella no tenía por qué hacer presentable su fealdad. Al diablo con los cosméticos y las pinturas. Que la hierba y el moho crecieran sobre sus ruinas; de todos modos, nadie las miraría. Se había divorciado a los treinta, sin hijos, y desde entonces evitaba el trato con los hombres. A sus amigas las veía una vez al año, por lo general el día de Thanksgiving. Nunca las buscaba porque a la media hora de hablar con ellas tenía ganas de que la dejaran sola. Su individualismo lindaba con la misantropía. Se guarecía de la vida tras una coraza inexpugnable y rechazaba cualquier demostración de afecto que pudiese resquebrajarla. Odiaba ser así, pero ¿cómo remediarlo? ¿Tomando un curso de meditación trascendental? Corría el peligro de encontrarse a sí misma, cuando lo que más deseaba era perderse de vista. No, la meditación y el psicoanálisis eran supercherías, trucos de maquillaje para tapar las arrugas del alma (un sorbo de agua pura le quitó el amargo sabor de boca) y ella necesitaba una restauración completa, un cambio de piel. Eleanore Wharton era un costal de fobias. ¿Por qué tenía que oír su voz dentro y fuera del espejo? Si al menos variara el tema de sus monólogos podría soportarla, pero siempre hablaba de lo mismo: la comida grasosa era mala para la circulación, Michael Jackson debería estar preso por corromper a los jóvenes, en este mundo de machos las mujeres de su clase no podían sobresalir, los hombres querían sexo, no eficiencia, la prueba eran los ejecutivos de la oficina, tan severos con las viejas y tan comprensivos con las jovencitas, pero nunca más permitiría que le descontaran dinero por sus retardos, eso no, por algo había comprado el despertador japonés con alarma repetitiva que ahora le ordenaba salir de la cama con chillidos atroces: wake up fuckin' lazy, ¿estás triste, puerca? Pues muérete de amargura, pero después de checar tarjeta.

jueves, 22 de octubre de 2015

Tía Nela, Enrique Serna



Te lo advertí, a cada puerco le llega su San Martín. Yo sabía que tarde o temprano, cuando ya no pudieras soportar los remordimientos, ibas a venir de rodillas a pedirme perdón. Has comprendido que Tía Nela sólo buscaba lo mejor para ti. Santa y buena, yo sé perdonar las ofensas. Pero me temo, hijito, que mi absolución ya
no puede servirte de mucho. Cada quien tiene la corona que se labra. Mira nomás lo que has hecho con tu vida, con tu pobrecito cuerpo. Ya ni siquiera me das asco, ahora te tengo lástima, ¿y sabes por qué? Porque estás sepultado en un abismo de oscuridad y no haces nada por buscar la luz. ¿Desde hace cuánto no te confiesas? ¿Desde cuándo no vas a misa? Mira, Efrén, te voy a llamar por tu nombre de antes, porque el de ahora me repugna, mira, hijito, si querías hacerme sufrir con tus desfiguros, si pensaste que tus escándalos me iban a amargar la vida, te equivocaste, mi amor: yo sigo igual, vieja y achacosa, pero en paz con mi conciencia, en cambio tú te emborrachas a solas, tomas pastillas para dormir y de noche te oigo rechinar los dientes como alma en pena. Ya lo ves, sólo te hiciste daño a ti mismo. Quién te mandó, zopilote, salir al campo a volar. ¿Para eso violaste todas las reglas del pudor y de la decencia? ¿Para eso deshonraste nuestro apellido? Con el diablo no se juega, muchacho. Ahora que viene a pasarte la factura corres a refugiarte bajo mis faldas. Pero no me pidas perdón a mí: sólo Cristo con su infinita misericordia podrá salvarte del fuego eterno.

Llora, eso te hará bien, llora hasta desahogar toda la ponzoña que llevas dentro. Así llorabas de niño cuando yo te castigaba por tus malas mañas. Oh, Dios, cuánto batallé para darte una educación y un futuro. Otra en mi lugar te hubiera entregado a un hospicio cuando tus padres se mataron en la carretera. No dejaron nada, sólo deudas, y bien sabes que yo, con las pobres ganancias de la mercería y mis chambitas de costurera, apenas ganaba para malcomer y mantener esta humilde casa. Cuántas veces me quité el pan de la boca para dártelo a ti. Cuántas veces me privé de mis pequeños placeres para comprarte un juguete o una golosina. ¿Y cómo me pagaste esos sacrificios? Con una lanza clavada en mi costado, como los centuriones le pagaron al redentor. Muy temprano descubrí tus torcidas inclinaciones. A los cinco años preferías jugar con mis figurines que patear la pelota con los niños del parque, no soportabas los programas violentos de la tele y en cambio te quedabas hechizado con las funciones de ballet. Pero yo pensaba: cuando crezca se le pasará, lo que necesita esta criatura es un poco de rigor y disciplina para hacerse varón. Por eso, en mala hora, te mandé a estudiar con los padres maristas en vez de enviarte a una escuela oficial. Como la colegiatura costaba un Potosí, tuve que ponerme a coser por las noches, a riesgo de quedarme ciega. ¿Y todo para qué? Para que el infeliz mocoso, en la primera semana de clases, tuviera la maldita ocurrencia de besar en la boca a su compañero de banca, un muchacho de excelente familia, emparentado con el gobernador. Y ni siquiera fue a escondidas, no, ¡tuviste que hacer tu mariconada enfrente de todo el salón!

martes, 13 de octubre de 2015

La extremaunicón, Enrique Serna



—Es Sixto. Dice que si puede ir a ver a su patrona, que la pobre no pasa la noche.

Oigo la noticia con hipócrita serenidad, casi con fastidio, reprimiendo el grito de aleluya que me salta en la garganta, la jubilosa comezón, los tambores de guerra que retumban en mi sexo, en mi barriga prominente y glotona, en mis sienes encanecidas de rencor.

—No quiero ir en balde, ¿ya la desahuciaron? —, pregunto con la vista fija en el escritorio, esforzándome para no tartamudear. "

—Creo que sí, padre. Sixto trae una carta del doctor Cisneros, pero se la quiere dar a usted en persona.

Sigo sentado aunque deseo ponerme de pie y correr a la puerta. No debo actuar como si toda la vida hubiera esperado este momento. Ni siquiera debo recordar las mil noches consagradas al odio que malgasté imaginando cómo actuaría hoy. Si me ahogo en los recuerdos corro el peligro de vivir a medias, sin plenitud ni conciencia, esta noche bendita y llena de gracia, la noche del feliz reposo, la que dará sentido a otras mil de tortura. Para mostrar indiferencia finjo seguir embebido en la lectura de los Proverbios. Me detengo en uno de los que subrayé cuando era seminarista (en aquel tiempo documentaba mi desgracia con citas bíblicas), especialmente adecuado para esta hora: “El corazón conoce su amargura y con ningún extraño comparte su alegría”.

—Dígale que pase—, ordeno a la sirvienta, uno de los extraños que no conoció mi amargura ni compartirá mi alegría.

Entra Sixto —el capataz que hasta en la cama sirvió a doña Ernestina, según decían las malas lenguas, y que yo conocí cuando, ágil y correoso, castraba puercos de una sola cuchillada—, convertido en un anciano de piernas torpes y rostro duro, cuarteado como un trozo de cecina. Leo sin retener el sentido de las palabras, atropellando renglones, y devuelvo la carta como si hubiera entendido el mensaje del médico.

—Me encargaron pedirle que por favor se apurara. Traje la camioneta para llevarlo.

A Sixto le brillan los ojos, parece contener el llanto. ¿O es otra clase de brillo, un brillo de cólera satisfecha? Ah qué Sixto, siempre tan ladino. Tú sí compartes mi alegría, ¿verdad? No mientas, nadie puede querer a la renga.

Con un falso bostezo expreso mi rechazo a las emergencias, me levanto parsimoniosamente y voy rumbo a la sacristía pensando que no debo cometer el error de Sixto: necesito una mirada opaca, libre de chispas delatoras. El estuche de los santos óleos está cubierto de polvo. Lo limpio de un soplo y frente al espejo ensayo una mueca de piedad rutinaria, un gesto que invite a la resignación y engañe a los parientes de la moribunda. Inseguro de mis dotes histriónicas salgo a la calle. Sixto me espera en la puerta del atrio, empecinado en hacer la comedia del indio triste. Él sí es un buen actor. ¿O será que de veras le duele su muerte? Imbécil. Te usó como semental, te trató como esclavo, ¿y encima le tienes compasión? Ganas me dan de abofetearlo cuando le ayudo a subir al estribo de la camioneta. Podrían haber mandado un chofer más joven. O tal vez Ernestina ya no tenga sino viejos a su servicio. Es lógico, los jóvenes no aguantaron sus chillidos de rata hambrienta, su tacañería, el crujir de su pata de palo. Fueron abandonándola poco a poco y al final se quedó con los veteranos del masoquismo, tan acostumbrados a su látigo que morirán de tristeza cuando el azote diario llegue a faltarles.

viernes, 2 de octubre de 2015

El alimento del artista, Enrique Serna



Dirá usted que de dónde tanta confiancita, que de cuál fumó esta cigarrera tan vieja y tan habladora, pero es que le quería pedir algo un poco especial, cómo le diré, un favor extraño, y como no me gustan los malentendidos prefiero empezar desde el principio ¿no?, ponerlo en antecedentes. Usted tiene cara de buena persona, por eso me animé a molestarlo, no crea que a cualquiera le cuento mi vida, sólo a gentes con educación, con experiencia, que se vea que entienden las cosas del sentimiento.

Le decía pues que recién llegada de Pinotepa trabajé aquí en El Sarape, de esto hará veintitantos años, cuando el cabaret era otra cosa. Teníamos un show de calidad, ensayábamos nuestras coreografías, no como ahora que las chicas salen a desnudarse como Dios les da a entender. Mire, no es por agraviar a las jóvenes pero antes había más respeto al público, más cariño por la profesión. Claro que también la clientela era diferente, venían turistas de todo el mundo, suizos, franceses, ingleses, así daba gusto salir a la pista. Yo entiendo a las muchachas de ahora, no crea. ¿Para qué le van a dar margaritas a los puercos? Los de Acapulco todavía se comportan, pero llega cada chilango que dan ganas de sacarlo a patadas, oiga, nomás vienen a la zona a molestar a las artistas, a gritarles de chingaderas, y lo peor es que a la mera hora no se van con ninguna, yo francamente no sé a qué vienen.

Pues bueno, aquí donde me ve tenía un cuerpazo. Empecé haciendo un número afroantillano, ya sabe, menear las caderas y revolcarme en el suelo como lagartija, zangoloteándome toda, un poco al estilo de Tongolele pero más salvaje. Tenía mucho éxito, no es por nada pero merecía cerrar la variedad, yo me daba cuenta porque los hombres veían mi show en silencio, atarantados de calentura, en cambio a Berenice, la dizque estrella del espectáculo, cada vez que se quitaba una prenda le gritaban mamacita, bizcocho, te pongo casa, o sea que los ponía nerviosos por falta de recursos, y es que la pobre no sabía moverse, muy blanca de su piel y muy platinada pero de arte, cero.

Fue por envidia suya que me obligaron a cambiar el número. No aguantó que yo le hiciera sombra. Según don Sabás, un gordo que administraba el cabaret pero no era el dueño, el dueño era el amante de Berenice, por algo sé de dónde vino la intriga, según ese pinche barrigón, que en paz descanse, mi número no gustaba. ¡Hágame usted el favor! Para qué le cuento cómo me sentí. Estaba negra. Eso te sacas por profesional, pensé, por tener alma de artista y no alma de puta. Ganas no me faltaron de gritarle su precio a Sabás y a todo el mundo, pero encendí un cigarro y dije cálmate, no hagas un escándalo que te cierre las puertas del medio, primero escucha lo que te propone el gordo y si no va contra tu dignidad, acéptalo.