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miércoles, 13 de enero de 2016
Las mujeres-flor, Clark Asthon Smith
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–Athlé –dijo Maal Dweb–, sufro la terrible maldición de la omnipotencia. En todo Xiccarph y en los cinco planetas exteriores de los triples soles no hay nadie, no hay nada, que pueda disputar mi dominio. Por consiguiente, mi aburrimiento se ha convertido en intolerable.
Los virginales ojos de Athlé contemplaban al mago con una mirada de imperecedero asombro que, sin embargo, no se debía a su extraña afirmación. Era la última de las cincuenta y una mujeres que Maal Dweb había convertido en estatuas con el fin de preservar su frágil y corruptible belleza del mordisqueo, como de mil gusanos, del tiempo. Y dado que, a causa de un loable deseo de evitar la monotonía, había decidido no volver a repetir nunca aquel embrujo específico, el mago apreciaba a Athlé con el afecto que un artista siente por la obra maestra final de una serie. La había colocado sobre un pequeño pedestal, junto al trono de marfil en su cámara de meditación. A menudo se dirigía a ella en sus preguntas o monólogos; y el hecho de que no le replicase o siquiera le contestase era, para él, una clara señal y una infalible recomendación.
–Solo hay un remedio para este aburrimiento mío –prosiguió–, la renuncia, al menos por un tiempo, de esa torre demasiado clara, de la que brota. Por consiguiente, yo, Maal Dweb, el dueño de seis mundos y todas sus lunas, partiré solo, sin escolta y sin más equipo que aquél que pudiera poseer cualquier brujo principiante. De este modo, quizá recupere el perdido encanto de la incertidumbre, el desaparecido embeleso del peligro. Serán mías aventuras que no he previsto, y el futuro llevará puesto el atractivo velo de lo misterioso. No obstante, aún queda por elegir el campo de mis aventuras.
Maal Dweb se alzó de su curiosamente tallado trono e hizo un gesto negativo hacia los cuatro autómatas de hierro, que tenían el aspecto de hombres armados, que saltaron en pie para seguir sus pasos. Atravesó solo las estancias de su palacio, donde colgadas pinturas contaban en bermellón y púrpura las aterradoras leyendas de su poder. Cruzando puertas de ébano que se abrieron sin ruido alguno al pronunciar una palabra de tono agudo, entró en la cámara que era su planetario. La sala tenía paredes, suelo y bóveda de un cristal obscuro repleto de diminutos e incontables destellos, que daban la ilusión del espacio infinito con todas sus estrellas. En medio del aire, sin cadenas ni ningún otro medio visible de sostén, colgaba un conjunto de diversos globos que representaban los tres soles, los seis planetas y las trece lunas del sistema gobernado por Maal Dweb. Los soles en miniatura, de ámbar, esmeralda y carmín, bañaban los mundos que los circundaban de modo intrincado con una iluminación que reproducía, en cada momento, las condiciones diurnas del mismo sistema; y los diminutos satélites mantenían siempre sus correspondientes órbitas y posiciones relativas.
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